La primera vez que te vi

La primera vez que te ví... La naranja mecánica

26.07.2013 | 0 Comentarios
La naranja mecánica

La primera vez que vi “La naranja mecánica” (Stanley Kubrick, 1971) me vino grande la experiencia. Fue en el 86 -tenía yo dieciséis años recién cumplidos- en el Groucho, un providencial cinestudio ubicado en la parte baja de la madrileña calle de Cartagena, casi en la esquina con Azcona, veterana sala, destartalada ya por entonces y que languidecería durante tres o cuatro años más hasta desaparecer, donde se programaban sesiones continuas de lo más insólito: esa tarde proyectaron de primer plato una infame película holandesa de terror titulada “El ascensor” y de segundo, desubicada en aquel menú heterogéneo, “La naranja mecánica”.

No puedo decir que no estuviéramos advertidos: mi querido amigo José Luis Auger y yo, compañeros de colegio y correligionarios en aquel viaje iniciático-cinéfilo, sabíamos de antemano que “La naranja…” era una película polémica, censurada durante décadas en España (con el tiempo descubriríamos que también había sido vetada en medio mundo, incluso en Reino Unido, su país de procedencia,). Del señor Kubrick teníamos noticias ya, felices noticias, por aquello de que ambos habíamos visto “2001, odisea espacial”, “Lolita”, “Teléfono rojo” y “Espartaco”; aunque lo cierto es que también éramos conscientes de que “La naranja mecánica” era otra cosa: estábamos al corriente de que era una obra extraña y única, rarita, vaya si no, al estilo de cómo podía serlo el “Saló” de Pasolini, el “Imperio de los sentidos” de Oshima o “El último tango en París” de Bertoluci, películas de culto cuya leyenda ¿negra? había llegado hasta nuestros oídos adolescentes.

Por otra parte, la calificación moral de La Guía del Ocio referida a “La naranja mecánica” no dejaba lugar a dudas: “rigurosamente prohibida para menores de 18 años”. José Luis y yo, menores de edad ambos, nos preguntamos si nos exigirían el carné de identidad al entrar en el Groucho. Porque, sépase, que en   muchos cines –hablamos de mediados de los ochenta- aún acostumbraban algunos acomodadores y taquilleros, los más escrupulosos en el oficio, a pedir acreditación para confirmar la mayoría de edad de los espectadores jóvenes. No nos arredramos por este inconveniente, pero tampoco diremos ahora que fuimos de cabeza a ver “La naranja…” por el placer de trasgredir lo prohibido. Lo que nos fascinaba era sobre todo que la película fuera del señor Kubrick, al que, como les decía, seguíamos ya la pista con devoción; también nos perturbaba –y no poco- el propio título de la película: “La naranja mecánica”. Naranja Mecánica. Reconózcanme ustedes que el oxímoron en cuestión intriga lo suyo, porque lo de que una fruta sea automática tiene su intríngulis.

Pues bien. Entramos en el Groucho sin que nadie hiciera preguntas, vimos sin pena ni gloria “El ascensor”, mero trámite, y, mientras nos hallábamos en la pausa de una película y otra,  recuerdo que José Luis y yo comenzamos a sentirnos un poco como quien espera en lo alto de una montaña rusa, nerviosillos, ese momento en que uno aguarda con aprensión a que el operario accione el mecanismo que provocará que la vagoneta inicie su vertiginoso descenso hacia el vacío. ¿Podríamos soportar nosotros los espantos que nos aguardaban en “La naranja…”?



A día de hoy sé bien, pese a que es una de las cintas de Kubrick que más aprecio y que más veces he revisitado, que “La naranja mecánica” no es fácil de ver, ni con dieciséis ni con veinticinco ni con cuarenta ni con setenta años que se tengan entre pecho y espalda. Mejor dicho: “La naranja mecánica” sí que es fácil de ver, porque es, cinematográficamente hablando, una máquina perfecta; lo que quiero decir es que es difícil de digerir desde un punto de vista sensitivo, en términos éticos y morales, porque no hay asideros a los que agarrarse durante su metraje: no es ya que Alex y sus drugos sean repugnantes e indecentes, es que el mundo del futuro que nos describen Burguess, autor de la novela distópica de título homónimo, y Kubrick, adaptador de la misma, es una realidad donde todos los personajes que pululan a uno u otro lado de la Ley –quizá con la excepción del cándido capellán de la prisión- son infames, repulsivos, inaceptables como semejantes, almas desesperadas en su perpetua condenación. “La naranja mecánica” es ultraviolenta, valga la expresión, pero no lo es sólo por la explicitud de sus agresivas secuencias: es violenta porque no deja resquicio para el descanso, no permite siquiera un segundo en que, como espectadores, podamos decirnos: “ahí, por lo menos, se divisa el Norte”. No hay Norte, no hay Sur en “La naranja mecánica”. Sólo una concatenación de conductas degradantes que se enlazan desde la primera hasta la última línea del guión. Cierto es que el último capítulo del libro de Burguess deja abierta la puerta a la redención del protagonista, pero Kubrick, inmisericorde y nihilista hasta la nausea, no quiso incluir ese desenlace esperanzador como colofón de su película.

Ni que decir tiene que todas estas reflexiones no nos las hicimos mi amigo José Luis y yo en el 86, cuando salimos del Groucho aquella tarde tras ver “La naranja…”. Sólo recuerdo que franqueamos el trance, calle Cartagena arriba, aturdidos, quizá sintiéndonos un poco más niños, como empequeñecidos; no, desde luego, lo contrario. Decía al comienzo de este post que me desbordó la experiencia: y es que yo creo que me revolvió por dentro, sí, como aún lo hace cada vez que la veo; pero, he de admitirlo, me hipnotizó también, hasta el punto de no poder apartar –tal y como le sucede en la película al propio Alex DeLarge durante la aplicación del “tratamiento Ludovico”- los ojos de la pantalla: el sugestivo lenguaje nadsat que emplea el narrador, los decorados y su estética transgresora, su irreverente montaje, su virtuosismo narrativo, la aberración de los grandes angulares en la práctica totalidad de los planos, la quirúrgica iluminación de Alcott, la precisión de su casting, su doblaje impoluto, sus diálogos mordaces y, cómo no citarla, la música de Beethoven sobre todo y de Purcell y Rossini en menor medida, así como la omnipresente atmósfera sonora que el sintetizador Moog de Wendy Carlos confiere a todo el conjunto, son responsables.



No es, como les decía, “La naranja mecánica” una película para todos los públicos. Pero es, para bien y para mal, un crudísimo tránsito cinéfilo que para determinados espectadores se torna ineludible, antes o después, como el “Reservoir Dogs” de Tarantino, “Lo importante es amar” de Zulawski o “El huevo de la serpiente” de Bergman.

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JMALBELDA_CINE

Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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