La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…'Eyes Wide Shut'

26.09.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Eyes Wide Shut” (Stanley Kubrick, 1999) tuve una sensación rara, porque por un lado, siendo como soy fanático de la obra de Stanley Kubrick, estaba de enhorabuena ya que algo en mi instinto cinéfilo me decía que la relativa decepción que me provocó su anterior película, “La chaqueta metálica”, no se iba a repetir; pero, por otra parte, “Eyes Wide Shut” se estrenaba a los pocos meses del inesperado fallecimiento de su director, por lo que para bien o para mal aquel último trabajo se convertía en un testamento fílmico irrevocable. Así, aquella tarde del 17 de septiembre de 1999 en que junto a buenos amigos esperaba yo en la cola de los UGC Ciné Cité Méndez Álvaro estaba cargada a la fuerza de emoción, de expectación, e incluso de cierta angustia. Literalmente, aquel Kubrick era el último Kubrick de nuestras vidas. Mucha responsabilidad la de aquel visionado.

Recuerdo una breve conversación que mantuvimos con una despistada parejita de novios que al igual que nosotros esperaba frente a la taquilla para comprar sus entradas: ella y él, muy melosos, estaban ciertamente sobreexcitados con el sugerente tráiler de la película…

Habían oído campanas aquí y allá sobre “Eyes Wide Shut” y se imaginaban que iban a ver una película erótica al estilo de “Nueve semanas y media” o “Instinto Básico”, solo que más salvaje, más sofisticada. El estreno, además, contenía el morbo sobrevenido de poder ver juntos en pantalla, quién sabe si desmadrados, a Kidman y Cruise, matrimonio de moda por aquel entonces. No me molesté en desengañarles. Más tarde me arrepentí: se hubieran ahorrado, pobres, el dinero de la entrada.

Media hora después de empezar “Eyes Wide Shut” –el tiempo justo para comprobar que se habían equivocado de galaxia- observé como la parejita en cuestión escapaba de la sala de proyección como almas que lleva el diablo. Decididamente, “Eyes Wide Shut” no era su película

El propio Kubrick había explicado sus intenciones al respecto poco antes de morir: “no he querido hacer un film sobre sexo, sino sobre el terror que puede inspirar el sexo”.
Yo creo que esa es la clave para entender (y disfrutar) de “Eyes Wide Shut”: verla como quien ve una película de horror. Igual que se ven “El exorcista”, “La semilla del diablo”, “El hombre de mimbre” o “Amenaza en la sombra”.


Iré más lejos: aquella tarde de estreno en el UGC sentí los mismos escalofríos que cuando vi por vez primera “El resplandor”.

“Eyes Wide Shut” es una película que no se parece a ninguna otra. Es rápida y lenta al mismo tiempo; es, de hecho, una especie de acordeón temporal: uno está deliberadamente desorientado dentro de ella, cronológicamente hablando. Inspirada en “Traumnovelle”, desasosegante relato de Arthur Schnitzler alrededor de los problemas conyugales de un matrimonio atrapado en sus respectivas ensoñaciones eróticas con terceros, “Eyes Wide Shut” supone un descenso a los infiernos del sexo por parte de un joven médico interpretado por Tom Cruise que ha quedado en estado de shock después de escuchar de labios de su propia esposa cuál es su más secreta fantasía. Después de esta confesión, al infierno se llega deprisa. Y es que “Eyes Wide Shut” transcurre en poco más de un intervalo de 24 horas desde que Cruise sale por la puerta de aquel apartamento neoyorquino, el hogar que comparte con su esposa y su hijita, quién sabe con qué intenciones. A partir de ahí, todo es espesura de bosque y de tinieblas.
Por su manejo de las diferente perspectivas espaciales y psicológicas, siempre aparentes, ciertamente desconcertantes, “Eyes Wide Shut” podría ser comparada con una especie de trasunto en clave neoyorquina y sexual del  “Ulises” de Joyce; y, ¿por qué no?, podría ser también el reverso sombrío de “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas” de Carroll e incluso de “El mago de Oz” de Fleming. Aquí y allí, lejos y cerca, alto o bajo, deseo y aversión, belleza y fealdad, valor y zozobra, son conceptos siempre relativos en “Eyes Wide Shut”. Depende del disfraz del que uno se pertreche. “El mundo todo es máscaras, el año entero es carnaval”, que decía nuestro Larra. Cuando vean “Eyes Wide Shut”, si es que no lo han hecho ya, entenderán de qué les hablo.

Les propongo ahora que escuchen el vals de la Jazz Suite número 2 de Shostakovich, música que se convierte en toda una declaración de intenciones al principio de la película al más puro estilo de las oberturas de los viejos musicales. Escuchar esta pieza es zambullirse plenamente en las sombras de “Eyes Wide Shut”.


“Eyes Wide Shut” es exacta y fría como las casillas de mármol de un tablero de ajedrez. Cada plano está compuesto como si lo hubiera planificado un tallista, un escultor, no tanto un pintor o un fotógrafo aunque ésta sea también una película iconográficamente muy bella. Sólo por las simetrías de su composición y por su puesta en escena, de una perfección inquietante, la película provoca una congoja profunda en el espectador. Los silencios de su guion, tan relevantes como sus diálogos, inspiran asimismo una expectación creciente que alcanza su paroxismo, nunca mejor dicho, en la secuencia en que Tom Cruise contempla dentro la mansión aquella orgía de disfraces: “la contraseña es Fidelio”. Nada en “Eyes Wide Shut” se deja al azar. Ni el menor detalle. Ya saben ustedes cómo se las gastaba Kubrick.

De la película resultan memorables muchas secuencias, pero les recomiendo que presten especial atención a la escena del baile, al principio del film: resplandece como un Don Perignon en una copa de cristal de Bohemia. También es sobrecogedor el momento en que la Kidman, Alice, la confiesa a su marido cómo estuvo a punto de abandonarle a él y a su hija para tener una aventura con un joven oficial. Uno se queda sin palabras. Después, el deambular del doctor Halford, Cruise, por las calles de Nueva York (ficticias, por supuesto: Kubrick no soportaba viajar) nos deja una sensación de soledad y desconcierto, salvando las distancias, tan profunda como la que invadía a los protagonistas respectivos de “After hours” (Martin Scorsese) y “Cowboy de Medianoche” (John Schlesinger). La secuencia de las máscaras en la mansión, la retención del doctor Halford, su interrogatorio, son espeluznantes. Es cierto que a partir de ese momento la película pierde algo de intensidad, pero la pendiente creciente hasta ese instante ha sido tan pronunciada que hasta se agradece que Kubrick afloje un poco la mano.

La música de “Eyes Wide shut”, como siempre en Kubrick, está irreprochablemente elegida. Recurrió de nuevo al viejo Ligeti, ¡cómo no!, lo mismo que en “2001” y en “El resplandor”, a modo de leitmotiv. Su Música Ricerdata es inolvidable:

Este tipo de artefactos siniestros (pero geniales) conforma de cabo a rabo nuestra “Eyes Wide Shut”.

Para terminar, les contaré una anécdota que en realidad es una provocación. Cuentan que el mismísimo Kubrick dijo de “Eyes Wide Shut” poco antes de morir: “es mi mejor película”. Yo no diría tanto, por supuesto, aunque sí creo que es una de sus grandes películas, incluso que está a la altura de… (prefiero dejarlo en puntos suspensivos no sea que me pille los dedos).

Como siempre, yo advierto: esta película le deja a uno el cuerpo para pocas bromas, y sienta al estómago como “Irreversible” de Noé, como “Anticristo” de Von Trier, como “Lo importante es amar” de Zulawski.

Vamos, que es una patada bien poquito erótica.

Entenderán ahora porque aquella parejita de novios despistada se sintió decepcionada en aquella memorable tarde del estreno.

José Manuel Albelda
 





 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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