La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…'El intendente Sansho'

20.02.2015 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “El intendente Sansho” (Kenji Mizoguchi, 1954), a mediados de los noventa, fue como si esta pequeña joya del cine japonés me perteneciera desde siempre, porque conforme la veía me resultaba más y más familiar. Son curiosos estos déjà vu cinéfilos. Yo creo que superan en intensidad a los déjà vu del mundo real.  

“El intendente Sansho” es una de las más bellas historias que se han filmado alrededor del amor filial, la compasión y la necesidad del perdón. Es una obra sencilla, universal, pero al mismo tiempo es una gran lección fílmica en cuanto a narrativa, puesta en escena y dirección de actores: fue rodada en 1953, cuando la maldita leucemia ya había envenenado las venas y la médula de Mizoguchi; aun así, es un ejercicio vigoroso de puro cine donde cada plano es un cuadro pictórico imprescindible y una declaración jurada de verdad.

Las buenas películas –lo he comentado en algún que otro post- nos salen al encuentro cuándo y cómo quieren, porque tienen voluntad y existencia autónoma, como los libros, y uno no puede resistirse a su acometida. Por eso, desde aquí les lanzo un reto: si alguno de ustedes, en el futuro, se topa por casualidad con “El intendente Sansho”, no cambien de acera ni se echen a un lado; déjense arrollar por ella, porque es una película con una asombrosa capacidad de benignidad que transforma todo lo que toca. Uno puede ir tranquilamente por la vida sin haber visto un solo film de Bergman, Antonioni, Ôshima o Bertolucci, y no pasa nada de nada: sus ausencias no producen agujeros negros irreparables. Pero si se es habitante de Cinefilia no debe prescindirse de “El intendente Sansho”, como no se puede prescindir de “Los amantes crucificados”, “Los 47 ronin”, “Cuentos de la luna pálida” y “Vida de Oharu”, todas ellas joyas del gran Mizoguchi, un cineasta cuya buena parte de su filmografía se perdió para siempre tras la Segunda Guerra Mundial. El milagro Kenji Mizoguchi conforma junto a Akira Kurosawa y Yasuhiro Ozu la más gloriosa terna de realizadores que ha dado el cine japonés.

Son tantas las películas que le deben algo a “El intendente Sansho” que sería imposible hacer aquí una relación de ellas, siquiera somera. Por eso elegiré una sola, “The Straight Story”, de David Lynch, algunas de cuyas secuencias condensan la esencia de Mizoguchi:

Algunos grandes cineastas, sobre todo si provienen de países lejanos a nuestras coordenadas  socioculturales, suelen necesitar de profetas que prediquen su obra y las acerquen al público occidental. Mizoguchi tuvo su profeta particular en la figura del francés Jaques Rivette, que se encargó de proclamar su genialidad oriental a los cuatro vientos:

Suele decirse que Mizoguchi es uno de los directores que mejor ha sabido mostrar el drama de las prostitutas, y es verdad, porque muchas de sus protagonistas son mujeres explotadas cuyas vidas quedaron hechas trizas; aunque más correcto sería decir que Mizoguchi es uno de los directores que mejor ha sabido mostrar el drama de la Vida, Vida con mayúsculas: no hay mejores padres ni madres que los de Mizoguchi, ni hay mejores parejas de amantes que los de Mizoguchi; por la misma razón, no hay amos más odiosos que los tiranos de Mizoguchi. Todo en su cine es cierto, porque es sincero y grave, y por ello todo en su cine es feroz y terrible, como el capataz que da título a la película que nos ocupa, “El intendente Sansho”. Ríanse ustedes de los peores villanos de Hollywood: Sansho es cruel, es despiadado, es atroz. Es un hombre con poder absoluto, en definitiva.

Sin embargo, Sansho tiene su anverso, un anverso luminoso, esperanzador, encarnado en los ideales de la familia protagonista del film: el film de Mizoguchi nos demuestra que la iniquidad puede tiznar a los inocentes, vapulearles y revolcarles en el fango de la ignominia. Sin embargo, Mizoguchi cree por encima de todo en la libertad personal, en cómo la voluntad puede imponerse al determinismo del mal. Por ello es “El intendente Sansho” una película imprescindible en cualquier ciclo sobre ética. Les propongo verla en maridaje junto con “Juegos prohibidos” de René Clément, con “La Strada” de Fellini y con “Esta tierra es mía” de jean Renoir. Ya me dirán qué les parece…

José Manuel Albelda




 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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