La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…"El nombre de la rosa"

03.04.2014 | 0 Comentarios
nombrerosa_34


La primera vez que vi “El nombre de la rosa” (Il nome della rosa, Jean Jacques Annaud, 1986) fue en el 89; vi la película antes de haber leído la que fue primera novela de Umberto Eco. No me arrepiento de aquella inversión en el orden de los factores: desde mi punto de vista no se alteró en absoluto el producto. Ambas obras, la de Annaud y la de Eco, son dos magníficas obras de arte, y ambas supusieron sendos descubrimientos que me han reportado momentos muy gratos.

Si tuviera que clasificar por orden de hastío las principales discusiones bizantinas en que se entretienen crítica y público contemporáneos, extenuantes disputas, aburridísimas disputas, tengan por seguro que a la cabeza de todas ellas situaría el eterno debate de si es preferible el libro o la película, es decir, la obra literaria original o su adaptación.
Miren. Yo creo que la controversia libro-película es tan imposible de solucionar como las conjeturas no resultas de la matemática pura: tan insondable como el enigma de las Pirámides de Guiza, tan fútil como discutir si suena mejor una guitarra Gibson o una Fender y tan frustrante como apostar sobre si es mejor actor Paul Newman o Robert Redford.

Admitamos, faltaría más, que existen libros excelsos de los cuales se han realizado adaptaciones cinematográficas deleznables, pero admitamos también que existen películas gloriosas, hoy ya legendarias, que estuvieron inspiradas en libros que desde un punto de vista literario eran bastante endebles. Deliberadamente, y por prudencia, omitiré referirme a títulos concretos en uno y otro sentido porque tengo cierto temor de granjearme la enemistad de algunos lectores de este blog con susceptibilidad a los ejemplos. Hasta este extremo estoy convencido de que es delicada la cuestión.

La clave para no romperse la cabeza es aceptar que las obras literarias y las películas pertenecen a categorías estéticas y creativas incomparables entre sí: ¿se hallan conectadas entre ellas?, sí, ¿están retroalimentadas?, también, pero repito que son categorías incomparables aún cuando las segundas estén inspiradas en las primeras. Pondré otra analogía: uno no puede decantarse por la lectura de Kierkegaard frente a la de James Joyce con el argumento de que posee un estilo más inteligible en la redacción de los párrafos: los dos dejaron textos escritos, sí, pero el uno es un filósofo y el otro un novelista. Hablamos de cosas distintas.

Volviendo al asunto que nos ocupa, de “El nombre de la rosa” he de decir que su descubrimiento se lo debo, como el de tantas obras magníficas, a mi buen amigo Antonio López Sebastián. En el 89 él ya era un devoto admirador de la novela de Eco pero también de la película de Annaud, y era capaz de recitar de memoria y con fidelidad muchos de los diálogos del film y de bucear con facilidad pasmosa en los textos de aquella novela de corte neogótico que, a pesar de tener una enjundia filosófica, lingüística y literaria mucho más endiablada de lo que pudiera parecer a simple vista, tuvo una gran difusión internacional entre toda clase de lectores. Vamos, que fue un bestseller. Como saben, la fascinación por compartir lo que de bueno les aporta el Arte a las personas que admiramos es tremendamente contagiosa, por lo que tras de una o dos charlas de apostolado de mi amigo Antonio no tardé en acercarme, primero a la película, que me encantó, para allegarme acto seguido al libro, que me deslumbró.

Les confieso, pues, que vi “El nombre de la rosa” imaginando un texto que aún no había leído, pero que ya presentía. Y les confieso también que leí la novela evocando su ficción de la única manera posible: con la sombra de aquel Guillermo de Baskerville encarnado por Sean Connery acechándome en cada recoveco de la abadía benedictina, abadía del crimen, y con los ecos de la voz milagrosa del enorme doblaje de Fernando Ulloa, es decir, del anciano Adso de Melk, resonando en mi cabeza.

Esta es la historia, mi historia, sobre cómo una película puede conducir a un libro para después convertirse ambos objetos en una sola cosa: por cierto, que hace ya algunos años que no revisito los muros de aquella abadía que tan buenos ratos me hizo pasar. Quizá lo haga las próximas vacaciones.

Con los años, he leído otras novelas de Umberto Eco, curiosas, entretenidas, inteligentes, bien escritas siempre, pero ninguna tan subyugante como “El nombre de la rosa”.
Con “El nombre de la rosa” Umberto Eco marcó el sendero por donde hubiera sido deseable que transitase la novela histórica de intriga. Lástima que tan pocos autores hayan seguido por aquella dignísima senda.

Twitter: José Manuel Albelda


 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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