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La puerta abierta

27.11.2012 | 0 Comentarios
Frame del reportaje de Dossier Telemadrid 'Peligro: cibersexo'

Imagínese usted a sí mismo, querido lector, durmiendo plácidamente en su cama. De repente, un ruido le despierta. Entreabre usted los ojos y observa desde el dormitorio cómo la puerta de entrada de su casa, la que da al descansillo o a la escalera, está entreabierta. El corazón le da un vuelco porque comprende que quizá ha sido usted mismo quien, en un imperdonable descuido, se ha olvidado de echar la llave antes de acostarse; alarmado, trata usted de incorporarse de la cama para ir a cerrar. Pero no lo consigue. Por más que lo intenta una y otra vez, no consigue incorporarse de la cama.

Tranquilícese, querido lector. Todo ha sido una pesadilla. Sólo una pesadilla.

Este angustioso escenario que acabo de describir es, ahí donde lo ven, uno de los sueños más recurrentes que relata la literatura psiquiátrica. Por qué elige nuestra mente atormentada recrear una fantasía tan angustiosa como es dejarse abierta la puerta de la casa mientras uno está dormido y por qué se repite esta particular representación onírica en pacientes de distinta cultura y condición, sigue siendo uno de tantos enigmas que rodean los misterios del sueño.

No hace falta ser Freud o Jung para comprender el poderoso simbolismo que encierra esta imagen: el domicilio, la casa, el dormitorio, la cama, representan nuestro yo profundo, son el rincón donde reside nuestra intimidad, allá donde habita nuestra parte más vulnerable. Una puerta abierta sólo puede significar que estamos expuestos a un peligro indeterminado pero real y atenazador.

A modo de metáfora, voy a tomar prestada esta imagen para ilustrar una realidad sociológica que, por su rápida extensión, empieza a cobrar proporciones de pesadilla: el denominado “sexting”, la costumbre de compartir imágenes propias de contenido íntimo a través del teléfono móvil e internet, un fenómeno que va en aumento, sobre todo entre adolescentes, a pesar de que cada vez trascienden más casos que terminan en tragedia.

A veces siento la tentación de pensar que los seres humanos no tenemos arreglo.

En 1978, los españoles nos pusimos de acuerdo en dotarnos de una Constitución que en su artículo 18 consagra como fundamental el derecho a la intimidad y a la propia imagen, haciéndose mención específica en uno de los apartados de ese mismo artículo la limitación del uso de la informática en lo que se refiere, precisamente, a la intimidad personal y familiar, tan preciadas ambas.

Admito que, a este respecto, la Constitución habla de derecho y no de deber; admito, por tanto, que nadie pueda ser obligado a preservar su propia intimidad y a considerar ésta como un bien valioso si no lo desea, pero resulta rayano en el absurdo que alguien, por ignorancia, por desprecio o por inconsciencia, derroche a manos llenas un derecho que tanto ha constado lograr. Que un adolescente, que cada vez más adolescentes, consideren un ritual iniciático o un código de confianza natural, un signo de rebeldía generacional, compartir una imagen íntima con sus parejas sentimentales, con sus amigos o con desconocidos no es asunto de broma.

Que me escandalice esta práctica del “sexting” es lo de menos. Sucede, va a más, y es un hecho sociológico que tengo que aceptar, como las estadísticas de siniestralidad laboral o los accidentes de tráfico. A lo que no puedo ni quiero resignarme es a ver cómo algunos padres miran hacia otro lado como si no fuera con sus hijos el problema; o, peor aún: como si algunos padres hubieran claudicado en la batalla de la concienciación de los hijos aún antes de emprender la lucha.

Recuperen ahora ustedes la metáfora de la pesadilla con que iniciaba este post: una persona que yace dormida con la puerta de su casa abierta de par en par. Eso es exactamente lo que está pasando con el derecho a la intimidad. La era telemática ha abierto una puerta ante la que hay que permanecer vigilantes. Pero me temo que algunos, aunque despierten en mitad de la noche, por no tener que levantarse a cerrar la puerta, se darán media vuelta en la cama y continuarán durmiendo.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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