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Las cicatrices de la memoria

28.10.2011 | 1 Comentarios
blog albelda cicatrices

¿Qué frame puedo ofrecerles a ustedes esta semana sino, por desgracia, la imagen de un atentado cualquiera, uno de los muchos embates de furia ciega que la banda terrorista ETA ha descargado sobre Madrid? ¿Quién no recuerda el zarpazo despiadado e imprevisible que horadaba el asfalto y la carne de los inocentes en cada atentado? Las víctimas, protagonistas del reciente Treinta Minutos “La última palabra”, desde luego, no lo olvidan.

Yo, gracias a Dios, aunque no fui víctima directa del terrorismo (ni fui herido físicamente ni tampoco lo fueron ninguno de mis familiares ni mis allegados cercanos), sí me acuerdo de aquellas circunstancias que provocaron las cicatrices de mi memoria. Porque, como el resto de madrileños y de españoles, viví muy pero que muy cerquita de esas circunstancias que nos marcaron de por vida.
Y tanto que nos marcaron.

Yo sí me acuerdo de algo que sucedió cuando apenas tenía yo dos años y medio (aunque esto, en concreto, me lo ha relatado mi familia con posterioridad, con el tiempo, he incorporado este particular recuerdo como si lo hubiera vivido conscientemente), cuando un estallido nos sobresaltó, como a todos aquellos madrileños que se encontraban en un kilómetro a la redonda, en nuestra casa de Avenida de América: era la bomba que aquella mañana del 73 mataba a Carrero Blanco y a otras dos personas en Claudio Coello.

Yo sí me acuerdo de cuando tenía siete, ocho años, a finales de los setenta, con la Transición bullendo y la Constitución estrenándose, con las pistolas de los etarras apuntando a Madrid día sí y día no; recuerdo cómo iba yo con temor al colegio, como el resto de los niños de mi edad, porque en tal o cual calle, en Corazón de María o en Clara del Rey, por poner sólo dos ejemplos, había casas de militares; militares que salían a ganarse el pan a pie y a cuerpo, sin más chaleco antibalas que la dignidad de su servicio y sin más blindaje que su honor; militares que tantas y tantas veces caían desplomados en los portales de sus domicilios por culpa de un tiro en la nuca.

Yo sí me acuerdo de que, no pocas veces, en mi camino al colegio, miraba con aprensión un garaje del Parque Móvil que estaba ubicado en la calle Quintiliano, de donde partían los vehículos oficiales, (todos eran negros y relucientes, modestos Seat 850 o 1430, según la graduación del militar al que estuvieran asignados), coches que desplazaban a los mandos de sus domicilios a sus trabajos. Algunos de esos vehículos salieron volando por los aires y sus ocupantes, chóferes y oficiales, nunca regresaron.

Yo sí me acuerdo, claro, de lo que era tener nueve años, y de lo que me sucedió una tarde de invierno en que acudí con mi madre a la clínica de la podóloga que curaba mis pies planos; me acuerdo de cómo fue contemplar con mis ojos de niño a aquella bendita mujer -el mes anterior vivaracha y alegre- partida en dos de dolor y llorando como una Magdalena: pocos días atrás había tenido que enterrar a su marido, policía nacional, asesinado por etarras de un par de tiros a la puerta de su casa, acribillado delante de su hijo pequeño, no faltaría más; aquella pobre viuda había tenido que enterrar a su esposo en silencio, ahogando sus sollozos en un ruidito sordo, casi avergonzado, como pidiendo perdón por las molestias, no fuera alguien a incomodarse…
Años de plomo, malditos años, a pesar de mis 9 años, yo os recuerdo.

Yo sí me acuerdo de las Repúblicas Argentina y Dominicana y de la calle Juan Bravo… Me recuerdo a mí mismo sentado en el suelo de casa, antes de regresar a la escuela, escuchando el parte de bajas que daba el telediario de la sobremesa cada vez que las furgonetas de la Guardia Civil ardían en llamas. Recuerdo, las tardes de esos días de matanza, la consternación en el rostro de mis maestros, los transistores encendidos en clase, los improperios en voz baja, las mandíbulas apretadas de impotencia, las cabezas negando en silencio la sinrazón de cada salvajada…

Y me acuerdo también de cómo, siendo yo universitario, una mañana temprano, a punto de dirigirme a realizar un examen de cuarto de carrera, decidí, a última hora, no acudir en coche a la facultad, y, por tanto, no pasar por el sitio y la hora exactos donde habitualmente lo hacía (la esquina de Joaquín Costa con López de Hoyos): a la hora y sitio exactos donde un coche bomba segó las vidas de 7 personas y dejó heridas a otras 20. Recuerdo la cara de mi buen amigo Valentín, que habitualmente me acompañaba en mi ruta; recuerdo bien sus ojos cuando nos miramos tras conocer la noticia del atentado.
Fue como si hubiéramos vuelto a nacer.
Y recuerdo una templada noche de junio del 95, casi de madrugada, paseando de vuelta a casa por Callao, al lado del edificio de Galerías Preciados, hoy FNAC; tres o cuatro horas después de aquel paseo, un coche bomba se llevaba por delante la vida de un policía municipal.

Y me acuerdo, ¡cómo olvidarlo!, de la Plaza de Ramales y de la calle Camarena; de Vallecas y del parking de Colón; de Virgen del Puerto y del Paseo de la Ermita del Santo; y del Ifema, y de la T-4… No estaba cerca yo de aquellos lugares cuando se produjeron los atentados.
Aunque, bien pensado, sí que lo estaba. Como todos los madrileños.

Después de darle muchas vueltas, años después, al rememorar todo aquello, he llegado a la misma conclusión: no es que yo tuviera suerte (que la tuve) por librarme de caer en tal o cual atentado. Más bien, lo que pasó es que todos y cada uno de los rincones de Madrid, de nuestras calles y plazas, de nuestras avenidas y bulevares, durante tantísimos años estuvieron tan trufados de amenaza terrorista, de acechanza, de muerte posible y probable, que lo que sorprende realmente es encontrar a un solo madrileño de mi generación (o anterior a ella) cuya memoria no haya quedado lacerada por aquellas cicatrices.

  • Éstas, aquéllas y cualesquiera otras cicatrices quedarán allí para siempre, en nuestra memoria, pero es también desde allí, desde nuestros recuerdos, desde donde debemos empezar a construir nuestro futuro. Se lo debemos a todos aquellos que perdieron sus vidas para salvar las nuestras.
    23.11.2011 alias
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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