La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Un hombre para la Eternidad”

08.01.2014 | 1 Comentarios
Un hombre para la eternidad

La primera vez que vi “Un hombre para la Eternidad” (A man for all seasons, 1966, Fred Zinneman) fue en el año 90, en aquella nueva edición de La Clave de Balbín de su época de Antena 3, en un pase de televisión intempestivo. Bienaventurada noche la mía, porque sentí la fascinación que ejerce la figura de Tomás Moro:

No sé lo que pensarán ustedes acerca del cine histórico. Como el western, y como el musical, el género histórico ha terminado por convertirse una subespecie amenazada. ¿Cómo lo diría? El cine histórico es como un viejo rico cuya fortuna y suerte han disminuido tanto en las últimas décadas que, a fuerza de menguar, le han situado a un paso de la indigencia: muchos espectadores, sobre todo los de menor edad, me explican que no soportan el género histórico por considerarlo un tipo de cine demasiado rígido, lento, académico, cine que sacrifica la fluidez de la acción en el primer plano en aras de la pompa y circunstancia del plano general. Otros espectadores, los más ortodoxos, en cambio, lo que no toleran del cine histórico son las licencias que se toman los guionistas para elevarle la temperatura dramática a los personajes reales que en el mundo han existido. Entiendo y respeto estos enfoques críticos, aunque no estoy de acuerdo con ellos. Como el western, como el musical, el histórico es un género que me encanta porque me hace viajar gratis total en el espacio y en el tiempo; aunque reconozco que no atraviesa por su mejor momento, tengo fe en que este género vuelva a brillar algún día como antaño, al son de las trompetas de los heraldos.

A lo que iba. Les decía que vi en La Clave “Un hombre para la Eternidad”, sin duda una de las mejores películas históricas que se han rodado. Pero, claro, ocurre que iniciarse en éste género con “Un hombre para la Eternidad” de Zinneman es jugar con ventaja, porque esta película es mucho más que cine histórico, es mucho más que la adaptación magistral del guionista Robert Bolt de su propia obra de teatro centrada en la tragedia de Tomás Moro, y es mucho más que un perfecto ejercicio visual y narrativo al más puro estilo inglés…

“Un hombre para la Eternidad” es una zambullida de cabeza en la Verdad. Porque yo sí creo que la Verdad existe…

“Un hombre para la Eternidad” es un ejemplo de ética, Fe, inteligencia, humor y amistad sincera. Cinco cualidades que, por otra parte, definen perfectamente cómo era el propio Tomás Moro, un hombre bueno en el mejor sentido de la palabra, pero también un hombre provisto de una agudeza extraordinaria, como prueba el siguiente extracto de sus célebres Bienaventuranzas:

Bienaventurados los que saben reírse de sí mismos, porque tendrán diversión para rato.

Bienaventurados los que saben distinguir una montaña de una piedra, porque se evitarán muchos inconvenientes.

Bienaventurados los que saben descansar y dormir sin buscarse excusas, llegarán a ser sabios.

Bienaventurados los que saben escuchar y callar, aprenderán cosas nuevas.

En “Un hombre para la Eternidad” encontramos también una magistral lección de filosofía política alrededor del espinoso asunto de la separación entre el poder civil y religioso. Todo ello explicado por Zinneman y Bolt con claridad meridiana de humanistas del Renacimiento. Así, nos emocionamos con esta película porque la tragedia de Tomás Moro es un poco la tragedia de todos los hombres que en algún momento de la Historia, macrohistoria o intrahistoria, han sentido el injusto zarpazo del poder cuando éste ha entrado en colisión con las creencias personales; así, esta película es, en sí misma, uno de los más preciosos alegatos que se han filmado sobre la libertad, ese territorio sagrado que reside en el interior de todo hombre y que no es otro que la observancia de la propia conciencia.

Memorables son en “Un hombre para la Eternidad” todos y cada uno de los diálogos de Tomás Moro (inmenso Paul Scofield) con Enrique VIII (inmenso Robert Shaw), con el cardenal Wolsey (inmenso Orson Welles), con Thomas Cromwell (inmenso Leo McKern) y con Richard Rich (inmenso William hurt). Pongamos un ejemplo de tanta inmensidad:

A veces pienso que las líneas del guión de esta película debieran cincelarse en mármol.

Como ya sabrán por anteriores post que he escrito, soy bastante poco mitómano en lo que a galardones se refiere, Oscars, Leones, Goyas, Palmas, Donatellos y demás artefactos de orfebrería cinéfila: sin embargo es justo reconocer que esta película concitó la unanimidad de criterios en los Oscars y en los Bafta, y que, en conjunto, recaudó un buen puñado de estatuillas bien merecidas.

Si no la han visto aún y en alguna ocasión se les presenta la oportunidad de ver por primera vez “Un hombre para la Eternidad”, les pido que me hagan un favor personal: intenten verla en la versión de 1967 doblada por el gran José Guardiola que puso voz al Tomás Moro interpretado por Paul Scofield, porque no hay color. Así suena la voz del maestro Guardiola borbotando en castellano algunos de sus más célebres personajes:

Impresionante, ¿no?

Luego está el incentivo de la banda sonora de Georges Deleure, uno de los pocos compositores que fue capaz con sus partituras de que las buenas películas se convirtieran en obras de arte únicas e inolvidables; un ejemplo lo tenemos en el leitmotiv del soundtrack de “La piel suave” de Truffaut, que pone los pelos de punta:

De “Un hombre para la Eternidad”, paradójicamente, lo único que no me gusta es su título. Su título en castellano, quiero decir. Porque “Un hombre para la Eternidad”, dicho así, para la Eternidad, en plan rimbombante, desde mi punto de vista desmerece la intención del título original, “a man for all seasons”. Yo creo que Bolt y Zinneman con “A man for all seasons”, un hombre para todas las estaciones, reivindican la figura de un hombre íntegro tanto en los buenos como en los malos momentos, un padre, un esposo, un amigo, un gran hombre de Estado y un humilde siervo de Dios que supo estar a las duras y a las maduras, un Tomás Moro que siempre fue consecuente con su Fe y que nunca se traicionó a sí mismo, incluso al pie del patíbulo.

José Manuel Albelda

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JMALBELDA_CINE

Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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