La primera vez que te vi

La primera vez que te vi... "Vértigo"

18.04.2013 | 0 Comentarios
vertigo300


“Vértigo” (Alfred Hitchcock, 1958): la primera vez que la vi tendría yo 10 u 11 años, dentro de un ciclo antológico titulado “Lo esencial de Hitchcock”. “¿Quieres que te lleve hoy a ver una película de Hitchcock?”, me había preguntado mi madre. “¡Hitchcock!”, exclamé yo, sorprendido; “le conozco: es el señor grueso que sale en la portada de los libros de Los Tres Investigadores”.

“Sale en esos libros, pero es mucho más. Hitchcock”, me explicó mi madre: “fue el mago del suspense, un director de cine que siempre hacía películas de misterio. Ha muerto hace poco. ¡Venga, que nos vamos al cine!”.

Y henos allí a mi madre y mí con dos entradas en la mano, entradas de esas chiquititas, de color sepia, de las que se recortan en forma de tira, viendo “Vértigo” en la sesión de las cuatro y media de la tarde en un cine de la calle Goya.

“Vértigo”, que durante años había arrastrado en España el sambenito de “Entre los muertos” (título de la novela original en el que está basado su argumento) para distinguirla de una homónima cinta mejicana, me cautivó desde el primer instante. ¿Qué extraña historia era esa en la que una muerta del pasado se interponía entre las vidas de dos enamorados furtivos? ¿Qué silencios eran esos en que la música de Bernard Herrmann era un solitario fantasma que recorría las calles de la San Francisco más inspiradora que jamás haya sido filmada en un pedazo de celuloide?

 

“Vértigo”, los recovecos de su guión, sus encuadres de pesadilla, la tristeza perenne en la mirada de Scottie, James Stewart, su acrofobia, el verle deambular sin saber cómo ni por qué por aquellas casas decadentes y señoriales, Carlota Valdés, la triste, la pobre Carlota, los cementerios y su paz de siglos, el devenir por las calles y sus cuestas imposibles, el Golden Gate, la bahía, los paseos en coche por las afueras, las secuoyas milenarias y sus anillos, el dolor de mirarle directamente a los ojos a la Kim Novak más radiante, el campanario de aquella misión, la inutilidad de escuchar música de Mozart ante el abismo de haber perdido a la amada…

“Vértigo” no me inició en Hitchcock porque, aún sin saberlo, yo ya había visto por televisión, siendo muy niño, “Los 37 escalones”, “Alarma en el expreso” y “La posada de Jamaica”. O pensándolo bien, me corrijo: aquel “Vértigo” de aquel cine de Goya sí que me inició en Hitchcock: en el Hitchcock que desde entonces me ha hecho amar el cine como el único Arte que ha saciado por completo mi sed.
 

José Manuel Albelda (@jmalbelda)

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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