La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…'El testamento del Doctor Cordelier'

03.10.2014 | 0 Comentarios
DrCordelier2134

La primera vez que vi “El testamento del Doctor Cordelier” (Le testament du Docteur Cordelier, 1959, Jean Renoir) yo no sabía quién era Jean Renoir ni hasta qué punto era inmensa su obra. En España –fuera de los ámbitos cinéfilos- Jean Renoir ha sido y es un perfecto desconocido. A todo el mundo le suenan, siquiera de oídas, gigantes del séptimo arte como John Ford, Hitchcock, Welles o Kubrick, pero si proponemos al respetable que nos cite un par de películas de Jean Renoir me temo que obtendremos la callada por respuesta. Y eso que “El río”, “La gran ilusión”, “La regla del juego”, “La bestia humana”, “Esta tierra es mía”, “Boudu salvado de las aguas”, cada cual en su género, están a la altura de “Vértigo”, “Encadenados”, “Senderos de gloria”, “Lolita”, “Ciudadano Kane”, “El Cuarto Mandamiento”, “¡Qué verde era mi valle!” o “La diligencia”; pero la verdad es el cine de Renoir, a pesar de tener en nuestro país varias multisalas de prestigio bautizadas con su nombre, no es cine de grandes aforos. ¿Recuerdan ustedes la última vez que algún film de Renoir fuera programado en una televisión? Sin embargo, Renoir es grande entre los grandes. Sin sus películas valientes y pioneras no se entiende nada del moderno cine francés, incluso del contemporáneo cine francés: el cine de Godard, Truffaut, Rohmer, Rivette, Tavernier y Malle existe porque antes existió la filmografía de Renoir. Por otra parte, pocos han sabido dirigir a los actores como él. Aquí está la prueba: http://www.transmettrelecinema.com/video/la-direction-dacteur-par-jean-renoir/

Luego está la cuestión del apellido: se escucha por primera vez el apellido Renoir y lo primero que a uno le viene a la cabeza es el pintor, y en efecto, es nuestro Jean hijo del Pierre-Auguste impresionista, el otro Renoir ilustre. Aunque, por fortuna, Jean Renoir no sobrellevó el apellido de su padre como lo hiciera aquel Jean Michel descafeinado, el hijo del genial Maurice, ya saben, Jarre, de los Jarre de toda la vida. No. Renoir Jean es tan enorme en lo suyo, el celuloide, como lo fue Renoir Pierre-Auguste en el lienzo, y si ambos hubieran coexistido en un mismo tiempo creativo por no haber sido el uno el hijo del otro yo creo que habrían tenido muchos asuntos estéticos sobre los que conversar de hombre a hombre, de genio a genio.

Pero vayamos al grano: y el grano se llama “El testamento del Doctor Cordelier”.

Leído sin gafas de cerca, el título de “El testamento del Doctor Cordelier” parecería el de un thriller cuyo argumento gira alrededor de una herencia, en plan adaptación de Agatha Christie o Simenon. Sin embargo estamos ante pura y dura ciencia ficción. O, según se mire, ante puro y duro terror. Y estamos –y esto es lo principal- ante la mejor adaptación que sobre la novela de George Louis Stevenson “El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde” se ha filmado: ni la silente “Dr Jekyll and Mr Hyde” de John S. Robertson protagonizada por John Barrymore, ni la magnífica versión de Mamoulian de 1931, ni la subsiguiente adaptación de Víctor Fleming de 1941 con Spencer Tracy, ni la espeluznante incursión en el mito que realizara Terence Fisher en el 60, ni la irreverente “El profesor chiflado” de Jerry Lewis, ni la apócrifa y deliciosamente ambigua traslación que hiciera George Ward Baker para la Hammer del 71, ni la marciana versión de Gonzalo Suárez del 96, ni siquiera el magnífico musical de Broadway que se compuso alrededor de la obra de Stevenson…


…son tan condenadamente brillantes como la adaptación de nuestro Jean Renoir.

“El testamento del Doctor Cordelier” fue concebida como una película para televisión, pero quien piense por ello que se trata de una obrita menor realizada por monsieur Jean sin gana o con rutinaria convicción de asalariado, se equivoca. Tan insólito fue el enfoque de Renoir, su magistral manejo de la dualidad que atenaza al desgraciado Cordelier, Jekyll, y a su sombra, Hyde, Opale, que la película tuvo que ser reestrenada en salas cinematográficas dos años después de su primer pase en la pequeña pantalla. Interesante, ¿no? El inicio de la película, televisivo donde los haya, es tan extraño como su desarrollo posterior…


…y nos evoca a cierta adaptación radiofónica realizada por Orson Welles a propósito de la popularísima “La guerra de los Mundos”:


“El testamento del Doctor Cordelier” no parece la obra de un anciano, Renoir, que se hallase en el crepúsculo de su carrera, sino que se asemeja a la película de un transgresor de géneros, un iconoclasta tal vez, un jovenzuelo irreverente que quisiera reafirmase a golpes, golpes de bastonazo de su Opale, alter ego, bastonazos en ese universo lleno de traspiés que es el arte séptimo. Porque la adaptación de Renoir es burlona, durísima, ególatra y muy muy ágil, mucho más que la adaptación de cualquiera de sus predecesores. Por momentos parece una crónica, o un reportaje. Junto con “Ojos sin rostro” de Franju, “El año pasado en Marienbad” de Resnais, “La Jetée” de Marker y “Alphaville” de Godard conforma lo mejor que ha dado el cine fantástico francés, después de la obra de  Meliès, claro.

Es un blanco y negro maligno el de “El testamento del Doctor Cordelier”, gélida textura de biombo de consulta de un tal Caligari, psiquiatra.

La música de “El testamento…”, su asonancia, la ausencia de la misma, el silencio, es desasosegante; pareciera que los sonidos dibujasen espirales en el aire.

Hemos comentado antes que no había nadie cómo el cineasta Renoir para dirigir a los actores. Tal vez Bresson, otro francés, estuviera a su altura. De todas formas, cuando se dispone de herramientas como Jean-Louis Barrault, responsable de la paternidad de Cordelier y Opale, no es difícil extraer petróleo de un pozo:

No es “El testamento del Doctor Cordelier” la mejor película de Renoir. Sin embargo, sí es la película de Renoir a la que le tengo más cariño, tal vez por ser la primera que de él vi; o quizá por ser una película completamente distinta a las otras que tiene.

No lo he mencionado hasta ahora: fue a la Segunda Cadena de Televisión Española, como tantas veces, a quien tenemos que agradecer aquel pase afortunado. Hablo del año 85, si no recuerdo mal. Nostalgia. ¿Por qué hay que mirar siempre por el espejo retrovisor para divisar buen cine en la pequeña pantalla?

José Manuel Albelda


 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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