La primera vez que te vi

La primera vez que te vi… Superman

05.07.2013 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Superman” (Richard Donner, 1978) tenía ocho años y fue mi primera película de superhéroes. De hecho, si lo pensamos bien, Superman fue la primera película de superhéroes de la historia, lo cual equivale a decir que aquel Superman de Donner interpretado por Christopher Reeve, con guión de Mario Puzo y música de John Williams fue para los espectadores y los cineastas algo así como una matriz, un espejo en el que se han retratado, directa o indirectamente, por reflexión o refracción, desde los Batman de Burton y Nolan a todos y cada uno de los enmascarados plenipotenciarios de la Marvel y la DC que han sobrevolado los cielos.

Por aquel entonces, en el 78, coexistieron en las carteleras madrileñas durante un tiempo “Superman” y “La guerra de las galaxias”, lo cual era poco menos que un drama, ¡vaya si no!, ustedes no se imaginan lo que es para un niño de 7 años tener el corazón partido entre Alderaan y Krypton y no saber por cual planeta decidirse: dobles colecciones de cromos, juegos improvisados en los recreos del colegio en plan “¿tú a quién preferirías salvar, a Leia o a Lois Lane?”, y dibujos, muchos dibujos a base de boli bic azul en los cuadernos, en los libros, en las esquinas de los pupitres, reproduciendo las hazañas de los ídolos de un celuloide u otro.

Pero centrémonos en “Superman”, en nuestro “Superman”, el único “Superman”. Recuerdo que cuando se anunció su estreno en España los adultos, las madres sobre todo, comentaban con cierto aire de mosqueo que se habían dado casos en Estados Unidos en que algunos niños, después de ver la película, se había arrojado por las ventanas de los edificios creyendo que podían volar como el superhéroe de la capa roja. Nunca supe si aquellas historias truculentas fueron leyendas urbanas, pero lo que sí puedo constatar por propia experiencia es que la tarde en que vi el “Superman” de Christopher Reeve salí del cine Peñalver como ensimismado, cabizbajo, los ojos incrustados en la acera de la calle Francisco Silvela camino de nuestra casa de Avenida de América, como quien no se atreve a levantar la mirada hacia la anodina realidad de niño de aquella España de finales de los setenta. 

Miren: aquel “Superman” de Christopher Reeve que convencía porque parecía inseguro e invulnerable al mismo tiempo, como su personaje, yo no sé si por obra y gracia de las transparencias y los hilos que movió Donner, por la eficacia de aquel montaje impecable, o por la sugestión de la música de John Williams, lo cierto es que volaba. Todos fuimos testigos de ello, y no hay más que hablar. Desde que aparecieron aquellos créditos apabullantes, aquellas letras tridimensionales y perpetuas sobre aquel fondo de estrellas que precedía a la hecatombe de Krypton, uno se decía: “esto va en serio”.

Después, con aquella lapidaria advertencia de “¡prohibido inmiscuirse en la Historia de los hombres!”, ya ni les cuento. Dicho sea de paso: ¡qué reparto de doblaje, el de aquel “Supermán”, para quitarse el sombrero!

Y claro que “Superman” iba en serio: porque combinaba a la perfección el drama con la ironía, la carcajada desternillante de decenas de líneas de guión antológicas trabajadas con precisión wilderiana, con escenas de una introspección mucho más profunda de lo que pudiera parecer a primera vista una superproducción destinada al mero entretenimiento. Cosas de Puzo, ya recuerdan, el de “El Padrino”. El conjunto, en cualquier caso, era un espectáculo deslumbrante de secuencias paralelas que no aburrían en ningún momento; todo, todo, todo, absolutamente cada detalle, estaba concebido en aquella inteligentísima puesta en escena para subyugar al espectador, cualquiera que fuera su edad: a los niños, que mirando la película se sentían como adultos, y a adultos, que después de verla, se transformaban de nuevo en niños.

Desde entonces, en una sala de cine y fuera de ella, les aseguro que he alzado los ojos hacia el horizonte muchas veces pero nunca más he vuelto a ver volar a Superman.

A Batman, quizá, sí; porque Nolan es mucho Nolan.

José Manuel Albelda



 

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JMALBELDA_CINE

Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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