La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…Blade Runner

31.05.2013 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi Blade Runner fue en el viejo Fantasio, una entrañable sala –tristemente desaparecida en el año 93- que estaba ubicada en la calle Ortega y Gasset de Madrid. Vi Blade Runner por recomendación de mi buen amigo Antonio López Sebastián; de su mano, como quien dice: por aquel entonces, en el 87, yo no tenía ni idea de quién era Philip K.Dick y sabía más bien poco de un tal Ridley Scott. En esa época, el Fantasio aún gozaba de memorables tardes de gloria gracias a sus sesiones continuas con programa doble: por 250 pesetas del ala, si la semana estaba dedicada a los clásicos de la comedia, podías empacharte de películas de Lubitsch, Wilder o Hawks; si el asunto iba de ciencia ficción, de un tirón podías catapultarte hasta Orión, cerca de la Puerta de Tannhaüser. Así sí que daba gusto ir al cine.

Aquella tarde del 87 de la que les hablo les puedo asegurar que desde una modesta butaca del Fantasio viajé nada menos que a la ciudad de Los Angeles: llena de polución y lluvia ácida, descubrí una Los Angeles perpetuamente nocturna, infestada de gente extraña y triste, una babel posmoderna de almas alumbradas únicamente por tubos de neón. Una Los Angeles irreconocible en la que varios replicantes, ya saben, pellejudos de carne cultivada en el laboratorio de una corporación a imagen aunque no a semejanza de su creador, Tyrell, pateaban las calles buscando respuestas y venganza.

Reconozco que en aquel primer visionado de Blade Runner me costó enterarme de la trama en sí. Su profundidad me desbordó. Aunque, de momento, según me adentraba aquella tarde en la complejidad de la trama y aún lleno de confusión, supe que la cosa en sí me gustaba: y es que la cinta me entró por los ojos y por los oídos, y eso fue suficiente. Admito, pues, que puse el piloto automático: me emborraché de colores, olores e imágenes que ustedes no creerían y me dejé acunar por aquella irrepetible partitura de Vangelis. Conpadézcanme: aún no tenía ni idea de lo que era el ciberpunk, ni conocía en profundidad a Dick, ni siquiera había leído el Prometeo de Mary Shelley, y menos aún sabía lo que era una proteína represora de esas que bloquean las células operantes. De hecho, sigo sin saberlo, pero es que hoy la cosa cambia: todo el universo que abordaba Blade Runner forma ya parte de mi pseudocultura científica (desde entonces ha llovido mucho Matrix y mucho Gattaca) y uno transita por las galerías de la Tyrell Corporation como pez en el agua.


Recuerdo que me impresionó especialmente la secuencia inicial de la película, el travelling aéreo en que surcamos el cielo industrial de Los Ángeles. El test de empatía que Dekard le practica a Rachel me inquietó considerablemente, hasta el punto de que después, en casa, llegué a hacerme muchas preguntas sobre mi propia condición humana que preferí no contestarme. Las muerte de Pris y de Zhora también me conmovieron, lo admito, porque al ver trabajar a Harrison Ford pensé que se tomaba demasiado en serio su cometido. Y qué decir del monólogo final de Roy Batty: ¿acaso hay algo que no se haya dicho ya, más y mejor, sobre esta secuencia inmortal que ya quisiera haber firmado para sí un Bergman o un Tarkovski?

 Paradojas de, cine, no fue aquella tarde del 87 la vez que más me impresionó Blade Runner. En una sala de cine habré vuelto a verla después otras 4 o 5 veces, una de ellas en el reestreno en Londres de su versión “Director’s cut”: tampoco serían éstas las revisiones de Blade Runner que más me calarían. No. Sería en vídeo, ¡en vídeo!, a través de los visionados sucesivos que realicé a partir de una copia de vhs que grabé de Televisión Española una noche en Sábado Cine, cuando llegué a apreciar todos y cada uno de los detalles de aquella Los Angeles del futuro que ya es parte de mi pasado.
 
  José Manuel Albelda

 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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