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La prudencia de Horacio

17.10.2012 | 0 Comentarios
La prudencia de Horacio

“Hay más cosas en cielo y tierra, Horacio, que las que es capaz de soñar tu filosofía”. Así de estupendo se puso Shakespeare. Y así de categórico se puso Hamlet, príncipe de la indecisión, al comienzo de la tragedia homónima, cuando le reprochaba a su amigo Horacio su estrechez de miras al no ser capaz de aceptar algo tan elemental como que un muerto, su propio padre, el rey de Dinamarca, hubiera regresado de la tumba para reclamar justa venganza.

Ya saben ustedes, queridos lectores, cómo son los demiurgos literarios: hacen y deshacen a su antojo para que los héroes de sus textos sienten cátedra y para que nadie, ni siquiera un secundario tan digno como el Horacio hamletiano, pueda enmendar la plana al autor y echarle abajo la trama, que, en el fondo, son la misma cosa. Shakespeare no era excepción, sucumbió a esta tentación; mira qué bien el pareado.

Pues fíjense ustedes en lo que les digo: yo, en el caso concreto de este enredo de tálamos nórdicos, me pongo del lado de Horacio, lo cual es equivalente a decir que me pongo del lado de la razón y la cordura en esta tragedia de locuras simuladas y fantasmas resentidos que reclaman sangre. Porque, en definitiva, ¿qué simboliza Horacio en el Hamlet de Shakespeare? Representa el sentido común, la calma, la reflexión, el pensamiento crítico, la prudencia; y lo representa como contrapunto frente a la exacerbación de un Hamlet emocionalmente secuestrado por sus fantasmas y sus pasiones, un  Hamlet impetuoso que se deja arrastrar por la vehemencia hacia el reino de la fantasía irracional.

¿A cuento de qué les hablo yo de Hamlet en este post?

Esta semana Dossier Treinta Minutos ha emitido el reportaje “Los trucos de la mente”, un informe crítico sobre la proliferación de médiums, videntes y demás nigromantes que pueblan el universo catódico, ustedes ya saben, y que afirman poseer talentos, por así decirlo, extracurriculares.

Desde que a mediados del siglo XIX surgiera la corriente espiritista, que defiende como si tal cosa la comunicación con los difuntos como quien habla por conferencia telefónica con Tokio o Kentucky, el asunto de la conexión con el otro lado se ha banalizado de lo lindo.

Verán: yo creo –y lo creo sinceramente; es decir, lo pienso y lo siento- que la práctica de realizarles un tercer grado a los muertos como si estuvieran detenidos en una comisaría de la stasi está muy pero que muy feo. Soy así de reservado y de antiguo, qué quieren ustedes. Yo creo que a los muertos se les honra, se les respeta, se les recuerda, se les reza, se les admira (en el caso de que hayan sido personas preclaras cuando estaban vivos), pero nunca, nunca, en ningún caso, se les invoca con fines banales y, menos aún, se interlocuta con ellos para consultarles trivialidades.

Decía uno de los investigadores racionalistas que aparecen en el reportaje “Los trucos de la mente” que uno de los argumentos sólidos que permiten negar la supuesta comunicación con el mundo de los difuntos es la ambigüedad e intrascendencia de las repuestas provenientes de la ultratumba; así, los presuntos difuntos que hablan a través de médiums jamás son capaces de ofrecer información verdaderamente relevante: es decir, no son capaces de ofrecer pistas útiles sobre crímenes no resueltos por la policía, por ejemplo, ni son capaces aventurar aciertos sobre los resultados de las quinielas deportivas del próximo domingo, y menos aún son capaces de alumbrar pronósticos fiables alrededor de qué partido político ganará las  próximas elecciones autonómicas. No y no. Los mensajes mediumnicos –valga el palabro- son siempre etéreos, melifluos, vaporosos, exentos de compromiso y de detalle. “Así es el reino del Hades y sus cosas”, dirán quienes ejercen de sobrevenidos y autoproclamados Carontes: “las reglas no las imponemos los vivos”.

Ya.

Hay más cosas en Cielo y Tierra que las que es capaz de soñar nuestra filosofía, en efecto. No seré yo quien niegue la validez eterna de esta verdad hamletiana. Pero también diré que, puesto que hay territorios indómitos sobre los que no me parece prudente hollar con la impericia de un dominguero devenido en trepador de ochomiles -siquiera por respeto o por mínimo sentido de la decencia-, me alineo con la prudencia de Horacio; es decir: de lo que pudiera haber al otro lado poco sé, o más bien sé nada, y por ello, queridos lectores, ya les digo de antemano lo que haría como me viniera con prisas un amigo, por muy Hamlet que fuera, a pedirme que vengáramos juntos la muerte de su padre porque su padrastro yace en un tálamo convertido en nido de lujuria y criminal incesto.

“Ya, si eso, hoy no. ¡Mañana!”.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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