La primera vez que te vi

La primera vez que vi…'Remordimiento'

20.11.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Remordimiento” (The broken lullaby, Ernst Lubitsch, 1932) nada más terminar de verla recuerdo que me vine arriba y pensé: por encima de “Ninotchka”, por encima de “Ser o no ser”, “La octava mujer de Barbazul”, “El bazar de las sorpresas”, “El diablo dijo no” y “El pecado de Cluny Brown”, a partir de ahora y por encima de todas ellas, “Remordimiento”; una película de Lubitsch que sorprendentemente no es una comedia y que sin embargo también alberga dentro de sí el denominado “toque Lubitsch”.

¿Cómo les podría explicar aquí lo que significa el “toque Lubitsch”, esencia preciosa que si se intenta capturar se escamotea al instante como arena de playa entre los dedos? Lo único que se me ocurre decirles a ustedes para definirlo es que ese “toque” es una conjunción de sutileza, ironía, elegancia e inteligencia absolutamente imposible de imitar. Es una cualidad inefable que se reconoce paradójicamente en todas y cada una de sus películas nada más empiezan a fluir unas pocas líneas de diálogo:

Yo tenía 16 o 17 años cuando una madrugada de verano vi “Remordimiento” en La 2 en una maravillosa versión original. No podía imaginar que Lubitsch escondiera tesoros como “Remordimiento” dentro de su filmografía, es esta una de sus películas menos conocidas en España, y por ello quizá me dejó más huella que otras; y eso que por entonces ya estaba enamorado de Lubitsch por prescripción wilderiana. Porque todo lo bueno que hay en Wilder ya estaba antes en Lubitsch. Esto no es ningún desdoro para el director de “Con faldas a lo loco”, “Irma la dulce” y “Primera plana”; muy al contrario, es recogida devota de testigo, relevo generacional, perpetuo auparse de titán que se empina sobre el hombro de un gigante. Lo mismo pasa con Welles: si superó a Ford o no en sus hallazgos fílmicos es ahora intrascendente ya que ambos están por encima del bien y del mal. Naturalmente. Es incuestionable que la genialidad del Welles de “Ciudadano Kane” y “El cuarto mandamiento” fructificó porque había granero de semillas germinadas en sustrato fordiano.

Volviendo a “Remordimiento”. Les decía que “Remordimiento” no hace gracia, no, ni falta que le hace. Aquí Lubitsch tuvo coartada para no disparar a discreción sus frecuentes ironías a bocajarro, su munición habitual homologada, y es que en esta ocasión lo que disparó fueron balas. La historia de “Remordimiento” es un drama antibelicista que pone los pelos como escarpias: un soldado francés, incapaz de asumir en su conciencia la muerte de un enemigo alemán al que ha abatido en acto de combate, viaja hasta el hogar del muerto para confesar su “crimen” a la familia del fallecido.

Sólo el Raskólnikov de aquel “Crimen y castigo” de Sternberg ha diseccionado tan brillantemente el demonio de la culpa como nuestro Lubitsch:

Dicho esto, a mí me parece un poco triste que haya que retroceder 70 años en la historia del cine para encontrar películas donde el alma humana se desnude con tales dosis de credibilidad.

Porque si verdad se piensa que el “Nacido el 4 de julio” de Stone, el “Johnny cogió su fusil” de Trumbo, “El cazador” de Cimino o “La chaqueta metálica” de Kubrick son grandes películas antibelicistas donde sus respectivos directores dijeron todo lo que podía decirse sobre la guerra y las instituciones de la violencia, entonces es que –con todos los respetos- aún no ha corrido el suficiente cine clásico por las venas de uno como para conocer lo que significa una embriaguez auténtica.

“Remordimiento” pertenece a una categoría de películas tan fatalistas como magníficas, que se rodaron en un periodo de entreguerras mundiales en que parecía que el advenimiento del infierno no era una metáfora sino una realidad bien tangible: “Cuatro de infantería”, de Pabst, “Sin novedad en el frente”, de Lewis Milestone y “El gran desfile” de Vidor pertenecen en este selecto club.

Son todas ellas obras maestras de cineastas que a uno u otro lado de la trinchera quedaron marcados por el horror de la Gran Guerra, la guerra del 14, la más cinematográfica de todas las guerras aunque no haya gozado de subgénero propio como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Secesión, la Guerra Civil Española o la Guerra de Vietnam.
La Gran Guerra fue otra cosa. Significó para siempre la pérdida de la inocencia.

Les dejaré unas cuantas referencias indispensables sobre este conflicto bélico, por si les apetece acercarse a ellas.

“Capitán Conan”, de Bertrand Tavernier:


“Senderos de gloria”, de Stanley Kubrick:


“Lawrence de Arabia”, de David Lean:


“Feliz Navidad”, de Christian Carion:

Y “Adiós a las armas”, versión de Frank Borzage de 1932, por supuesto:

Pues bien. De todas las películas que hasta ahora he citado en este post,“Remordimiento” me parece la más triste, la más desesperanzada, aquella que más me llega al corazón, porque incorpora al zarpazo de la muerte en el campo de batalla la mejor disección que yo he visto –lo apuntaba antes- del insoportable lastre de la culpa.

Por eso, si echan el guante a “Remordimiento” –no es tan fácil de ver hoy día como pudiera pensarse- no dejen pasar la oportunidad de incorporarla para siempre a su vida.

Twitter: José Manuel Albelda


 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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