La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…"Picnic en Hanging Rock"

20.02.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Picnic en Hanging Rock” (Picknig at Hanging Rock, Peter Weir, 1975) fue durante una lejana noche de uno de los veranos de mi adolescencia: un viernes, un cambio de programación de última hora en la Segunda Cadena de Televisión Española y, ¡zás!, como caída del cielo, llegó hasta mí esta obra tan extraña como original cuya principal carta de presentación a la hora de cautivarme fue su propio título. Yo creo que existen películas enigmáticas que se describen fugazmente a sí mismas aún antes de que sepamos nada de ellas, películas que nos seducen, ante todo, por su nombre y apellidos: “El hotel del alpinista muerto”, “Los efectos de los rayos gamma sobre las margaritas”,

“La soledad del portero ante el penalti” y “Una gota de sangre para morir amando” son, independientemente de su diferente temática y de su asimétrico valor como films, cuatro perfectos casos de esta cualidad nominalista a la que me refiero; “Picnic en Hanging Rock” es otro ejemplo de lo mismo.

No existe ninguna otra película como “Picnick en Hanging Rock” porque como obra de arte es irrepetible de principio a fin; aunque, dicho esto, sí existen películas que se han inspirado felizmente en la atmósfera de Hanging Rock para evocar su misterio: por ejemplo, “Las vírgenes suicidas”, ópera prima de Sofía Coppola, rinde un brillante homenaje en fondo y forma a “Picnic en Hanging Rock”, como también invoca la esencia de Peter Weir nada menos que la última obra del maestro David Lean, aquella deliciosa “Pasaje a la India” en la que “lo sugerido”, es decir, lo inaprensible, alcanzaba al igual que sucediera en la película de Coppola fragancias que no sólo se podían respirar sino también oler.

Recréense, por favor, durante un momento en una:

 Y también en la otra:

Peter Weir, el padre de “Picnic en Hanging Rock”, es un director extraño. Si analizamos a vuela pluma su filmografía, desde “El año que vivimos peligrosamente” a Único testigo” pasando por “El show de Truman”, “Master and Comander” o “El club de los poetas muertos”, podremos comprobar que este hombre nunca ha dado un paso en falso: Weir, sin ser un rupturista o un cineasta experimental (con la excepción de su primera obra, aquella marcianada llamada “Los coches que se comieron París”), es un autor inclasificable que según avanza por la senda de su propio cine va borrando las huellas que deja tras de sí. Como no podía ser de otra manera, “Picnic en Hanging Rock”, rodada íntegramente en Australia, no se parece en nada a ninguna de las otras obras de Weir: su historia es una adaptación de la magnífica novela de Joan Lindsay de título homónimo (editada no hace mucho por Impedimenta), y cuenta lo que le sucede a un grupo de alumnas de un colegio victoriano que sale de excursión el Día de San Valentín y acampa cerca de una enorme roca volcánica denominada Hanging Rock. Algo terrible, y acaso insólito, les acontece a las adolescentes durante aquella jornada, algo que en ningún caso se explica a lo largo de toda la película: lo cierto es que a excepción de una de las jóvenes que regresa sin poder dar un relato coherente del incidente, nunca más vuelve a saberse de la suerte del resto de sus compañeras de picnic.

No les hago spoiler de ésta película al revelarles ahora que no esperen que se aclare el misterio de lo que sucedió aquel Día de San Valentín en Hanging Rock: en esta incógnita, como en los jeroglíficos egipcios o como en el último descenso al mar de Alfonsina Storni, reside precisamente el encanto de esta obra de Weir.
Porque no es un thriller esta película, ni un melodrama, ni una cinta de corte deliberadamente fantástico o surrealista.

Es… otra cosa.

Lo que sí les aseguro es que si se acercan a Hanging Rock quedarán envueltos por una sensación de irrealidad que en ningún caso será del todo onírica, ni mágica, pero que será como una bruma cálida que aturde tanto como embriaga. En todo caso, tuvo que ver mucho en la construcción del secreto de aquella roca la evocadora música de Gheorghe Zmfir…

 

…así como la paleta de colores que desplegó el director de fotografía Russell Boyd, que ganó un Bafta por su trabajo en esta cinta.
De todas formas, casi treinta años después, si tuviera que destacar el detalle más conmovedor que recuerdo de aquel primer visionado de “Picnic en Hanging Rock”, me quedaría con lo siguiente: el descubrimiento que supuso para mí del que es, quizá, el preludio más simétrico y deslumbrante que compusiera Juan Sebastián Bach: el preludio en Do Mayor de “El clave bien temperado”:
 

Así fue como aquella noche yo empecé a amar a Bach.


Twitter: José Manuel Albelda

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JMALBELDA_CINE

Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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