La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…'La huella'

04.07.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “La huella” (Sleuth, Joseph Leo Mankiewicz, 1972) fue en la Segunda Cadena de Televisión Española, un muy apropiado sábado lluvioso a principios de los 80. Por entonces yo no sabía qué cosa era un “spoiler”. Aunque sea ésta una palabra tan ambigua como tramposa (con ella se designa asimismo el alerón presuntamente aerodinámico que incorporan ciertos vehículos que rondan las inmediaciones de los polígonos) y aunque el término no me haga especialmente feliz por ser un anglicismo de reciente importación, he de admitir que “spoiler” suena mejor que “destripe” a la hora de describir la acción de arruinarle a una determinada película la sorpresa mediante la revelación anticipada de su secreto. Bien. Si tuviera que establecer una jerarquía para situar cuál es el mayor “spoiler” de la Historia del Cine, con permiso de la confesión de paternidad irresponsable de Darth Vader respecto al joven Luke en “El imperio contraataca”, yo creo que ciertos giros de guion de “La huella” ocuparían la posición más alta en el pódium de lo inesperado.

Hablar del argumento de “La huella”, poco o mucho,  es peligroso, por lo que me limitaré a proponerles ejemplos de otras películas de género policiaco cuya arquitectura también se sustenta en una sorpresa admirable sobre la cual se edifican sus tramas: “Testigo de cargo” de Wilder es un paradigma en éste sentido, como también lo es “Diez Negritos” de René Clair y “Más allá de la duda” de Lang.  Si alguien, alguna vez, con buena o mala intención, se acerca a ustedes con el propósito de explicarles detalles argumentales de estas películas, desconfíen, aléjense y escapen a toda prisa: baste saber que todas contienen secretos que no deben desvelarse antes de tiempo y que todas son obras maestras indiscutibles.

“La huella” de Mankiewicz constituye un inteligente homenaje a las principales plumas de la novela criminosa, Poe,  Highsmith, Simenon, Agatha Christie y Woolrich. Aún así, viéndola, no tanto se piensa en novela negra -o en cine negro- como en teatro o incluso en televisión. Más misterio que muerte se respira en “La huella”. Esto es así porque la atmósfera originalísima de la obrita de Antonhy Shaffer, padre intelectual de la criatura, predomina sobre el acento del Mankiewicz cineasta; y es que aún dentro de su filmografía irrepetible es “La huella” una película extraña, más insana que siniestra, asfixiante desde luego, matemática y exacta como una guillotina; y sarcástica, muy sarcástica. “La huella”, literalmente, no deja títere con cabeza, y cada uno de sus diálogos supone un ejercicio de cinismo dialéctico que raspa hasta dejar heridas. Lo de cinismo, claro, lo digo en el buen sentido: ya saben ustedes lo diagonal que podía llegar ser la mirada de Sir Lawrence Olivier.

Los teatrillos de la casa del escritor Andrew Wyke, sus autómatas, sus juegos de estrategia abstracta, sus puzles en blanco, sus guiñoles y disfraces, los sótanos, las habitaciones imposibles, en definitiva la mansión en sí, conforman un personaje más de la trama. Este hallazgo, es decir, la elección de una particularísima puesta en escena basada en atrezos y decorados que cobran vida propia, es la gran aportación de Mankiewicz a la historia, no tanto su dirección de actores, enorme por otra parte. Un acertadísimo montaje, auténtico trabajo de escultor en la sala de edición, conformó el resto del prodigio. Por todo ello, en mi opinión, “La huella” de Mankiewicz triunfa allá donde “La huella” de Kenneth Branagh, versión de 2007, fracasa. Y eso que, como actores, Lawrence Olivier, Michael Caine y Jude Law, gigantes los tres, no tienen mucho que envidiarse entre sí. Sin embargo los personajes de la versión de 1972, la que nos ocupa, adquirieron una vida dramática imperecedera mientras que los de la adaptación de 2007 sólo obtuvieron un hálito efímero de existencia.

Toda “La huella” de Mankiewicz está repleta de artefactos magníficos. Uno de ellos, además de la mansión en sí, es la música del film. John Adisson escribió una partitura verdaderamente sugerente cuyas notas escurridizas transitan pasajes burlescos con la misma  facilidad que evocan una calamidad inminente. El prólogo musical que ilustra los títulos de crédito constituye toda una declaración de intenciones al respecto:

Los silencios de “La huella”, tan elocuentes como los diálogos, son otro acierto. Recuerden mis palabras cuando la vean: en esta película se habla tanto como se calla. Saber dosificar las esperas es una de las mejores cualidades que puede tener un cineasta.

Habré visto “La huella”, al menos, diez o doce veces. Siempre en televisión (para mi desgracia). Les confesaré que aunque conozco bien su secreto no me cansa. Lógicamente, desearía borrar de mi memoria algunos detalles cruciales, la bisagra alrededor de la cual la trama gira, para poder disfrutar de la película con ojos de pionero deslumbrado por el asombro.

Le estoy muy agradecido a “La huella” de Mankiewicz. Gracias a ella aprendí a fascinarme, como Andrew Wyke, con el universo antiquísimo –mencionado antes- de los juegos de tablero de estrategia abstracta: además del consabido Ajedrez, Go, Backgammon, Xiangqi, Bagh-Chal, Ur, Senet, Mancala o Senku son laberintos fabulosos en los que me complace perderme frente a otro contrincante.

“La huella” está muy olvidada; pero es demasiado deliciosa como para pasarla por alto.

Por eso, queridos lectores, me hace mucha ilusión pensar que, quizá, alguno de ustedes se acercará algún día gracias a este post a la que fue la última obra maestra del director de “Eva al desnudo”, “Julio César” o “La condesa descalza”.

 Twitter: José Manuel Albelda

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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