La primera vez que te vi

La primera vez que te vi… "La cabina"

05.09.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “La cabina” (Antonio Mercero, 1972) fue a finales del 92 en Televisión Española.

Desde su estreno esta película ha tenido unos cuantos pases en la pequeña pantalla; no tantos en todo caso como yo desearía.

Concebida por Antonio Mercero, director, y por José Luis Garci, coguionista, para ser un capítulo de “13 pasos por lo insólito”, proyecto de serie de corte fantástico de principios de los años 70 que nunca llegaría a cuajar, “La cabina” es,  probablemente, la incursión más sugestiva y perfecta que un cineasta español haya realizado dentro del género del terror psicológico, existencial o fanta-científico, con el permiso de don Luis Buñuel y su “El ángel exterminador”…


…y de don Narciso Ibáñez Serrador y su “¿Quién puede matar a un niño?”:


En un primer momento, todo hacía pensar que “La cabina” quedaría relegada a ser, como mucho, un mediometraje más de televisión, un pase por aquí y otro pase por allí para amortizar la inversión, pero lo cierto es que después de triunfar en certámenes y festivales de todo el mundo (Premio Ondas, Premio Emmy, Premio Nacional de Televisión, Premio de la Crítica del Festival de Montecarlo, Fotogramas de Plata…) y de maravillar al respetable, el resultado es tan magnífico que, más bien,  42 años después de su estreno, pareciera que esta peliculita hubiera ido estirándose en profundidad y extensión, engrandeciéndose, dando más y más de sí. Hoy día, se ve “La cabina” y se tiene la sensación de que la pequeña pantalla se le quedó exactamente así, pequeña, como si este mediometraje se les hubiera escapado de las manos a sus responsables. Esto es una cosa magnífica, teniendo en cuenta que la historia original que dio lugar a la película fue un humilde relato de nuestro añorado maestro del suspense Juan José Plans:

 “La cabina” es una película española, pero no lo parece. Esto no es bueno ni malo. Tampoco el “A puerta cerrada” de Sartre, estando escrita por un francés, parece una obra de teatro francesa. Quiero decir que el planteamiento de la película de Mercero es tan universal que “La cabina” sobrecogería hasta a un marciano que acabara de sintonizarla desde su platillo. José Luis López Vázquez, el oficinista aprisionado en aquella aparentemente inofensiva cabina de teléfonos de color naranja, no es sólo un oficinista agobiado por su vida anodina ni es sólo un padre de familia atrapado en la crisis de los cuarenta. No. José Luis López Vázquez podríamos ser cualquiera de nosotros: hombre, mujeres o niños, ricos o pobres, altos o bajos, norteños o del sur. ¿Recuerdan el soliloquio de Segismundo y su vigencia intemporal? Pues eso:


Cuando se estrenó la España de las postrimerías del franquismo muchos analistas quisieron interpretar “La cabina” como una metáfora de denuncia política. Incluso hubo quien manejó una interpretación poco menos que teológica respecto a la prisión acristalada que encarcela a nuestro protagonista.

Yo creo que no hay que llevar las cosas tan lejos. Mercero y Garci, los padres de la criatura, han explicado que su intención fue simplemente construir un relato fantástico de desasosiego al más puro estilo de Bradbury, Poe, Kafka, Lem , Domingo Santos y, por supuesto, Plans. No es poca cosa esto, lo cual no quiere decir que Bradbury, Poe, Kafka, Lem, Domingo Santos o Plans no tengan varias lecturas posibles. Cualquier obra de arte que lo es de verdad alberga sucesivos estratos que la enriquecen y que la hacen más y más insondable según se profundiza en ella.

José Luis López Vázquez deja de ser él en “La cabina” y esto es tremendo: encarna su personaje enfundado en aquel traje marrón y ya no le vemos a él, a aquel protagonista de algunos de los mejores Berlangas o de los mejores Sauras; no es ya tampoco el atormentado personaje de “Mi querida señorita” de Armiñán ni aquel españolito atribulado por las suecas de Lazaga y de Ozores. El José Luis Vázquez de “La cabina” podríamos habérnoslo curzado por la calle hace cinco minutos y sobrecoge, como también sobrecoge el Agustín González de “La cabina” cuando, en el momento más triste (quizá) de la película, entrecruzan ambos miradas de incomprensión y de sorpresa desde sus respectivos cubículos: en ese cruce de miradas yo detecto más angustia y más zozobra sobre el misterio de la vida, más complicidad, más verdad en fin, que en todo el cine de Bergman y de Antonioni con toda su parafernalia y sus fuegos de artificio.

En ocasiones, de cuando en cuando, pierdo la fe en el cine fantástico que se hace por aquí (no necesito darle nombres ni citar películas concretas), y me decepciono a fuerza de tropezar una y otra vez con lo mismo de siempre, con esa sota caballo y rey de los infectados, de los aparecidos, de los “psicopatizados” con denominación de origen ibérica. Es en estas noches oscuras cuando rememoro “La cabina” y me digo a mí mismo: otro cine fantástico es posible. No hace falta recurrir a complicados escenarios digitales, ni pretender credibilidad con diálogos farfullados a toda prisa para el cuello de la camisa, ni tampoco hay que retorcer las tramas hasta el límite de lo inverosímil. Sólo, creo yo, hay que buscar, como hicieron Mercero y Garci en “La cabina”, una historia sencilla, chiquitita. Y hacerla germinar. Y a ver qué pasa. 

  José Manuel Albelda

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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