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La vuelta al (fin del) Mundo en seis películas

23.12.2011 | 0 Comentarios
blog albelda fin del mundo

 Lo mismo da que sea un meteorito, la guerra nuclear, las tormentas solares, un virus devastador o, simplemente, el apocalipsis provocado por alienígenas mal encarados. Si me apuran, cuando se trata de escenificar en pantalla grande el Fin del Mundo, la coartada argumental es lo de menos: lo importante es observar cómo reacciona, individual y colectivamente, el ser humano al ser consciente de su inminente final como especie.

 

No es ningún secreto a estas alturas que reivindique una y otra vez mi pasión por el buen cine. Por eso, aunque construya hoy este post con fragmentos de celuloide que han registrado el fin de los tiempos, no esperen que les hable aquí de aparatosas películas apocalípticas del tipo de “2012” (Roland Emmerich, 2009), “Señales del futuro” (Alex Proyas, 2009) o “La guerra de los mundos” (Steven Spielberg, 2005).
 
Quiero, en cambio, viajar con ustedes alrededor de un “pequeño planeta cinematográfico” 
-que diría el crítico Michel Ciment- constituido por seis títulos indispensables de la historia del Séptimo Arte; seis títulos que han escenificado, desde ópticas, épocas y sensibilidades muy distintas, cómo sería un hipotético Fin del Mundo.
 
Lo primero que quiero hacer es hablarles de una película que nunca podrán ver: “El fin del Mundo” (“La fin du monde”, Abel Gance, 1931). “¡Pues sí que empezamos bien!”, dirán ustedes. Pues sí, empezamos bien, porque “El fin del mundo” de Abel Gance, genial cineasta y responsable del mejor Napoleón de la historia del cine, es una de las primeras y más interesantes puestas en escenas en la gran pantalla de cómo un cataclismo planetario puede provocar reacciones morales completamente dispares: ante la llegada del cometa que devastará la Tierra: unos, los menos, reflexionan sobre sus propias vidas, recapacitan y se preparan espiritualmente para el inevitable final; otros, los más, se entregan entre estertores al desenfreno carnal (especialmente memorable es la escena de la desquiciada bacanal en la sala de baile al son de la música de las balalaikas). En cualquier caso, como les decía antes, abandonen toda esperanza de contemplar íntegra “El fin del Mundo”, porque de las 3 horas originales que duraba la cinta y de la subsiguiente amputación que redujo su metraje a 105 minutos en su versión americana, lo cierto es que, a día de hoy, sólo han sobrevivido pequeños fragmentos. De “El fin del mundo” nos queda, pues, más la leyenda de lo que debió ser que sus propios méritos artísticos.
 
En nuestro breve viaje por el “pequeño planeta cinematográfico” quiero detenerme en una película que, aunque es la más endeble de las seis referencias cinéfilas que mencionaré en este post, tiene cierta valía por sentar las bases de todo un género cinematográfico (el de catástrofes) y por ser reflejo del momento social en que fue concebida la cinta: me refiero a “Cuando los mundos chocan” (“When worlds collide”, Rudolph Mate, 1951). Bellus, una estrella errante, se dirige hacia la Tierra y no hay forma de evitar la destrucción total. Los humanos se enfrentan a la tesitura de tener que fabricar una especie de Arca de Noé galáctica, un cohete interplanetario donde introducir a los elegidos supervivientes que colonizarán quién sabe qué insondable planeta del espacio exterior.
 
He aquí el quid de la cuestión: quién se salva y quién no. ¿Quién tendría un derecho a un billete y en función de qué criterios podrá escapar de la Tierra? Selección natural en su expresión más descarnada, vaya: edad, sexo, salud potencial, valía personal… A este respecto hay que señalar que los críticos de todas las épocas han despellejado con saña a esta película por considerarla epítome de los postulados darwinistas más furibundos.
 
No me quiero resistir a poner un link de youtube para que se detengan durante unos minutos, si lo desean, queridos lectores, en la siguiente escala de nuestro viaje: http://www.youtube.com/watch?v=s6ou8JU5Z7Q&feature=related Si pinchan el link podrán visionar íntegra “La Jeteé” (Chris Marker, 1962) un breve aunque delicioso experimento que retrata cómo es la vida en un Paris post apocalíptico arrasado por las pestes y la guerra. Les prevengo: se trata de una película experimental en blanco y negro, compuesta íntegramente por fotografías fijas, como una fotonovela. Denle una oportunidad, queridos lectores, háganme ese favor: “La Jetee”, a partir de la cual Terry Gillian ideó su particular remake                       “12 monos”, desprende una nostalgia y una tristeza tan intensas que es difícil que el espectador desprejuiciado no asuma como propia la historia del protagonista que vive obsesionado desde niño por la imagen lejana e incomprensible de su propia muerte.
 
Algunos se extrañarán de que incluya en nuestro apocalíptico viaje a “2001, una odisea espacial” (“2001, a space odyssey”, Stanley Kubrick, 1968). Pues, lo crean o no, considero que también es una película que analiza, aunque de un modo indirecto, el Fin del Mundo. O, para ser más exactos: el fin de la vida física sobre la Tierra, tal y cómo la conocemos hasta ahora. Recuerden: la célebre elipsis del mono, que arroja un hueso homicida al espacio y que desciende convertido en un arma nuclear supra orbital, no es gratuita; ese prólogo nos muestra sutilmente cómo la raza humana está ya, al comienzo de la cinta, al borde de su extinción. Todo lo demás en el resto de la película también es elipsis: del monolito de la luna a la furia homicida de Hal 9000, del viaje psicodélico de Bowman a su transformación en bebé estelar. ¿De qué trata, en el fondo, “2001”? De la evolución del ser humano: desde la materia bruta hasta que brota la chispa de la inteligencia y, de ahí, hasta que el despertar del libre albedrío le catapultan más allá del tiempo y del espacio, dimensiones a que acaba trascendiendo al devenir finalmente en espíritu.
 
“Sacrificio”, (“Offret”, Andrei Tarkovsky, 1986) será la penúltima de nuestras referencias cinéfilas de hoy. Vienen a mi recuerdo las imágenes ralentizadas y decoloradas de las multitudes urbanas, desesperadas y desorientadas en medio del caos, tratando de escapar a ninguna parte mientras se cierne sobre el mundo un holocausto nuclear. Sin embargo, como ocurre con toda la obra de Tarkovsky, es “Sacrificio” una cinta llena de fe en hombre y en su futuro. No es gratuito que el propio cineasta, enfermo terminal de cáncer de pulmón, escribiera en la dedicatoria final impresa en el último plano del film: “a mi hijo, con esperanza”. El título de la película, de hecho, resume toda la trama: Alexander, el protagonista, renuncia a todo lo que ama en la vida; es decir: realiza su propio sacrificio personal, con tal de que Dios se apiade del mundo y libre a los hombres del horror del holocausto nuclear. Si eso no es amor…
 
Por último, quiero recomendarles la reciente “Melancolía” (“Melancholía”, Lars Von Trier, 2011). Por favor, no se dejen engañar: que Von Trier pueda ser un metepatas profesional y un señor bastante sobreactuado en su papel de sí mismo no le resta un ápice de genialidad a su obra. Si se dan prisa y aún no la han visto, aún pueden visional “Melancolía”, queridos lectores, en algún cine del circuito de versión original. “Melancolía”, en realidad, son dos películas en una: trata sobre la historia de dos hermanas, Justine y Claire, que se enfrentan de forma muy diferente ante la noticia del impacto del insospechado planeta Melancolía contra la Tierra. Ya sólo el hecho de que Von Trier haya apostado por un único leit motiv musical a lo largo de toda la cinta (el preludio del Tristan de Wagner) merece que se le conceda al cineasta la medalla al valor. Los demás valores de la película, si quieren, los discutimos ustedes y yo después de las fiestas, cuando hayan visto la película.
 
Feliz Navidad y que 2012 les traiga a todos lo mejor. 
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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