La primera vez que te vi

La primera vez que te vi… “Sacrificio”

20.06.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Sacrificio” (Offret, 1986, Andrei Tarkovski) yo no sabía que estaba viendo era “Sacrificio”, porque cogí la película ya bien empezada en uno de aquellos intempestivos cineclubs de La 2. Debió de ser alrededor del año 90.

Un bosquecillo de algún paisaje nórdico. Un hombre maduro. Un niño. Y un monólogo en el que el hombre, sentado sobre la hierba y apoyado en un árbol, interpela no sólo a ese hijo que permanece mudo a causa de una reciente operación de garganta, sino también a los espectadores, al destino, acaso a Dios. Este hombre, muy compungido, se lamenta así: “un sabio dijo una vez que pecado es todo aquello que es innecesario; si esto es así, toda nuestra civilización está construida de principio a fin sobre el pecado”.
Yo no sabía que aquellas poquitas líneas de guion que me habían dejado con los ojos al borde de las lágrimas pertenecían al “Sacrificio” de Andrei Tarkovski, pero intuía en cualquier caso que tenían que proceder de un cineasta excepcional. Pensé en Bergman, pero automáticamente lo descarté: demasiado espiritual para ser Bergman (años después, leyendo sobre la película, me enteraría de que “Sacrificio” había sido filmada con varios de los colaboradores habituales del realizador sueco, autor entre otras películas de “Secretos de un matrimonio” y “El séptimo sello”).

La historia del cine es muy resbaladiza.

Por otra parte, estaba la voz de Alexander (Erland Josephson), el protagonista, su timbre cálido y triste: “¿te gusta tu casa, hijo mío?”. Así, con ese quebrando en la garganta, es exactamente como suena la congoja de un padre después de haber conocido de primera mano mil desencantos de una vida. Y eso a pesar de que aquella noche Televisión Española emitió una versión doblada de “Sacrificio” y de que la voz de aquel padre reflexionando en alto junto a su hijo brotó de labios del gran actor Fernando Ulloa. Yo escucho una voz así y de inmediato siento escalofríos, de pura admiración. Recuerden sin ir más lejos al James Stewart de “Vertigo”: evoquen ese doblaje y entenderán de qué les hablo.
“Sacrificio” prosiguió aquella noche entre planos-secuencia kilométricos, diseñados por uno de los poquísimos poetas fílmicos que de verdad han sido capaces de esculpir en el tiempo. No hablo en metáfora; literalmente, Tarkovski esculpía en el tiempo de la misma forma que otros artistas cincelan el mármol o tallan la caoba. Todo en su cine tiene un sentido milimétrico. Los sonidos y la música de “Sacrificio”, mínimos pero imprescindibles, me parecieron más evocadores que las ruinas recién descubiertas de una antiquísima civilización perdida. Y los diálogos, desesperadamente hermosos, intermitentes, encadenándose más bien como una sucesión de monólogos que reclaman una íntima comunión con el espectador. ¡Ah, y el color! Tonalidades deliberadamente indecisas, fluctuantes entre el blanco y el negro del granito y la paleta de un Leonardo.


Todo esto asusta un poco, ¿saben? Asusta pero conmueve. El cine de Tarkovski es así: a un mismo tiempo resulta muy natural pero también un poco inhóspito. Y eso que sus películas parecen más complejas de lo que en realidad son. Tarkovski no era un hombre enrevesado, aunque sí un ser profundamente espiritual y exageradamente comprometido con su propia obra: para comprobarlo basta leer sus diarios editados felizmente por Sígueme. No dejen que ningún pedantón de gafas polimeradas les confunda y les diga algo como esto: “¡yo sé bien lo que en realidad quiso decir Andrei Tarkovski!”. Se habla en exceso en su nombre. Bien y mal. Es un hecho: a Tarkovski se le ama mucho y se le aborrece mucho. La forma en que entendió el arte este cineasta ruso es tan radical como lo pueda ser un óleo de Rothko o un concierto de Stockhausen. Trabajos ásperos. Pero no imposibles. No es cómodo el acercamiento a Tarkovski, pero en cuanto uno se adentra sin prejuicios en su cine, cuando se habita su obra, transitar por ésta se convierte en una necesidad vital tan evidente como beber o respirar.                    

Y sigo sin hablar en metáfora.

Caminamos con el protagonista, Alexander. Nos introducimos en aquella casa de campo de “Sacrificio” situada en la orilla del lago. Contemplamos su drama familiar, no más dramático que cualquier otro drama familiar, cerniéndose sobre él. Intuimos gracias a la locución de una televisión encendida, entrecortada, lejana, un inminente conflicto nuclear. “Alexander: visita a María, la bruja”, aconseja Otto el cartero. Los cristales de la casa tiemblan. El atronador sonido de un reactor surca el cielo. La guerra… ¿ha comenzado ya? El fin de los tiempos, solo que sin cuartero. A medida que “Sacrificio” avanzaba, aquella noche yo estaba cada vez más asombrado.

 Y más desazonado: continuaba sin saber qué estaba viendo. Es decir, veía “Sacrificio” a ciegas. ¿Cómo obtener algo de claridad? En los años noventa, o habías comprado por la mañana el periódico o no había forma de conocer a posteriori lo que estaban echando en la tele. Nosotros, en casa, no teníamos teletexto, y tampoco existía por entonces el recurso de un Google redentor que estuviera ahí, como un oráculo perenne, esperando de urgencia para consultarle la programación de La 2.

¿Qué película podía ser aquella película?

De repente llegó la iluminación. Alguien, quizá María, la bruja, pronunció la palabra “Sacrificio”.

¡”Sacrificio”! ¿Aquella película de la que cierto día había oído hablar?

Como un relámpago, me vinieron a la memoria unas lejanas palabras del padre Martín, nuestro profesor de Historia de Música en el Colegio Claret: “tengo muchas ganas de       ver la película ‘Sacrificio’ de Andrei Tarkovski”, había dicho el Padre Martín. El Padre Martín, tan cinéfilo como melómano además de radioaficionado, años atrás había hecho este breve comentario en el pasillo del colegio mientras charlaba distendidamente de cine con varios de los alumnos durante un interludio entre clases. Cursaba yo 1º de BUP. Imposible olvidar la aquella conversación. El Padre Martín nos había explicado que “Sacrificio” era una película de Tarkoski, un director ruso muy prestigioso que había tenido que exiliarse de la URSS por sus desacuerdos continuados con las autoridades soviéticas. “Sacrificio” era su último trabajo, probablemente su obra cumbre; acababa de ser estrenado en unos poquísimos cines de España. Me impresionó el último comentario del Padre Martín: “Tarkovski, lamentablemente, ni siquiera había podido disfrutar de las glorias de éste su último trabajo, porque poco después de estrenarse ‘Sacrificio’ había fallecido de cáncer”.

La película consiguió en Cannes entre otros galardones el Premio Especial del Jurado. Tenía Tarkovski 54 años.

Aquel “sacrificio” del cineclub de La 2, a la fuerza tenía que ser el “Sacrificio” de Tarkovski.

Así pues, no terminé de ver “Sacrificio” a ciegas. El recuerdo del entrañable Padre Martín, con quien por desgracia no he vuelto a encontrarme nunca más, su devoción por el arte que tan bien supo transmitir en clase a sus alumnos, me acompañó aquella noche mientras el milagro de “Sacrificio” iba manifestándose ante mis ojos. Porque, sépase, con spoiler o sin él: esta película contiene un milagro.

Me corrijo. “Sacrificio” contiene varios milagros.

El primero de ellos es aquel al que alude el propio título de la película: el sacrificio personal del protagonista, Alexander, su renuncia de todo, a consecuencia de la cual cambia su propio destino y tal vez también el destino del mundo entero.

Un segundo milagro es la contemplación de cada plano de la película, desde su inicio con aquella panorámica sobrecogedora sobre el cuadro “La Adoración de los reyes” de Da Vinci mientras suena la Pasión Según San Mateo de Bach, continuando con el extensísimo plano secuencia del incendio de la casa (incendio que tantos disgustos ocasionó al equipo de rodaje), hasta llegar al emocionante final de la obra, con el niño, Gossen, regando el árbol plantado a la orilla del lago, ramas de espino dibujadas sobre un contraluz prodigioso donde se perfila la dedicatoria del film hecha por el propio Andrei Tarkovski: “a mi hijo Andriosha, con esperanza y confianza”:

Considero el tercer milagro de “Sacrificio” el hecho de que Tarkovski fuera capaz de ceñir la historia de su guion a las reglas estéticas del mismísimo Aristóteles: unidad de acción, de tiempo y de lugar. El argumento entero de la obra transcurre en una casa de campo durante un único día solar.

Por último, el cuarto milagro de “Sacrificio” es la película considerada como objeto artístico, puerta que nos comunica con otras estancias fabulosas del cine precedente de Tarkovski, filmografía que a estas alturas es un poco ya como mi propia casa: “El espejo”, “Nostalghia”, “La infancia de Iván” o “Andrei Rublev”, pero sobre todo “Solaris” y “Stalker”.
Aunque esa es otra historia.

 

José Manuel Albelda

 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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