La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…'El padrino II'

14.11.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “El padrino II” (The Godfather”. Part II, Francis Ford Coppola, 1974) la experiencia resultó un fracaso. Cierto es que no vi esta película en las mejores condiciones y que la copia de VHS que a mis dieciséis años recién cumplidos alquilé en el videoclub de la calle Clara del Rey estaba absolutamente machacada, de tanto uso; para colmo, la soberbia fotografía de Gordon Willis había sido cercenada de manera inmisericorde por la guillotina del formato televisivo cuatro tercios. Eran otros tiempos. Sin embargo, les diré que el factor que influyó decisivamente en mi estado de ánimo, lo que que determinó que la película no cuajase de momento en mí retina cinéfila, fue la absurda decisión de los distribuidores españoles de doblar aquellas partes de la película que habían sido rodadas en inglés para, no obstante, respetar en su versión original con subtítulos las partes que habían sido rodadas en italiano. 

Verán. Les confieso que yo prefiero la versión original de aquí a Lima, pero les diré también que no soy un talibán adscrito a dicha causa. Admito los diferentes argumentos que esgrimen tanto los defensores de los subtítulos como sus detractores.

Yo, si me preguntan ustedes, lo tengo claro: V.O. siempre que sea posible; pero también les diré que entiendo que haya espectadores que no deseen pasarse la película leyendo.

Como siempre, se trata de poder elegir.

Por eso mismo, lo que no me parece bien es la falta de coherencia de aquellos que distribuyen películas -es el caso de El Padrino II- que fueron filmadas originalmente en dos idiomas extranjeros: es como si estos distribuidores quisieran quedarse en tierra de nadie, es decir, en ningún sitio. En estos casos sí que soy tajante: o doblaje o versión original. Nada de mezclas. Nada de medias tintas. Cuando le doy vueltas al asunto en la cabeza, incluso me exalto: ¿por qué no doblan los dos idiomas extranjeros y ya está?  O bien: ¿por qué no subtitulan ambas lenguas?

El padrino II narra de forma paralela las trayectorias vitales de los negocios de los Corleone,  el hijo, Michael (presente)  y  el padre, Vito (pasado). La copia de VHS en que yo visioné “El padrino II” saltaba del doblaje a la V.O. con la saña de un batracio. El efecto psicológico era desastroso. Todo hacía agua. Supongo que otros espectadores que vieron la película en similares condiciones a las mías les dio igual, pero a mí me fastidió la fiesta.

Pasaría tiempo hasta que yo aprendiera a apreciar “El padrino II”. Tuve que verla en cine, un par de años más tarde, creo recordar que en el Duplex, para darme cuenta de que estaba ante una verdadera obra de arte. Después transcurrió algún que otro año más, tiempo que gasté en nuevos visionados nocturnos en La 2 y en algún que otro pase en la Filmoteca del Doré. “El padrino II” ya era mía. Había pasado tiempo suficiente como para darme cuenta de que en realidad amaba la segunda parte de la trilogía de Coppola con una pasión aún mayor que lo que sentía por la primera.

Es un tópico decir que segundas partes nunca fueron buenas. Puede que sea verdad. Con la excepción de “El padrino II”, claro. Yo creo que es uno de los escasísimos ejemplos que existen en toda la historia del cine –“remakes” y “reboots” aparte- en que una secuela es tan buena si no superior a su antecesora. “El caballero oscuro” de Nolan, por cierto, es otra de estas excepciones. Por eso, no hagan mucho caso de quienes les intenten convencer de que el “Aliens” de Cameron supera al “Alien” de Ridley Scott, ni escuchen a quienes defienden a ultranza “El imperio contraataca” frente a su predecesora, “La guerra de las galaxias”. Me callo; porque me meto en un jardín frondoso como siga caminando en esa dirección.

Yo creo en “El padrino II” como quien cree en “En busca del tiempo perdido” de Proust o en la Séptima  de Beethoven. Son obras de arte víricas, contagiosas, que se te incorporan al ADN en cuanto te infectan. No hay cura para ellas y pasan a formar parte de tu esencia para siempre.  Si vemos “El padrino II” como es debido no podremos olvidar ya nunca la crisis matrimonial de Michael y  Kay ni la inevitable caída en desgracia de Freddo después de su traición (“¡me partiste el corazón…!”, ni tampoco la auto humillación que se inflige Connie, (“Connie, Connie, Connie”…), arrojando su vida por la borda con un botarate de tres al cuarto. Los consejos de Tom y su alejamiento de Michael, el frustrado atentado en la mansión de los Corleone, los negocios sucios en los casinos de Miami, la malignidad de Hyman Roth… nos afectarán a partir del visionado de “El padrino II” como si nos incumbieran de toda la vida.


Por cierto, ahora que le menciono. Roth me parece uno de los villanos más memorables -por taimado- de toda la historia del cine. Ahí donde le ven, pobrecito él:

Luego, naturalmente, está Vito. El joven Vito Corleone, el niño Vito Corleone.

Esta arribada en barco a Nueva York a mí me parece más emocionante que ninguna otra llegada que pueda imaginarse en celuloide:

Si uno no se emociona mirando estas imágenes sobrecogedoras, probablemente no se emocionará con nada.

Y no nos olvidemos de De Niro, por supuesto. Para mí, en el papel de su vida:

No hay moral en “El padrino II”. O si la hay, es retorcida a la manera en que ustedes se pueden imaginar tratándose de los negocios de los Corleone, ya saben. Y sin embargo el espectador no sale de la sala de cine manchado después de ver “El padrino II”, no sale diciendo ¡asco de mundo!

Más bien dice: ¡así es la vida! Ese fue el toque que supo dar Coppola a esta familia de armas tomar. Si eso no es magia…

Twitter: José Manuel Albelda
 


 

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JMALBELDA_CINE

Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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