La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Thelma & Louise”

13.12.2013 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Thelma & Louise” (Ridley Scott, 1991) fue una experiencia extraña, porque supuso mi reconciliación provisional con Ridley Scott, un cineasta del que gracias a “Los duelistas”, “Alien” y “Blade Runner”, sus tres primeras películas, llegué a pensar que era un genio absoluto, uno de los más grandes visionarios del Séptimo Arte, pero que más tarde me defraudaría profundamente tras las decepcionantes “La sombra del testigo” y “Black Rain”.

Cuando en el 91 llegó “Thelma & Louise, respiré tranquilo. Aquel sí que era el Ridley Scott pata negra que antaño había conocido.


Y eso que “Thelma & Louise” no era una película especialmente rupturista o revolucionaria; de hecho, ni siquiera me pareció especialmente complicada desde el punto de vista formal. Una buena roadmovie, sí, con toques de moderno western crepuscular, también. Pero lo que de verdad me convenció de “Thelma & Louise fue su historia, su guión, que me llegó al corazón. Por eso, quizá presintiendo que ésta obra se convertiría en el futuro en algo muy especial para mí, recuerdo que deliberadamente fui a verla en la minúscula pantalla de los Renoir de Martín de los Heros, quizá para tener una primera impresión de la película con sus voces originales reverberándome en la cabeza. Tiempo tendría, semanas, meses después, de volver a verla  doblada en una pantalla grande en la Gran Vía… una segunda, una tercera y hasta una cuarta vez.



Por si no lo he mencionado en post anteriores, lo confieso ahora: cuando era joven, sobre todo en los tiempos que precedieron a la existencia del dvd e internet, tiempos en que no era fácil revisitar con calidad determinadas cintas, llegué a obsesionarme con algunas películas hasta el punto de que necesitaba volver a verlas en el cine una y otra vez: “Thelma & Louise” es un ejemplo, como también lo fueron “Jackie Brown”, “Blade Runner”, “Terciopelo azul”, “Abre los ojos”, “Pink Floyd, The Wall (El Muro) y “Mullholand Drive”. El asunto llegó a ser grave -lo reconozco-, económica y psicológicamente hablando.

 ¿Qué me impresionó de “Thelma & Louise”?

“Thelma & Louise” está llena de pasión por la vida, pero también está repleta de desesperación ante el destino que le toca vivir a sus protagonistas; a menudo se interpreta “Thelma & Louise” como un alegato feminista a favor de dos mujeres que tratan de afirmar su dignidad y su libertad frente a un mundo de hombres que les degrada en su condición de seres humanos. No digo que esa interpretación no sea legítima, porque muchas de sus claves en este sentido son evidentes, pero creo que el mensaje de la película va mucho más lejos: nuestras Thelma y Louise, como todo personaje de roadmovie que transita desde la certeza de un pasado conocido hacia la incertidumbre del futuro, emprenden un viaje homérico, de una trascendencia casi filosófica; más allá del aparente tono de comedia de los primeros minutos, y de las desventuras en sus encuentros con canallas –hombres en su mayoría- que Sarandon y Davis van sufriendo durante su viaje, contemplamos a dos seres humanos (aún relativamente jóvenes) derrotados ya por la vida. Porque su huida es en realidad una huida hacia ninguna parte: el espectador avezado pronto se da cuenta de que Scott no es que esté cuestionando el Patriarcado, el Sistema, el Orden Social o la Ley, que también: Scott denuncia, más bien, abstracciones existenciales: la crueldad del paso del tiempo, siempre inexorable, la trascendencia de las decisiones que adoptamos, a menudo irreversibles, el deseo de comunicación que mostramos con los otros, tantas veces infructuoso, el ansia de libertad que experimentamos, en ciertos momentos mortal de necesidad. Vista así, “Thelma & Louise” no deja mucho resquicio para la esperanza: si nuestras Thelma y Louise no se hubieran visto acorraladas dentro de su Ford Thunderbird frente al Cañón del Colorado, si hubieran salido vivas de aquella encerrona, seguramente, un poco más adelante, dos o tres años más tarde, hubieran topado con cualquier otro callejón sin salida igualmente fatal.

Quizá por estas sutilezas, la película fue para mi un descubrimiento del Scott más íntimo.

Por otra parte, “Thelma & Louise” nos reveló a un Scott de pulso narrativo muy ágil, un virtuoso de la cámara al estilo de Scorsese o Stone, cualidad que hasta entonces yo desconocía de él. Me descubrió también al compositor de bandas sonoras más eficaz y productivo de Hollywood de las últimas dos décadas: el señor Hans Zimmer, un auténtico Rey Midas del soundtrack, que en esta ocasión mostraría su registro más country-blues.


Ah, gracias a “Thelma & Louise” conocí “La Balada de Lucy Jordan”, un clásico de Marianne Faithfull que bien pudiera ser la canción más triste y bella que haya cantado una voz femenina en lengua anglosajona sobre un destino frustrado de mujer.



Y gracias a “Thelma & Louise” encontré a una Susan Sarandon que nunca fue precisamente mi debilidad pero a la que tuve que reconocer un cambio de registro reconfortante. Geena Davis me pareció conmovedora: sin duda, en el mejor papel de su carrera. Keitel, Madsen, minimalistas en sus respectivos roles, impresionantes. De Brad Pitt no tengo nada que decir.

Pero no quiero desviarme de lo que les apuntaba al comienzo de este post: “Thelma & Louise”, por desgracia para mí, fue tan sólo un reencuentro afectivo con fecha de caducidad con el cine de Ridley Scott. Porque desde entonces, ni una sola de las obras que ha dirigido este cineasta británico (lo siento, ni siquiera “Gladiator” o “Black Hawk Down”) ha conseguido que pueda reconciliarme de corazón con su obra, al menos tal y como yo esperaba reconciliarme, con devoción, con el entusiasmo que sentí tras aquel estreno milagroso de “Thelma & Louise” que ilusoriamente me pareció el retorno a su magia de antaño: no le niego talento a Scott, ni técnica, ni oportunidad en la elección de los argumentos, todo lo que ustedes quieran, pero creo sinceramente que este cineasta al que tuve la oportunidad de conocer personalmente durante cierta presentación nocturna en el Doré hace ya un par de décadas, puso un listón tan alto con sus tres primeros trabajos, los del comienzo de su carrera como creador, que desde entonces, a excepción de “Thelma & Louise”, todo trabajo suyo me parece eclipse, suave descenso de retorno desde el promontorio del Olimpo. Por cierto; dicho esto y a fecha de hoy, mediados de diciembre de 2013, cuando escribo las líneas de este post, aún no he visto “The Counselor”. Como me sucede con cada estreno de Scott, pienso darle una oportunidad.
No sea que de nuevo, a la vejez, Scott entone ese canto del cisne que yo tanto anhelo y que suena así: “¡yo sigo siendo aquel…!”
 

José Manuel Albelda

 

 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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