La primera vez que te vi

La primera vez que te vi… “Metrópolis”

13.06.2013 | 0 Comentarios
metropolis_pelicula

La primera vez que vi Metrópolis (Fritz Lang, 1927) no fue en óptimas condiciones, pero fue suficiente. Quiero decir que hoy día, cuando podemos disfrutar de la edición restaurada de un Metrópolis en glorioso Blue-ray “full HD” que contiene gran parte de su metraje perdido, ahora milagrosamente restaurado, somos muy pero que muy afortunados. No sabemos cuánto. Entonces, en el 86, cuando vi Metrópolis por vez primera, había lo que había: una copia coloreada de VHS, sonorizada para colmo con un soundtrack marciano compilado por un avispado productor musical llamado Giorgio Moroder, que había incrustado canciones de Freddie Mercury, Pat Benatar y Bonnie Tyler sobre los inmaculados fotogramas que rodara Lang, el más grande profeta del expresionismo alemán, con el permiso del señor Murnau.


Digo que fue suficiente aquel visionado porque la osadía del tal Moroder, a la que el menos escrupuloso de los puristas calificaría como mínimo de sacrílega, fructificó en muchos espectadores. Al menos, fructificó en mí.


Retrocedamos un par de años, hasta el 84.

En 1984, salvo los muy cinéfilos, los críticos y los historiadores del Séptimo Arte, nadie se acordaba ya de que aquel Metrópolis de Lang, medio siglo antes, había revolucionado la ciencia ficción. El público, el gran público, tenía la película bastante olvidada; y yo –lo reconozco ahora- tampoco sabía gran cosa de ella.


Recuerdo que escuché la noticia de que se iba a estrenar una versión coloreada de Metrópolis en el Telediario de las tres, una tarde verano. Instintivamente puse la antena, ya saben, la oreja. En casa estábamos terminando de comer, por lo que rogué un instante de silencio. La noticia ya estaba avanzada: un locutor explicaba sobre fabulosas imágenes azuladas y sepias cómo la tecnología digital había dado nueva vida (coloreada) a la que se consideraba una de las 10 mejores películas de la Historia. Lo primero que vi fue la secuencia de la guadaña de La Muerte avanzando amenazadora hacia el espectador: me impresionó mucho su crudeza; después, se sucedieron en el televisor planos de la catedral de Metrópolis, sus catacumbas, los obreros subterráneos, María y su oscuro alter ego mecánico, Futura, los rascacielos imponentes y los artefactos flotantes que surcaban el cielo de la gran urbe: maquetas y decorados en definitiva, ¡pero qué maquetas y qué decorados! La noticia del informativo recalcaba que todos los efectos especiales estaban facturados en la década de los 20. Nadie lo diría: todo parecía impecablemente nuevo, como recién hecho. ¡Aprisa, necesitaba saber más acerca de aquella Metrópolis hasta entonces desconocida para mí! No llegué a entender cuándo iba a ser la fecha del estreno. ¡Maldición! No podía, no debía perderle la pista a aquella película (en el 84, como sabrán ustedes por anteriores post, circulaba ya por mis venas sangre intoxicada por el veneno de la cinefilia, una afección incurable que sume al afectado en un estado de obnubilación instantánea cada vez que los sentidos son expuestos al celuloide).


Lo cierto es que durante los dos años siguientes le perdí la pista a Metrópolis.


Avancemos ahora hasta el 86: volvamos a la copia en VHS de Metrópolis que sostengo en mi temblorosa mano de adolescente, la cinta que después de mucho buscar por aquí y por allá acabo de alquilar por 200 pesetas en un recóndito videoclub del barrio de Prosperidad. Ni siquiera necesito ver la película para estar seguro de que me va a transportar al cielo. Por eso, previendo el futuro, le he pedido un rato antes a un buen amigo mío que conectemos su vídeo y el mío con unos cablecitos milagrosos que harán posible que en un ratito, lo que dure el transcurso de la cinta, podamos disponer de una copia de Metrópolis, copia degradada, sí, piratona, también, sucedánea, ¡ay, ya!, arrugada, provisional, espuria… todos los calificativos degradantes que ustedes quieran, pero copia de Metrópolis, Metrópolis de Lang, Metrópolis mía, mi tesoro. 


Sí. Esa tarde del 86 veremos un Metrópolis coloreado y sonorizado a ritmo de rock y, lo reconozco, mea culpa, me emocionaré escuchando el “Here’s my heart” de la Benatar sobre el rostro inmaculado de Brigitte Helm asomándose por el Jardín del Placer. El “Love Kills” de Mercury, lo admito, ¡lo diré todo!, me estremecerá mientras una ola revolucionaria de esclavos sublevados sacude los cimientos de la ciudad de Fredersen pintarrajeada de colores inverosímiles. ¡Ah, y Babel, la secuencia de Babel, la soberbia secuencia de la Torre de Babel y su metáfora, ambas erigidas sobre los dulces acordes del sintetizador de Moroder, me catapultará al Cielo…! ¿No querían que confesara? Pues ya lo he hecho: admito que aquel Metrópolis de Moroder, el Metrópolis estridente, el adulterado, mi primer Metrópolis, el Metrópolis bastardo, me había enamorado. Tiempo habría para el purismo. Después vendrían otros amores, las versiones de coleccionista de la película, varias copias, todas ellas legalmente compradas, todas ellas en su esplendoroso blanco y negro original; y vendrían los Metrópolis grabados a las tantas de la madrugada en el Cineclub de la Segunda Cadena; y llegarían los visionados en pantalla grande y con piano de fondo, interpretados en directo en la Filmoteca de la calle de la Magdalena. Y llegaría, por fin, hace un par de años, el Blue-ray de Metrópolis del que antes les hablaba, comprado en una cadena de electrodomésticos a precio de saldo, la edición definitiva, la restauración de las restauraciones, con su disco extra y su making-of.


Hoy, treinta visionados después, no concebiría mi vida sin Metrópolis. Sus luces y sombras expresionistas se ciernen sobre todas las grandes obras de la ciencia ficción distópica que me han impresionado alguna vez: Blade Runner, Matrix y Brazil, Alphaville, Minority Report y THX-1138. Así es, ladrillo a ladrillo, como se construye Cinefilia. Cinefilia -¿lo he dicho ya?- es, además de un veneno, el nombre de cierta bendita ciudad desde cuyas cumbres de cristal se pueden rozar las nubes.

J.M.Albelda


 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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