La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Terciopelo Azul”

27.02.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Terciopelo Azul” (Blue Velvet, David Lynch, 1986) supuso para mí la revelación del David Lynch más rugoso y subterráneo.

En 1987, año en que por fin pude ver en el viejo Fantasio de Ortega y Gasset esta película, repuesta a tan sólo unos meses de su estreno, yo ya conocía sus otros dos trabajos precedentes, “Dune” y “El hombre elefante”.


Ambas películas me habían entusiasmado, por lo que yo, aún sin ser plenamente consciente de los derroteros legendarios que estaba adquiriendo la carrera de Lynch, ya era devoto de su cine. Sin embargo, aún con sus peculiaridades y sus extravagancias respectivas, aquellos dos primeros largometrajes no constituían aún el núcleo duro de lo que se ha venido en llamar estilo lynchiano. “Terciopelo Azul”, en cambio, sí. Si tuviéramos que destilar en una sola película toda la esencia de Lynch, sus obsesiones más genuinas, “Terciopelo Azul”, por encima de “Twin Peaks”, “Corazón Salvaje”, “Mullholand drive” y “Carretera Perdida”, sería la película que mejor representa la peculiar forma de observar el mundo que posee este surrealista crepuscular norteamericano, quizá el último surrealista, un surrealista que sueña con los ojos abiertos de par en par.

David Lynch es un hombre extraño; más extraño aún que su propio cine, que ya es decir. Y lo primero que nos extraña de él, a primera vista, es que a pesar de ser norteamericano de Montana tiene rostro y modales de impoluto caballero británico; británico de la cáscara amarga, todo hay que decirlo.

De “Terciopelo Azul”, su obra más perfecta, diremos que es al mismo tiempo una película tan bella como desagradable.

El título de la película, como es sabido, resulta una especie de simbiosis sobrevenida de la célebre canción de 1951 de Tony Bennett que popularizara, todavía más si cabe, Bobby Vinton en el 63:


A partir de esta música anestésica y densa que le sumerge a uno en una atmósfera insana donde se ralentizan los sentidos, Lynch despliega todas las penumbras de su arte: cine tan siniestro como sugestivo, cine rodado en color cuyos reflejos azulinos y ocres se perciben al ojo  como irisaciones de un viejos clásico del noir.

Lynch tiene la virtud de asomar al espectador a los abismos más viscosos de la podredumbre humana para acto seguido elevarle a uno hasta el cielo, hacia lo etéreo, tan compungido el espectador como aliviado, en todo caso espectador redimido por la mirada inocente que indefectiblemente conserva alguno de los protagonistas de sus historias: aquí, en “Terciopelo Azul”, nuestra salvadora es la cándida Sandy (Laura Dern), al igual que en “Corazón Salvale” quien consigue lo propio es Lula (también interpretada por Dern), como en “El hombre elefante” es el propio Merrick (John Hurt) quien ejerce la presencia salvífica.


“Terciopelo Azul” es un descenso paulatino a los infiernos de los que se regresa con gusto, con premura, siquiera por poder ver otra vez la luz del sol. Termina la película, se encienden las luces de la sala y uno regresa a su vida con urgencia de corredor de maratón, deseando reencontrarse con aquella rutina de la que, tan sólo un par de horas antes, uno trató de escapar.


Sin embargo, transcurren las horas y los días desde el primer visionado y según se recuerdan las calles refulgentes de Lumberton, la ferretería Beaumont, tan bizarra, el jardín de la casa de Sandy después del crepúsculo, el rutilante descapotable que le prestan sus tías a Jeffrey (Kyle McLachlan), el mediodía desplegándose sobre el campus del instituto, la noche del viernes en el dinner, peligrosa e infinita cuando nos perdimos en los ojos de Laura Dern, y la Heineken, claro que sí, pero, sobre todo, el apartamento de Dorothy Vallens (Isabella Rosellini), mórbido, orgánico como la cueva en que inverna una criatura invertebrada, con aquel armario ropero desde el cual se escruta el abismo, se siente una sensación paradójica. Porque yo creo que es rememorar todo esto y uno empieza a experimentar una nostalgia que duele, una especie de mirar hacia atrás y de girar la cabeza con añoranza, un sentimiento de atracción inexplicable hacia la sala de cine en que proyectó la película, ya sea el Fantasio, el Roxy o el Imperial, únicos nexos del mundo real que comunican con aquel universo de Lynch que alberga a un tiempo cielo e infierno: Lumberton, Twin Peaks, Arrakis, Mulholland, territorios no más familiares que la superficie de Neptuno en los que hemos habitado siquiera unos momentos, hace tal sólo una semana, o un mes, o dos años, cuyo recuerdo nos acompañará para siempre durante el resto de nuestras vidas.

José Manuel Albelda

 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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