La Opinión de Hermann Tertsch

La quema del Corán

10.09.2010 | 0 Comentarios
quema_coran

Les voy a hacer una confesión persona. Una vez, tendría yo quince o dieciseis años, quemé un libro en la chimenea de casa. Lo hice por desprecio al autor y al contenido. Lo hice delante de amigos que rieron la gracia. Les aseguro que pocas cosas de mi vida me producen aun hoy tan profunda vergüenza como aquello.

 

Quemar un libro -sea el que sea- es quemar simbólicamente a un ser humano. Quemar un libro que es sagrado para casi la quinta parte de la humanidad es un acto de odio y fanatismo despreciable. De ofensa gratuita y necia.

 

Es lo que pretende hacer mañana un pastor de una minúscula secta cristiana en el estado de Florida. En nuestra era de la red y los medios, este acto que de producirse hace tan sólo quince años nada habríamos sabido, protagonizado por un fanático con cincuenta seguidores, amenaza con incendiar el mundo musulmán, desde Marruecos a Indonesia. Y pone en peligro a los occidentales, en especial a los norteamericanos en todo el globo por olas temidas venganzas.

 

Todo el mundo occidental, el Papa, el presidente Obama, la Unión Europea y los Gobiernos han condenado con dureza las intenciones de Jones. Y le han pedido encarecidamente que se abstenga de un acto que a nadie beneficia y solo traerá desgracia. Pero en el marco de las libertades en EEUU, Jones puede mañana cometer tal tropelía. Legalmente nadie puede impedírselo. Pero la preocupación por las consecuencias de este acto no deberían hacernos perder la perspectiva.

 

En todos los países islámicos la quema de banderas norteamericanas es casi deporte nacional. En muchos países islámicos desde Nigeria a Indonesia, arden iglesias, se queman crucifijos, se mata a sacerdotes y se persigue a cristianos y a fieles de otras religiones. Se queman las biblias y las toras judías. Y jamás hemos visto una movilización, no ya masiva, sino simplemente testimonial, de los musulmanes moderados del mundo ante los excesos contínuos de sus masas radicales. Manifestaciones de miles y decenas de miles de musulmanes pidiendo la "muerte al perro infiel" -que somos todos nosotros- son muy habituales. Allí nadie se alza en contra de estos actos. Y nosotros los ignoramos o disculpamos como actos radicales.

 

Y ahora porque un fanático en un rincón perdido de Florida quiera cometer un acto despreciable, el mundo musulmán amenaza a Occidente y exije a EEUU que recorte sus libertades para impedirlo. Eso no puede suceder. Sean cuales sean las consecuencias. Los regímenes islámicos y sus creyentes no tienen derecho de veto sobre nuestras leyes. El dia que lo tengan habremos renunciado definitivamente a la libertad. Y a ser nosotros.
 

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