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La vida es juego...

16.09.2010 | 0 Comentarios
armados
Quienes permanecen ajenos al universo de la televisión (algunos cronistas afirman que existe vida más allá de esta ex catódica constelación de plasma, lcd y leds incandescentes) continúan dividiendo el tiempo como antaño: en años, semanas, días, horas, minutos y segundos. Sin embargo, nosotros, los del medio, desde que se inventó la imagen electrónica echamos mano de una peculiar unidad de medida, menor y más precisa, que no es otra que el frame. El fotograma de toda la vida, vaya, sólo que en televisión preferimos llamarlo frame. Un segundo = 25 frames. Echen cuentas: un minuto tiene 1500 frames o instantes congelados, y media hora, 45.000. Muchos, demasiados fragmentos de tiempo para que podamos permanecer atentos a cada uno de ellos. “Nunca te bañarás dos veces en el mismo frame”, decimos: un parpadeo, una pulsión de zapping o un simple estornudo, y los frames vuelan y se pierden en el éter como lágrimas en la lluvia. Este blog nace con la intención de congelar en el viento y en el tiempo una de esas 45.000 gotas eléctricas que conforman cada reportaje de Treinta Minutos. A partir de ese frame selecto, de ese instante inadvertido, despistado y aparentemente insignificante... opinaremos. Bien. Suficiente cháchara. ¡Vamos allá!
 
 
 
Les situaré en nuestro frame de ésta semana, extraído de “Armados”, último Treinta Minutos. Se trata de un reportaje que muestra cómo es el universo de las armas de fuego en nuestro país. Pulsen conmigo el botón de avance rápido hasta la última secuencia, la de quienes practican “Airsoft”, un juego para adultos donde se recrea una batalla ficticia entre dos equipos rivales, dotados con réplicas de armas de fuego. No se asusten: se trata de un divertimento basado en el más puro aire comprimido. Quietos ahí: pongan el reproductor en pausa. Llegamos al frame. ¿Ven lo mismo que yo? Ajá: un pelotón de hombres y mujeres pertrechados a campo abierto con sus mejores galas de camuflaje y sus réplicas de M-16 amartilladas. Vemos rostros pletóricos de ilusión, dispuestos a pasárselo pipa salvando al Soldado Ryan.
 
 
 
¿Qué tienen en común los miembros de este pintoresco grupo -de edades, sexos, intereses y profesiones diversas- que se dispone a descargar todo su ardor bélico? Sencillo: juegan.
 
 
 
¿Quién, allá por el fondo de la clase, ha pronunciado la palabra “friqui”? Un respeto. Hablo completamente en serio: de friquis nada; nuestros hombres y mujeres juegan. Nada más.
 
 
 
Hace ya setenta y tantos años el filósofo holandés Huizinga propuso contemplar al ser humano como algo más que una máquina orgánica programada para pensar y trabajar (“homo sapiens, homo faber”). Somos, pues, según Huizinga, especie “homo ludens”. Es decir: estamos programados para jugar. Desde que nacemos hasta que morimos. El juego -el hecho en sí de jugar- sería el motor y base de la propia cultura. Nada menos.
 
 
 
Bajemos de nuevo a la tierra.
 
 
 
Como les contaba, nuestro frame de esta semana muestra a un grupo de adultos enamorados de “Platoon” y de “Apocalypse Now”, tirando de gatillo como sus héroes de celuloide, solo que en un escenario más castizo y auténtico, en Cadalso de los Vidrios. Esos adultos podrían haber pasado igualmente la tarde de su sábado preparando unas cocochas con espuma de erizo de mar, machacando marcianos en una consola, practicando la fotografía, yendo a ver la última de Woody Allen, dándole a base de bien a la petanca o al pádel, twitteando, ensamblando una maqueta de plástico o echando de comer a las palomas. En todos estos casos, habrían hecho lo que desean: disfrutar. En el fondo, jugar. Porque, digo yo: ¿qué es, sino jugar, el hecho de cocinar por placer, practicar un deporte o entregarse a un hobby? Jugar y jugar. Tal vez soñar. Lo parezca o no, casi todo en la vida es juego; lo cual no significa que todo haya que tomárselo a broma. No señor: jugar es una cosa muy seria. Decía Nieztsche que “la madurez del adulto consiste en haber encontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar”.
 
 
 
Nuestra sociedad del ocio confiere cada vez más territorio al juego. Solo que lo hace extrañamente, de forma un tanto errática, como dando rodeos, disimulando el hecho del juego con un barniz de cultura, de electrónica o de alta gastronomía. Porque -confesémoslo-: a los adultos nos da algo de vergüenza reconocer que jugar, esto es, reconquistar el terreno perdido por el que retozábamos en las plazas y parques de nuestra infancia, es nuestra más anhelada y secreta pasión. Entonces todo era espontaneidad y alegría desinhibidas. ¿Lo recuerdan?
 
 
 
Dejemos, pues, que nuestros guerreros de Cadalso de los Vidrios se sientan por un día indios y vaqueros del Rio Bravo, troyanos de carne y hueso cabalgando sobre su caballo de madera.
 
 
 
Benditos juegos, ajedrez, karting, airsoft, marcianos, balompié o cocochas a la espuma de erizo de mar, si con ellos sublimamos la violencia y la agresividad reales que demasiadas veces rodean nuestra vida cotidiana.
 
 
 
Sí, sí, ya sé. Jugar, pero con cabeza, que ya no somos tan críos. Alguien –con una sonrisa malintencionada- me recuerda lo que sucedía en una regularcilla película de los 70 titulada “Mundo Futuro” (Future World, 1976; Richard T. Heffron), en la que aquello que comenzaba siendo un divertimento lúdico acababa por salirse de madre. Les refresco la memoria: Peter Fonda y Yul Brynner, protagonistas; bueno y malo, humano y robot, se divertían de lo lindo jugando al ratón y al gato, siendo niños -de nuevo- en un parque de atracciones temáticas para adultos que ofrecía recuperar las emociones de la niñez nada menos que en unos ficticios decorados del salvaje oeste, un torneo medieval o el espacio exterior. Ya sé, ya sé que los robots se rebelaban y armaban la marimorena. Tranquilos. Terminaban ganando los buenos. Después de todo, sólo era una película de fantasía: un juego, al fin y al cabo, que, por un par de horas, nos hacía soñar y olvidarnos de que éramos adultos.

 

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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