La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…"Drácula, de Bram Stoker"

16.05.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Drácula, de Bram Stoker” (Francis Ford Coppola, 1992) fue en el 92, en un histórico cine de la calle San Bernardo, el desaparecido Alexandra, reconvertido primero en supermercado y más tarde en un aparthotel. El apocalipsis debe parecerse un poco a esto: cines y más cines arramblados por el progreso. Pero hablemos de Coppola y de su particular relectura de la novela de Stoker.

No es el Drácula de Coppola el Drácula más extraño de la historia del cine, pero sí es uno de los más originales y arriesgados.

El Drácula de Coppola es como un puñetazo encima de la mesa, enérgico, estridente y necesario: se le ama o se le odia, no admite término medio. Yo, lo confieso, le defendería con mi sangre de pobre mortal si fuera preciso: al Drácula, quiero decir, no a Coppola. Porque desde que hiciera esta película, ¡maldición!, Coppola no ha vuelto a ofrecer nada digno de firmarse con aquel apellido un día legendario (a no ser, claro, que hablemos de la excelente cosecha fílmica de su hija Sofía: “Las vírgenes suicidas”, “Lost in translation” y “María Antonieta”, cosecha que ha iluminado algo el crepúsculo de la Casa).

¿Pero por qué era para mí absolutamente imprescindible este “Drácula, de Bram Stoker”, tan barroco como sugerente?

Necesito que me entiendan. Pero, para ello, antes tengo intención de escandalizarles siquiera una pizca. Hagamos un poco de historia:
-nunca me fascinó el “Drácula” de Tod Browning, el de la Universal, aquel de Bela Lugosi con el murciélago colgando de un hilo, ese Drácula al que tanto veneran los devotos del género. Demasiado simple.

- tampoco me apasionó el “Vampyr” de Dreyer. “¡Anatema!”, dirán algunos. Si quieren decir que digan, porque Dreyer es uno de mis diez cineastas favoritos y no necesito justificarme, solo que “Vampyr” no me hace tilín. Un vampiro demasiado extraño.

- respecto al “Nosferatu” de Murnau, me complació algo más, pero tampoco crean que me hizo poner los ojos en blanco. Lo del ataúd debajo del brazo me hizo reír. El calvito ojeroso me pareció, por otra parte, demasiado feo.

-en cuanto al “Horror of Drácula” de Fisher, el protagonizado por Christopher Lee y Peter Cusing, ¿quieren que les mienta o que les diga la verdad? A pesar de mis queridísimos Lee y Cushing… Demasiado sangriento.


-el “Blood for Drácula” de Morrisey, con todas sus “frikadas” a cuestas, fue muy Warhol para mi. Demasiado Pop


-por último, el “Nosferatu” de Herzog interpretado por Klaus Kinski también se me atragantó. Demasiado Kinski.



De todas formas, no me tomen demasiado en serio. Simplifico adrede. Todas estas incursiones en el mito del vampiro, del no muerto, no fueron completamente de mi agrado no tanto por falta de calidad cinematográfica sino porque no encajaban dentro de la imagen mental que había conformado mi recuerdo tras leer en mi adolescencia la novela epistolar de Bram Stoker. Me faltaba algo. No tanto fidelidad o literalidad en el texto original –saben ustedes que esa cualidad me importa bien poco en una adaptación- sino, más bien, deseaba que algún cineasta, aunque fuera uno solo, hubiera captado la esencia de aquel libro maravilloso y tremendo: la esencia del horror.

Cuando llegó Coppola con su Drácula el hechizo surtió efecto.

Nada más empezar aquel prólogo incendiario con aquella música fastuosa de Wojciech Kilar supe que algo pasaba. Algo muy bueno:


-“¿El año…? 1453: Constantinopla ha caído”.

Impresionante aquel teatro de sombras chinescas teñidas de bermellón. ¿Quién o qué cosa era aquel conde condenado a una tortura eterna por amor?

El Drácula de Coppola no sería el Drácula de Coppola sin ese monstruo llamado Gary Oldman, un camaleón que un día se encarnó en un actor y que cambia de piel y de registro con la misma facilidad que otros intérpretes, inversamente proporcionales a su talento, se repiten a sí mismos.

No voy a ocultarlo: el Drácula de Coppola me subyugó desde el primer momento. Caí rendido. Pero antes de perder completamente el sentido, fui consciente de que estaba asistiendo a una auténtica bacanal fílmica, a un exceso de formas y sensaciones que, de no cesar, podían expoliarme la razón hasta hacerla inoperativa. No me resistí: sólo me dejé arrastrar hacia las brumas de Transilvania y ya no fui yo quien vio la película, sino otro, un yo lejano, deslizándose por las sombras, como en sueños, flotando, desprovisto de voluntad propia.

Keanu Reeves, en el rol de Harker, por supuesto no me gustó; con todo, le soporté. En cambio, Mina, Wynona Rider, exquisita y delicada en su papel de anémona, me pareció tan peligrosa como el propio conde. Tom Waits desquiciado, Rendfield excéntrico, imprevisible, me asustó de verdad. Y Anthony Hopkins, deliberadamente ambiguo como doctor Van Helsing, tan repelente en su papel como el propio mal al que decía querer combatir, irreprochable. De Oldman ya he hablado.

Pocas veces he asistido a una dirección artística y a una puesta en escena tan deslumbrantes. En el Drácula de Coppola yo percibí sincera devoción por el arte de Jiri Trnka, el mayor alquimista de la animación que haya tenido Chequia; vi también reconocimiento al arte de Powell y Pressburger, alquimistas también del celuloide, solo que de acento británico. Y vi también, aunque sea tirar piedras contra mi propio tejado, es decir, tirar piedras contra lo que antes he afirmado acerca de “los otros Drácula”, los precedentes al de Coppola, un homenaje sincero a todos y cada uno de los genios del séptimo arte que han osado hollar alguna vez la profana tierra de Stoker, ya saben, Murnau, Dreyer, Fisher, pero también Lang y Wiene; éstos últimos, aunque no dirigieron un Drácula en toda su vida, fueron capaces con sus respectivos Mabuse, M (V. de Dusseldorf) y Caligari darle forma fílmica al espanto encarnado en seres tan malignos como inmemoriales.

José Manuel Albelda



 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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