La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…'Rebeca'

28.08.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Rebeca” (Rebecca, Alfred Hitchcock, 1940) tendría yo diez u once años. Aún antes de verla sabía que no me iba a decepcionar, porque Rebeca es lo que se denomina en el género del suspense una apuesta segura.

Por aquel entonces yo ya había disfrutado de lo lindo con joyas del misterio psicológico como “La extraña pasajera”, “Más allá de la duda”, “A 23 pasos de Baker Street”, “Alarma en el expreso”, “El cebo” o “Diez Negritos” (versión de René Clair, claro).


Por ello, cuando en una lluviosa tarde de sábado del año 80 se me presentó en la Segunda Cadena, de sopetón, la oportunidad de ver aquella Rebeca de Alfred Hitchcock de la que tanto se me había hablado, me froté las manos. Rebeca, por fin, Rebeca.

Hitchcock no falla nunca. O casi nunca.

Yo creo que Hitchcock sólo me ha decepcionado en dos ocasiones: la primera fue al ver “El número 17”, un pequeño estropicio delincuencial que dirigió el mago del suspense en el año 32 y que no es digno de llevar su nombre: bah, tampoco tuvo tanta importancia: pecado de juventud. La segunda decepción de una película del maestro fue para mí un pelín más grave por ser una obra más publicitada, más deliberada por tanto: “Atormentada” (Under Capricorn, 1949), un insufrible dramón colonial con jibarización incorporada que colocó a la pobre Ingrid Bergman –y por extensión a los espectadores- al borde del vahído.

De las demás películas de Hitchcock he de decir que hasta las mondas aprovecho.

Sé bien que sir Alfred nunca quedó satisfecho con su Rebeca; sin embargo, para mí, es una de sus películas más conmovedoras. “Anoche soñé que volvía a Marderley…”, nos explica la voz emocionada de una jovencísima Joan Fontaine evocando el serpenteo de cierto sendero que nunca más se ha de recorrer.

Sé me podrá argumentar que el mérito de este evocador travelling está ya implícito en el texto de la propia novela homónima de Dapne du Marier, socorrida escritora a cuya obra meliflua recurriría el maestro Hitchcock en otras dos ocasiones más (“Los pájaros” y “Posada Jamaica”), pero yo creo que cualquiera que haya leído en serio a esta señora cuasi victoriana sabe que no estamos precisamente ante una Agatha Christie ni ante Patricia Highsmith. Qué vio Alfred Hitchcock en sus libros tenues y morbosos es, como tantas otras cosas en el cine del maestro, un misterio añadido: lo cierto es que a cuenta de doña du Marier sir Alfred dio tres veces en la diana transformando lo curioso en excelso.

De Rebeca película se han dicho muchas cosas, buenas, malas y muy malas: que si bajo la máscara del suspense de la trama se esconde una apología descarada de la misoginia y del machismo del propio Sir Alfred, que si el film a lo tonto a lo tonto dignifica valores sociales propios casi del Ancien Regíme, que si el triángulo-cuadrado-pentágono-hexágono amoroso (según se mire la película, el número de ángulos se amplía) de la historia es una ponzoñosa ensalada freudiana aliñada con la espuma del rencor…  Rebeca, aunque yo la viera de niño, no es desde luego una película para niños: disecciona asuntos ciertamente espinosos que provocaron que los calificadores morales de la Televisión Española de la época fluctuaran, según el pase y el momento concretos, entre el uno y los dos rombos. Hoy todas estas zarandajas y estos escrúpulos de entomólogo moverían a risa a los progenitores y a los programadores del postmoderno siglo XXI, pero entonces, a principios de los 80, de cara a una calificación que acomodara el visionado, se evaluaban no sólo las formas de las películas sino también el contenido. No me parece mal, para que los padres discriminen qué deben y qué no deben ver los niños. Porque el contenido de Rebeca es escabroso, vaya si no: un ama de llaves obsesionada hasta el delirio con los vestigios de su fallecida señora de la casa; un viudo ensimismado que no es capaz de superar la infidelidad de una mujer que no le amaba y que le traicionó; y una jovencita tan enamorada como distraída y no correspondida que, como quien dice, se casa por el hábito de practicar el deporte de soñar despierta.

La Rebeca de Hitchcock es insana, sí, pero de insana también es triste y onírica, y, por lo mismo, de alguna forma también es única. Rebeca es desesperada y cruel, con aquel blanco y negro de tules y brumas de acantilados, con aquella banda sonora de Franz Waxman que nos coloca una vez y otra al borde del precipicio; pero Rebeca también es bellísima, como bellísimo es Manderley, que es una mansión imposible que a fuerza de escarparse fue construida a dos pasos del cielo y a un paso del infierno.

Rebeca, no se engañan, no existiría sin esa Joan Fontaine encandilada que ya es inextirpable de nuestro recuerdo, pero quizá, fíjense, Rebeca sí que existiría sin aquel Lawrence Olivier al que, en esta ocasión concreta, vimos en la pantalla un tanto desatento (para lo que vino siendo él). Pero, sobre todo, la Rebeca de Hitchcock no existiría sin la soberbia y terrorífica señora Danver, Judith Anderson, espejo espejito dime quien es la más pérfida, reflejo en el que desde entonces se contemplan, a la fuerza, todas las malas malísimas que en el cinematógrafo han sido.
 

José Manuel Albelda

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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