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La vida discreta de las palabras

06.06.2012 | 2 Comentarios
'El contubernio de los demócratas', en '30 Minutos'

Cuenta cierta leyenda apócrifa que nada más destaparse en France Soir la incómoda noticia de que españoles de todas las tendencias políticas se habían congregado el 5 de junio de 1962 en un hotel de Munich para hablar de democracia, un alto cargo franquista, ojo avizor y dotado de la diligencia propia de un dragaminas, se puso manos a la obra, diccionario en mano, para localizar aquella palabra que en lengua castellana mejor compendiase el espíritu, a todas luces subversivo para el Régimen, que había incitado a ciento dieciocho señores, monárquicos, demócrata-cristianos, liberales, socialdemócratas y republicanos en el exilio, a marcharse hasta el corazón de Baviera a debatir desde la concordia sobre el futuro de España.

Otra adaptación de esta historia difiere ligeramente de la anterior versión y le imputa las pesquisas de la búsqueda de aquella susodicha palabra a un periodista del diario “Arriba”. Fuera éste u otro el escribano –que, como todo escribano y como es bien sabido, a la postre, siempre acaba echado un borrón-, lo cierto es que las indagaciones etimológicas para bautizar aquello que había sucedido en Munich desembocaron en el hallazgo de un término tan rotundo como extravagante: “contubernio”.

Lo de Munich era, pues, un “contubernio”. No había ninguna duda: ese era el vocablo justo, ese y ninguno otro: “pueden pasarlo a limpio y decir que lo he dicho yo”.

El autor putativo del palabro podía haber elegido entre otras voces más a mano, voces asequibles, como “conspiración”, que tiene resonancias ciceronianas; “conjura”, de evocación inconfundiblemente eslava; “compló”, que siempre parece como que goza de ribetes marciales; incluso “confabulación”, término que está dotado de un aura, diría yo, prácticamente cósmica. Pues no. La palabra exacta, aquella palabra que había permanecida dormida y agazapada quién sabe entre qué dos páginas del diccionario de la RAE a ser descubierta por un explorador indómito, fue “contubernio”.

Yo pienso que las palabras –todas las palabras-, al margen de su significado etimológico, por preciso que sea éste, están cargadas de resonancia, de trayectoria, de incertidumbre, que es tanto como decir que las palabras están insufladas de vida. Las palabras viven, circunspectas algunas, desinhibidas otras, olvidadas aquellas, manoseadas las más, en nuestro pensamiento y en el uso que de ellas hacemos en el lenguaje cotidiano; las palabras nacen y crecen y se reproducen y transitan por derroteros insospechados, hasta que mueren. “Contubernio”, por ejemplo, es un término ante el cual, aun desconociendo uno su significado exacto, tiene un sonido abultado, regurgitante, como con un poco de reverberación, y produce un pelín de grima o de mosqueo al escucharse, quizá porque suena un tanto orgánico, acaso obsceno.

Si uno se pone a pensar en clave de titular de prensa, a priori, pareciera más feliz la expresión “Conspiración de Munich”: suena mejor, con más empaque histórico, más rotunda, incluso más provechosa, con buenas perspectivas de convertirse en título de bestseller de supermercado o en thriller de temporada con estrella de Hollywood incluida.

Pero “contubernio”, ¡por favor…! ¿A quién se le ocurre?

Lo que les decía: las palabras, además de estar vivas, son como balas perdidas, o como armas cargadas por el diablo. Si alargan ustedes la mano hasta el primer tomo del diccionario de la Real Academia que tengan más cerca, comprobarán que las dos primeras acepciones del término “contubernio” hablan, nada más y nada menos, del ayuntamiento carnal entre dos personas. Más abajo, si continúan leyendo, encontrarán, sí, una tercera acepción, esta vez desprovista de connotaciones sicalípticas, más en sintonía, imagino, con la intención de contra propaganda que tuvo aquel rastreador en el 62: alude a cierta “alianza o liga vituperable” (liga política, se entiende).

Pues mira qué bien.

Sea como fuere, reconocerán ustedes, queridos lectores, que aquel perito en letras adepto al Régimen que realizó el hallazgo se metió en un jardín considerablemente frondoso; en otro orden de cosas, le pasó lo mismo que a aquel censor cinematográfico que, henchido de celo, manejó a su antojo el reparto de papeles y de vínculos filiales que unían a los protagonistas de Mogambo, convirtiendo un incómodo pero simplón triángulo amoroso en la africana sabana en un inasumible ayuntamiento incestuoso entre sábanas africanas.

El lenguaje es lo que tiene. Cambias un acento o mueves una letra y el sentido de la frase se viene abajo; o arriba, según se mire.

Yo creo que si los redactores de “Arriba” se hubieran contentado con un titular menos campanudo, si hubieran disparado con artillería más ligera, con términos menos gruesos como los ya citados de “conspiración” o “conjura”, Munich y su congreso, que es lo que en realidad fue aquello, una conferencia de gentes de bien que creían en un futuro democrático y de consenso para España, no hubiera alcanzado tanta proyección, dentro y fuera de nuestras fronteras.

Imagino en aquel junio del 62 a cientos de miles de españoles, tal vez millones, leyendo la prensa matutina, los ojos como platos, todos con cara de póker al ver el dichoso término “contubernio”. No me cuesta tampoco imaginarles preguntándose los unos a los otros el significado de la cosa en sí: casi les puedo ver, intrigados, consultando frenéticos los diccionarios de bolsillo, fracasando con toda probabilidad en el primer intento, y recurriendo después a una instancia superior, un Larousse tal vez, o un diccionario Vox, quizá un tomo de la RAE, y alucinando en colores, la sonrisa guasona en los labios: “contubernio, vaya, vaya…: ¡así que era eso!”.

Pues sí, era eso, una palabra más bien feucha, discreta, que debió seguir siéndolo, que hubiera debido continuar durmiendo el sueño de los justos como hasta entonces, pero que gracias al impulso de ciertos titulares rimbombantes alcanzaría vuelos insospechados en los años siguientes, en las postrimerías del Régimen; es “contubernio” una expresión cacofónica que hoy, escuchada desde la distancia de las décadas, da un poco de vergüenza ajena, por chusca, por brumosa, y hasta mueve un poco a compasión, por la torpeza de aquel improvisado buceador del léxico exótico y submarino que no previó que las palabras están vivas y muerden.

  • ¡Buenos días! Este mensaje no se podría escribir nada mejor! Leyendo este post me recuerda a mi compañero de habitación buena edad! Él siempre se mantiene hablando sobre esto. Voy a enviar este reportaje a él. Bastante seguro de que tendrá una buena lectura. Muchas gracias por compartirlo en www.telemadrid.es ! deseo suerte
    05.11.2012
  • El mejor blog de Telemadrid con diferencia
    07.06.2012
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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