La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…'El resplandor'

26.11.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “El resplandor” (The shining, Stanley Kubrick, 1980) fue en el año 87 durante una sesión triple en el desaparecido cinestudio Groucho. Si quieren que les diga la verdad, aunque presuma a menudo de tener buena memoria cinéfila, ahora mismo no recuerdo los otros dos títulos que acompañaban el programa; aquella tarde pasaría a la intrahistoria de mi vida como la tarde de “El resplandor” y punto.

Por aquel entonces, con 16 años recién cumplidos, les diré también que yo sentía una enfermiza prevención contra esta película, y es que estaba condicionado contra aquella historia de fantasmas ambientada en un hotel de alta montaña. Estoy seguro de que mi aprensión hacia “El resplandor” habría sorprendido al mismísimo Kubrick: Kubrick siempre dijo que “El resplandor”, en el fondo, estaba cargada de buenas noticias ya que la trama se sustentaba en la hipótesis de la existencia de vida después de la muerte. Es una forma de verlo, en efecto. Pero a mí la película me seguía dando pavor, aún sin haberla visto. Me explicaré: siete años antes, en el 80, momento del estreno, yo era un crío de 9 años que se había quedado literalmente traumatizado a causa del visionado del tráiler de “El resplandor” emitido en televisión: las gemelas cadavéricas plantadas en mitad del pasillo, Jack Nicholson destrozando la puerta de aquel baño con un hacha, la catarata de sangre brotando de las puertas del ascensor… me metieron mucho susto en el cuerpo. Para colmo, fue aquel un tráiler que se difundió no pocas veces en la Primera Cadena, tráiler espeluznante y traidor, vertiginoso, no apto para niños, desde luego, y que a mí, particularmente, siempre que se difundía entreverado en medio de otros anuncios televisivos, me pillaba desprevenido.

Al acercarme al cinestudio Groucho, pues, aún siendo ya un adolescente hecho y derecho, yo tenía miedo al miedo, miedo de ver “El resplandor” y no poder soportarlo, miedo de ahogarme en sus horrores. Esta clase de prevención hoy día me parece ridícula, porque sé bien que el temor apriorístico funciona como un paraguas que le resguarda a uno a la hora de soportar el chaparrón. Pero entonces este efecto paradójico no lo podía ni imaginar: la experiencia me enseñaría más tarde que cualquier horror fílmico que pueda cocinarse por un cineasta resulta más insípido si previamente ha sido aliñando con las fantasías previas del espectador.

Recuerdo que entonces me deslumbró más la técnica fílmica de Kubrick que la propia atmósfera sobrenatural de aquella historia truculenta que adaptaba la homónima novela de Stephen King: nada más empezar la película quedé boquiabierto con el travelling aéreo que acompaña los títulos de crédito. ¿Cuántas veces, desde entonces, habrá sido imitado ese discurrir flotante de la cámara desde las alturas? Ay, Haneke, Haneke, cuánto le debe usted y otros como usted, Fincher, Nolan, Cameron, al señor Kubrick.
Por otra parte, la versión con  sintetizador que interpretó Walter Carlos de la monodia medieval Dies Irae, música que acompañaba a los Torrance mientras viajaban hacia su destino en aquel pequeño escarabajo blanco, tampoco me pareció moco de pavo:


Y entré por fin aquella tarde en el hotel Overlook y lo que descubrí fue otro mundo. No ya un mundo sobrenatural, que también, sino un otro mundo fílmico: aquel fluir mágico de la cámara de Kubrick que parecía deslizarse por pasillos y habitaciones como si levitara me pareció un antes y un después definitivo en la historia del séptimo arte. El steadycam, dispositivo que revolucionaría para siempre la ejecución del travellings, acababa de ser inventado, y Kubrick, ávido de experimentación con cualquier innovación puntera que pudiera expandir su propia narrativa, se despachó a gusto utilizando el nuevo juguete. Vean, vean:


Admirando estas virguerías ochenteras, cuántas veces me habré preguntado qué habría hecho Kubrick con la moderna tecnología digital si hubiera vivido el tiempo suficiente para adaptarla a su estilo de rodaje. Tengan por seguro que no la hubiera utilizado para cometer excesos así:


Cierto es que “El resplandor” no es una película sobria ni sencilla y cierto es también que el modo en que Kubrick dirigió a los actores dista mucho de la contención: Nicholson fue en “El resplandor” más Nicholson que nunca, “Wendy, querida, luz-de-mi-vida”, y no se escatimaron trucos de grand guignol aquí y allá para impresionar al respetable:


El propio Stephen King manifestó explícitamente su disconformidad con la manera en que Kubrick había abordado esta macabra historia que tiene como protagonista a un escritor sin inspiración, Jack Torrance, alcohólico y violento, que junto a su familia redescubre los fantasmas de su propio pasado al tomar contacto con las fuerzas oscuras que gobiernan el Overlook.  Sin embargo, convendrán conmigo en que “El resplandor” no se parece a ninguna otra película de terror que haya sido filmada, ni antes ni después. Solamente la forma en la que el inmenso John Alcott iluminó las estancias (el hall, las cocinas, las habitaciones, las cámaras frigoríficas) contiene ya un plus de malignidad imposible de superar:


A esta película le debo, por otra parte, el haberme inoculado en el cuerpo un veneno imposible de neutralizar: la pasión por la música clásica contemporánea. La música de Ligeti y Bela Bartok, de los cuales Kubrick era devoto, tuvo la culpa:


“El resplandor” es fría, misteriosa y exacta como un tablero de ajedrez con las piezas dispuestas para una partida. “El resplandor” es Kubrick mismo. No es extraño que con estos atributos, Stephen King no se sintiese cómodo con la adaptación. Es curioso: Stephen King siempre está a gusto con las peores adaptaciones fílmicas de sus historias, no con las mejores. Él verá. Nadie ha conseguido darle mayor lustre a una novela de King que nuestro Kubrick: ni Cronenberg, ni Brian de Palma, ni Darabont, ni Kasdan, ni Carpenter le han llegado a la suela del zapato al padre de “2001: una odisea espacial”. Y sin embargo King les prefiere a todos ellos.

Por ello, ya les digo que ni se molesten en acercarse a la versión televisiva de cuatro horas de duración que existe de “El resplandor”, versión de 1997. King estuvo encantado de conocerse con esta revisión de su obra. Bueno. Es una de las muchas formas que un escritor de éxito tiene de equivocarse:


Conozco tres hoteles de ficción que me parecen realmente infernales. Hoteles que no se olvidan una vez que se visitan.

El Hotel California de los Eagles:


El hotel del drama de Sartre “A puerta cerrada”:



Y, claro, nuestro querido hotel Overlook de “El resplandor” de Kubrick:


Pues bien. Me parece a mí que por mucho que mi agencia de viajes me ofreciese a precio de ganga el regreso a cualquiera de estos hoteles, un regreso por todo lo alto con vuelo en clase business, estancia en suite de lujo y “todo incluido”, el Overlook sería el único emplazamiento que yo dejaría, “ya si eso…”, para mejor ocasión.

Porque la película me entusiasma, pero el Overlook me sigue inspirando mucho respeto.

Twitter: José Manuel Albelda



 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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