La primera vez que te vi

La primera vez que te vi… “La invasión de los ladrones de cuerpos” (Don Siegel, 1956)

29.04.2013 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi ésta película fue en un viejo televisor en blanco y negro, en la segunda cadena, ¿se acuerdan?, lo que entonces se llamaba el UHF, un viernes por la noche, a finales de los 70, en “La Clave”, aquella Clave de Balbín donde los debates eran verdaderos debates, por especializados y oportunos, donde aquel magnífico cineclub que asesoraba Pumares era el perfecto reflejo cinematográfico del periodo histórico que después vendríamos en denominar La Transición.
 
En la España de aquellos años, los viernes por la noche en casa había que elegir: o la película de “La Clave” en la Segunda Cadena o, en la Primera Cadena, consecutivamente, “El Hombre y la Tierra”, “La Segunda Oportunidad” y el “Un, Dos, Tres”.
  
Yo era un niño por entonces y, consecuentemente, prefería siempre la opción del triplete nocturno de fauna lobuna, coches espachurrándose contra una piedra y concurso infinito. Sin embargo, aquella noche, la noche de “La invasión de los ladrones de cuerpos”, vayan ustedes a saber por qué, al encender el televisor el interruptor estaba conmutado directamente en la Segunda Cadena, por lo que lo primero que apareció en la pantalla fue aquel pueblito de Santa Mira en que un desprevenido doctor Miles (Kevin McCarthy) tenía que hacer frente a una extraña epidemia de pacientes, niños que decían que sus madres no eran sus madres, sobrinas que aseguraban que los tíos no eran sus tíos, Santa Mira en glorioso blanco y negro de Ellsworth Fredericks, Santa Mira inmerso en una asfixia de sospecha y de paranoia, aquella una bruma letal que se iba extendiendo en los corazones de todos y cada uno de sus habitantes.
 
Dio igual que la película estuvera ya comenzada, tal vez más de un cuarto de hora. Quedé hipnotizado ante la pantalla. Para mi  aquel viernes ya no existió ni “El Hombre y la Tierra” ni el “Un, Dos, Tres” ni nada que no fueran aquellas vainas vegetales que durante la noche suplantaban a los durmientes, ya no tuve más atención que para aquella Becky Driscoll (Dana Wynter) de ojos de abismo que, como el precipicio de Nietsche, devolvió la mirada a su amado Miles en el momento de la trama en que éste menos lo esperaba. Santa Mira, un cadáver encima de una mesa de billar que ha aparecido en mitad de la noche con las huellas desdibujadas; cadáver que, como los otros cuerpos yacentes, no es un cadáver, porque en realidad es un doble, como el antihéroe de Dostoievski, una réplica sin sentimientos de alguien que era pero que ya ha dejado de serlo para siempre.
 
Los camiones en la plaza descargando vainas a la luz del día. La huida, cada vez más desesperada; el cerco, cada vez más estrecho. La certeza de no poder confiar en nada ni en nadie. Las incógnitas, el porqué de todo, de dónde vienen, qué pretenden, aquella metáfora subyacente sobre la caza de brujas de Hollywood, o al revés, vayan ustedes a saber, aquella advertencia que exhorataba a protegerse contra la llegada de los hombres sin alma, contra el homo soviéticus que de un momento a otro podía llegar desde Valdivostok: he ahí la grandeza de los guiones que son enormes, que son enormes por su plasticidad, incluso por esa ambigüedad que les convierte en varias cosas a la vez según con qué gafas se les quiera leer.

Y el final, ese final espeluznante en la autovia (a estas alturas no creo que eche a perder el desenlace de la trama) en que el pobre doctor Miles, despeinado y desencajado, gritaba a pleno pulmón: “¡nos persiguen, nos persiguen a todos!, ¡ya están aquí!”.




Tiempo después, con los años, muchas más veces volvería a revisitar a lo largo de mi vida “La invasión de los ladrones de cuerpos”, visionados sucesivos que ya siempre realizaría desde el principio de la cinta. No serían lo mismo. Verán: estoy convencido de que un fascinante principio de incertidumbre se despierta en el descubrimeinto de aquellas películas en las que, siendo niños, irrumpimos de forma fortuíta, especialmente si éstas películas estaban comenzadas.

  José Manuel Albelda

@jmalbelda

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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