La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…"El pequeño salvaje"

25.04.2014 | 0 Comentarios
EnfantSauvage

La primera vez que vi “El pequeño salvaje” (L'Enfant sauvage, François Truffaut, 1970) fue en televisión, a mediados de los 80. La cogí ya empezada, mientras se proyectaba en nuestro añorado UHF, una ultrafrecuencia extraordinaria que en ocasiones establecía conexión con el mismísimo monte del Parnaso: sobre bucólicas imágenes rodadas bajo la siempre impecable dirección de fotografía de Néstor Almendros, imágenes en blanco y negro, se escuchaba el “largo” del Concierto para flautín en Do Mayor de Antonio Vivaldi, un melancólico leitmotiv musical que sobrevuela esta historia tan real como estremecedora, el caso clínico de Víctor, conocido como “el niño salvaje de Aveyron”, un preadolescente que fue descubierto a finales del siglo XVIII vagando por los bosques de esta zona cercana a Toulouse.

Aunque “El pequeño salvaje” hubiera sido un pestiño, que por supuesto no lo fue, el solo hecho de descubrir esta música que agita a los espectadores como si fueran hojas de roble de la campiña francesa habría merecido la pena.

El niño Víctor, totalmente asilvestrado, incapaz de articular lenguaje alguno y ajeno a la más rudimentaria socialización, había sido encontrado fortuitamente por unos cazadores en el otoño de 1799, mientras vagaba, desnudo y malnutrido, cerca de un río; capturado como si de otra bestia más de la naturaleza se tratase y conducido posteriormente a la civilización, la extraña desventura de Víctor de Aveyron cobró notoriedad cuando el muchacho fue puesto bajo la tutela y cuidado de Jean Itard, un prestigioso médico-pedagogo galo que emprendió la ímproba tarea de rehabilitarle para la sociedad, con escaso éxito. Con todo, Itard dejó escritas unas minuciosas memorias en las que relató aquellos progresos infructuosos en la reeducación del chico; gracias a estas memorias, deliciosas por otra parte desde un punto de vista literario y hasta filosófico, conocemos la triste historia de Víctor; gracias también a este testamento científico, Truffaut encontró inspiración para elaborar el guion de la película que nos ocupa.

Vaya por delante que soy un incondicional de toda la obra de François Truffaut y que, para mí, incluso la menor de sus películas es una gran lección de vida y de cine. Su forma de rodar, la elección de las ficciones literarias que adaptaba, la manera en que dialogaban sus personajes entre sí, cómo les hacía cruzar las miradas, su talento para extraer lo mejor de los actores –de las mujeres y los niños sobre todo-, imprimían un sello tan personal a cada obra suya, que éstas películas, más que películas, me parecen una confesión de los anhelos más profundos de un ser humano. Es lo que en los sesenta, pedantescos años de Nouvelle Vague, se denominó “cine de autor”, un concepto que, en el caso de nuestro querido Truffaut, debe desproveerse de toda connotación de afectación o cursilería. Dicho esto, en ocasiones, aquellas confesiones a las que nos tenía acostumbrado François Truffaut (“El pequeño salvaje” es un ejemplo, como también lo es “La habitación verde”), adquirían un carácter aún más íntimo, más de tú a tú con el espectador, como si el Truffaut cineasta, el Truffaut crítico de cine, quedara relegado a un segundo plano, como si el artista quedara difuminado para revelarse en primer término el Truffaut hombre, el ser humano, débil, huérfano, adolescente perdido, Françóis niño.

Sucede, además, que cuando el propio Truffaut asumía algún papel protagonista como actor en alguno de sus films (en el caso de “El pequeño salvaje” interpreta al pedagogo Jean Itard) no se detecta ninguna vanidad: Truffaut actúa como si se pusiera delante de la cámara por accidente, con prisa, como si aquella fuera una interpretación transitoria, un borrador; lo que viene siendo un ensayo, vamos

Esa provisionalidad se torna mágica y le otorga un carácter único a su obra.

Contemplamos atentísimos la relación que mantiene el médico Jean Itard con Víctor, sus trabajos, sus desvelos, su obstinación abnegada para rescatar del salvajismo del niño aquellos rasgos que definen en todo ser racional su condición más profunda, más noble, su humanidad, y no podemos sino admirarnos por cada pequeñísimo progreso. Itard creía firmemente en las teorías de Rousseau sobre la educación; sí, probablemente de la forma en que Truffaut también creía en ellas, pero a mí me parece que uno y otro, pedagogo y cineasta, creían aún más en el propio Víctor, en el caso concreto que tenían frente a sí y no tanto en la abstracción de las hipótesis: creían, por tanto, en aquel niño roto y abandonado a su suerte en el bosque, quien sabe si desvalido desde su mismo nacimiento. Creían ambos, pues, como si le debieran algo a aquel desgraciado, como si mantuvieran con él una deuda personal. No hay nada más grande en este mundo: la empatía y la compasión bien entendida hacia el semejante que sigue siéndolo pero que no lo parece. Es asumir una responsabilidad hacia el otro aún no estando obligado a ello. Porque lo cierto es que aquel niño desdibujado de su condición humana era el vivo retrato de la injusticia más absoluta.

Se dice que nadie ha sabido entender y retratar el mundo infantil como el cineasta Françoise Truffaut. Creo que es bien cierto. Él, que no tuvo infancia, que no tuvo padres dignos de ser calificados como tales, él, que hubiera podido convertirse en una bala perdida -mortal de necesidad- si el Séptimo Arte no hubiera corregido su trayectoria, expresa a través del personaje de Jean Itard toda la caridad que un ser humano es capaz de expresar por otro que ha caído en desgracia.

Si tienen hijos, queridos lectores, y si quieren conocerles un poco mejor, no dejen pasar la oportunidad de ver “El pequeño salvaje”; de paso, acérquense también hasta “Les mistons”, uno de los primeros trabajos de de juventud de Truffaut, y, ya puestos, no olviden aproximarse a “Los 400 golpes”, ¡aquellos 400 golpes!, y a “La piel dura”, ambas imprescindibles también.

Para terminar, si les interesa el tema de la pedagogía y la psicología evolutiva, permitan que les haga una última recomendación cinéfila: les propongo que se autoprogramen un pequeño ciclo temático conformado, al margen de lo dicho, por “El hombre elefante” (David Lynch, 1980), “El enigma de Gaspar Hauser” (Werner Herzog, 1974) y “El milagro de Ana Sullivan” (Arthur Penn, 1962). No se arrepentirán.

  Twitter: José Manuel Albelda


 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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