La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…"La chaqueta metálica"

09.05.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “La chaqueta metálica” (Full Metal Jacket, Stanley Kubrick, 1987) fue el mismísimo día de su estreno.

Allí estaba yo, como un clavo, un viernes 22 de enero de 1988 en el cine Juan de Austria de la calle Príncipe de Vergara, acompañado de los mejores amigos, tan kubrickianos o más que yo.

Pocas veces he tenido tantas expectativas depositadas en una película. Por desgracia, sentí decepción.

 


Asistir al estreno de una película de Stanley Kubrick no es cualquier cosa. Pero asistir al estreno de una película de Stanley Kubrick después de haber estado éste sin rodar nada menos que siete largos años, sequía creativa que se prolongaría desde “El resplandor” hasta “La chaqueta metálica”, fue un acontecimiento aún más excitante. Porque verán, por entonces, antes de su estreno, todo alrededor de “La chaqueta metálica” eran promesas: la crítica saludó la nueva obra de Kubrick como “la mejor película de guerra jamás realizada”, como bien se encargó de recalcar el slogan del cartel oficial de la película. ¿Recuerdan el poster? Sobre fondo blanco, un sugerente casco de combate con una chapa con un símbolo pacifista clavada en la tela; al lado, pintada, la frase “born to kill”.    

         
 
Debí haberlo intuido entonces. Debí haber tenido la mosca detrás de la oreja en lugar de dejarme arrastrar por lo que hoy se denomina “hype”. Si, como anticipaba la publicidad de la época, hubiera sido la mejor película de guerra de todos los tiempos ello habría significado que el propio Stanley Kubrick se había superado a sí mismo dentro del género bélico, cosa harto difícil, porque con anterioridad a “La chaqueta metálica” tres habían sido las incursiones previas y felicísimas de Kubrick en este terreno, a saber: “Senderos de gloria”, “Teléfono Rojo, volamos hacia Moscú” y “Barry Lyndon”. Cada una a su manera, aquellos sí que fueron tres ejemplos insuperables de cómo la guerra, la miserable esencia de las guerras, en sus diversas encarnaciones a través de la Historia, puede ser filmada de la manera más perfecta posible.


¡El regreso de Stanley Kubrick más aclamado por la crítica! ¡Pasen y vean! Artillería pesada, nada menos.

¿De verdad se había superado a sí mismo Kubrick a sus 60 años de edad con una nueva película sobre la recurrente (y ya relativamente agotada) Guerra de Vietnam?
En todo caso: ¿de verdad era superior “La chaqueta metálica” a “El cazador” de Cimino y al “Apocalypse Now” de Coppola?
Algo no encajaba entre tanta hipérbole.

Que “La chaqueta metálica” estuvo mejor filmada que su predecesora y casi contemporánea “Platoon” (Oliver Stone, 1986) es bien cierto, pero me temo que esa particularidad, hoy día por otra parte irrelevante, no eleva a “La chaqueta metálica” a una categoría tan meteórica como para situarla en el primer lugar del pódium bélico. Ni mucho menos. Aún siendo interesantísima, desde un punto de vista cinematográfico “La chaqueta metálica” no fue al género bélico lo que sí fue al género de la ciencia ficción “2001, una odisea espacial”.

Sí es “La chaqueta metálica” un magnífico ejercicio de estilo, una lección de virtuosismo e inteligencia kubrickiana divida en dos partes -o segmentos- que en realidad son dos películas: la primera, la fase de instrucción de los marines en Parris Island, es una película aparentemente antimilitarista; la segunda, los avatares de los soldados de la compañía en el fuego real de Vietnam, es una película aparentemente antibelicista. Aparentemente, insisto.

Porque yo creo que ante todo “La chaqueta metálica” es una película deliberadamente cínica. Y ambigua. Esto no es ni bueno ni malo, porque, de hecho, cinismo y ambigüedad son cualidades que frecuentemente puede observarse en el cine de Kubrick.

Empecemos por el nombre: el propio título original, “Full Metal Jacket”, pero más aún el título traducido al castellano, “La chaqueta metálica”, son remedos de otra referencia ineludible de la propia filmografía de Kubrick: “A Clokwork Orange”, esto es, “La naranja mecánica”. Chaqueta metálica. Naranja mecánica. Como dos gotas de agua ¿no? Construcciones sintácticas y fonéticas sospechosamente parecidas, casi parónimas. Pero hay más: en uno y otro caso nos hallamos ante sendos oxímoron, conjugaciones imposibles, contradictorias: no conocemos chaquetas que sean de metal ni naranjas que se comporten de forma automática, salvo que hablemos en metáfora. ¡Buena jugada, Mr. Kubrick! Por otra parte, la composición de los respectivos posters de una y otra película es bastante similar. Ya sé que parecen éstas cuestiones anecdóticas, casi tangenciales, pero tratándose de Kubrick nada se dejaba al azar, y es evidente que a efectos promocionales se potenció la analogía entre una y otra cinta, naranja y chaqueta, separadas ambas por 17 años de distancia. Tanta simetría no fue nada buena cuando por fin se descorrió la cortina y vimos lo que había detrás.

He dicho que Kubrick, cinéfilo imprevisible y rastreador implacable de referencias fílmicas insospechadas, no dejaba nada al azar. Grandes cosas son el perfeccionismo y la originalidad. Por eso, no fue agradable descubrir que había semejanzas adicionales un tanto abochornantes entre ciertos diálogos de la muy inferior (pero anterior al fin y al cabo) “Oficial y caballero” (An officer and a gentleman, Taylor Hackford, 1982)…


y “La chaqueta metálica”.


https://www.youtube.com/watch?v=lkj08506dAY


Aún salvando las distancias a favor de Kubrick y de R. Lee Ermie, sargento instructor de marines en la vida real, qué quieren que les diga: aquel detalle no me hizo pizca de gracia.
Más cosas que me molestaron: la música. Hasta aquel momento, salvando el patinazo al contratar inicialmente los servicios de Alex North para el soundtrack de “2001: una odisea espacial”, Kubrick se había caracterizado por sonorizar personalmente con la música más adecuada y precisa cada secuencia de sus películas. Bien. Pues por primera vez en toda su carrera, “La chaqueta metálica” demostró que Kubrick también podía equivocarse, y mucho, al menos musicalmente hablando: una tal Abigail Mead firmó los cortes del soundtrack original, texturas aceradas, miméticas, concretas, atmosféricas, pero sin alma, sin inspiración, del montón. Porque la tal Abigail Mead no tenía el talento con los sintetizadores de una Wendy Carlos ni de lejos, y se notó el truco. De hecho, ¿quién era Abigail Mead? ¿Alguien había oído hablar de ella antes? A Kubrick, desde luego que sí debía sonarle de algo la muchacha… porque era su propia hija, Vivian Vanessa Kubrick, que firmó las composiciones bajo el pseudónimo de Abigail. Al final todo se sabe…


Hablemos, para concluir, de lo que sí me gustó de “La chaqueta metálica”: es evidente que sólo un genio puede ser capaz de hacer creer al espectador que estábamos en Vietnam cuando todos y cada uno de los exteriores se habían rodado a las afueras de Londres. Las secuencias de combate eran escalofriantes, por su estilo casi documental. Los personajes del reparto, a excepción del recluta bufón interpretado por Matthew Modine, a quien no pillé el punto, no sólo fueron creíbles en sus papeles sino que lo bordaron. Cada plano, cada secuencia, cada encuadre, fueron tan perfectos y elegantes como sólo un cineasta de la talla de Stanley Kubrick podía concebir. Por último, diremos que el guión y los diálogos son tan corrosivos como el ácido de la batería de un blindado.

 A lo largo de mi vida habré visto “La chaqueta metálica” alrededor de 10 o 12 veces. Me he empeñado en escudriñarla una y otra vez porque quiero que me apasione como me apasionan otras obras de Kubrick. He deseado tantas veces que sucediera el milagro: verla con otros ojos, descubrir por fin su secreto, fascinarme. Pero lo cierto es que nunca he salido de la sala de cine plenamente satisfecho, convencido. “La chaqueta metálica” me parece sólida, sí, única, bella, sombría, cáustica, exacta, admirable en todo caso. Pero no me entusiasma. Miren que he leído y releído acerca de ella, y miren que he sopesado todas y cada una de las razones que llevaron a mi adorado Kubrick a posponer otros proyectos más ambiciosos en favor de esta historia. Nada. Sigo en el punto de partida.


Aún así, me ha parecido interesante dedicarle unas líneas a este misterio.


José Manuel Albelda

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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