La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…'El amigo americano'

31.10.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “El amigo americano” (Der Amerikanische Freund, Win Wenders, 1977) fue a principios de los 90 en los antiguos cines Alphaville, hoy Golem, de Martín de los Heros. (A propósito: Alphaville o Golem, me parecen excelentes nombres para un cine. Por mí como si les hubieran bautizado Metrópolis o Rebeca: es de sentido común ponerles apellidos suculentos a las cinetecas, y no asignarles los mismos nombres genéricos de los centros comerciales a los que pertenecen). Pero esa es otra historia…

La historia que ahora nos ocupa es la del señor Zimmermann (Bruno Ganz), un sencillo artesano constructor de marcos pictóricos que acaba de ser diagnosticado de una enfermedad terminal. Enterado de su precaria situación económica del artesano, que vive humildemente con su mujer y su hijo pequeño, un mafioso desconocido le ofrece a Zimmermann el siguiente trato: cometer por encargo un asesinato a cambio de que él le solucione el futuro económico a su familia cuando muera. Como ven, se trata de una trama con dilema crítico incluido basada en un intercambio al más puro estilo Patricia Highsmith, autora de “El juego de Ripley”, la novela en la que nuestra película está inspirada.

“El amigo americano” es cine negro del bueno, es decir, triste, sin esperanza, amoral, plúmbeo en el mejor sentido del término, pero en realidad yo creo que es mucho más que cine de género. “El amigo americano” es casi una radiografía de la enfermedad de los 70, de aquella atmosfera de precipicio y declive. Ello se debe a la manera semidocumental en la que Wenders narró la película. Es bien sabido: cada plano de Wenders en aquellos años es como un cuadro de Edward Hopper, lo mismo da que filme Berlín, Lisboa o Manhattan.


Hablamos de Hopper, el pintor, pero si nos sumergimos en “El amigo americano” también tenemos que hablar de Hopper, Denis, el actor, porque junto con Bruno Ganz constituye el otro pilar interpretativo en el que se asienta la película. Hopper era un tipo extraño, polifacético, tan nervioso como imprevisible, y llenaba el plano con su mera mirada, porque era un rebelde sin causa propio de un western crepuscular que aquí, en “El amigo americano”, se nos aparece en pleno Hamburgo con su sombrero de cowboy y no pasa nada, porque no desentona, cosas de la magia de Wenders. Wenders fue capaz de que las calles de su patria natal evocaran el espíritu de Texas con la misma naturalidad que rodó Texas como si fuera Munich. Wenders siempre ha sido cosmopolita antes que cineasta; su patria –lo ha dicho muchas veces- está franqueada por aduanas de celuloide. Volviendo a Hopper, actor, digamos que gracias a Wenders desató aquí nuevamente su melena interpretativa. Vean:

Luego está la música. En “El amigo americano” la música es hija de su tiempo, los setenta, bendita sea esta filiación, y aunque buena parte de la orquestación instrumental podría juzgarse trasnochada por sus resonancias en plan pop art yo creo que en realidad este soundtrack suena muy actual, con su densidad de humo post rock de principios de milenio.

Nuestro admirado Alberto Iglesias estaría cómodo -estoy seguro- escuchando estas claves extrañas.

Porque son las texturas del compositor  Jürgen Knieper, habitual de Wenders, lo que confieren una dimensión tan trágica como épica a la historia de “El amigo americano”.

Si tuviera que quedarme con media docena de películas de Wenders, además de “Paris, Texas”, por la que siento devoción, yo reservaría “El amigo americano” para el segundo lugar de mi lista de preferencias. Después, sin dudarlo, situaría “El cielo sobre Berlín”, “En el curso del tiempo” y “El estado de las cosas”.


Cualquiera de estas películas maravillosas, pura poesía de cuneta y manta, cada una con su gran componente de road movie dentro de su ADN, representa un viaje insólito no tanto a lugares físicos, que también, sino al centro del corazón del séptimo arte. No lo duden.

Twitter: José Manuel Albelda
 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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