La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…"El increíble hombre menguante"

05.06.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “El increíble hombre menguante” (“The Incredible Shrinking Man”, Jack Arnold, 1957) fue tiempo después de haberme rendido a los encantos de la mejor ciencia ficción que se haya filmado nunca, la de los años 50.

Cuando esta joya llegó hasta mí, cierta noche de un domingo de mi adolescencia, yo estaba bien aleccionado acerca algunas de las maravillas brotadas dentro del género fantástico norteamericano durante los tiempos de la Guerra Fría: “Invasión de ladrones de cuerpos”, “La humanidad en peligro”, “Ultimátum a la Tierra” y “El enigma de otro mundo”, entre otras, formaban ya parte de mis más preciados recuerdos cinéfilos. Yo veía estas cosas fabulosas y quedaba atrapado desde el comienzo de sus historias. Porque estas películas tenían truco: inspiraban miedo al miedo. En este género cinematográfico post Hiroshima y pre Kruschev todo recordaba a paranoia y a caza de brujas, y hasta el aire de aquellas fotografías en acerado blanco y negro olía a inminencia de bomba atómica. Sus atmósferas, reconozcámoslo, eran muy adictivas.

Es curioso: por aquel entonces, a finales de los años 70 y principios de los 80, estas películas pasaban por nuestra vida una sola vez, como cometas al vuelto, o, para mejor decir, como asteroides precipitados que sobrevolaban la segunda cadena de Televisión Española con prisa de positrones, y había que estar atentos para verlas y no perdérselas porque con ellas no había segundas oportunidades: el vídeo doméstico aún era un lujo al alcance de muy pocos.

Partiendo de la excusa recurrente alrededor de los peligros de la era nuclear y los efectos hipotéticos de la radiación sobre el genoma humano, Richard Matheson, autor de la novela en que está basada la película “El increíble hombre menguante” (de la cual también fue guionista), planteó con tanta inteligencia como discreción cuestiones filosóficas y éticas que obras literarias contemporáneas suyas, mucho más sesudas, ignoraron.

Luego, la magia de Jack Arnold, director de las soberbias “Tarántula” o “La mujer y el monstruo”, hizo el resto: la realidad y sus respectivas escalas, aquellas con las que medimos al mundo y a los otros seres humanos, son más relativas de lo que parecen.

“El increíble hombre menguante” habla, sí, del tamaño físico de esa criatura a la que hemos convenido en denominar ser humano, pero, sobre todo, habla del tamaño moral de aquella: nos miramos los unos a los otros, pero no nos vemos; estamos rodeados de gente, pero, al mismo tiempo, nos sentimos más solos que nunca. ¿Qué lugar ocupamos realmente en el Universo cada uno de nosotros? ¿Somos más o menos importantes -personal y socialmente- de lo que nos figuramos?

El monólogo final de “El increíble hombre menguante”, momento cumbre del film,  si se contempla con perspectiva de crítico-de-cine-condescendiente-que-automáticamente-arquea-las-cejas-ante-el-género-de-ciencia-ficción, podría parecer pueril, simple, incluso obvio. Menciono esto, porque en alguna otra ocasión he leído este tipo de análisis caustico, despreciativo, proveniente de ciertas firmas de cuyo trazo inflado no quiero acordarme. Solo que yo creo que este tipo de mirada crítica –tan de manual, por otra parte, tan dolorosamente inteligente- se vuelve contra su propio autor como éste se descuide: si se contempla así el cine, tan cegatamente, encasillándolo en géneros y anaqueles, convendremos también que el monólogo de “Esta tierra es mía” de Jean Renoir es un tanto superfluo por estar encuadrado dentro del subgénero bélico, conceptualmente muy limitado:

Lo mismo sucedería con el monólogo de “El gran dictador”, que quedaría reducido a una redundancia:


No hay nada nuevo bajo el sol: todo lo dicho suena a mil veces dicho antes, pero no por ello deja de ser menos cierto o menos bello.

Dejémonos de géneros y de monsergas y apreciemos las películas por su valor en sí mismas.

Así pues, y a propósito del final de “El increíble hombre menguante”, quiero reivindicar aquí y ahora unos cuantos finales veniales (la rima es intencionada) del cine clásico de ciencia ficción. Monólogos finales que a mí me parecen deliciosos.

El monólogo de “Ultimátum a la Tierra” es apetitoso, desde luego:


La admonición final de  “El enigma de otro mundo” también es muy nutritiva:


Por último, el soliloquio de “La vida futura” no es menos suculento que los anteriores ejemplos:


Buen provecho.

José Manuel Albelda

 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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