La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Pink Floyd, The Wall (El Muro)”

07.02.2014 | 0 Comentarios
PinkFloydTheWall

La primera vez que vi “Pink Floyd, The Wall (El Muro)” (Alan Parker, 1982) fue en la primavera del 86, en el viejo cine Ideal de la Plaza de Jacinto Benavente. Tenía yo 15 años recién cumplidos.

Vaya por delante que salvo por el imponente edificio que alberga al cine en sí, el Ideal de entonces no tiene nada que ver con los Yelmo Cines Ideal de ahora, una recoleta multisala que lleva prestando impagable servicio a los amantes del buen cine de estreno desde su profunda remodelación a comienzos de los 90.

Porque, créanme, entrar en aquel Cine Ideal del 86 era como adentrarse en el viejo tren de la bruja de un parque de atracciones de tercera categoría: enmarcaba la entrada un mural pintado a mano con mal pulso y peor sentido de la perspectiva, repleto de motivos bizarros y extraídos al azar de películas de terror heterogéneas: tibias, calaveras, sangre a borbotones e inverosímiles escenas de torturas de lo más obtuso ambientaban aquel acceso híbrido y multicolor, “at you own risk”, como diría el cartel de acceso de aquella mansión del Rocky Horror Picture Show que prevenía a los incautos. El precio -lo recuerdo como si fuese hoy, impreso en una entrada de color sepia-, 100 pesetas, que daban derecho a ver dos películas de sesión continua en bucle permanente desde las 4 de la tarde hasta las 12 de la noche: aquella tarde proyectaban la “Pesadilla en Elm Street” de Wes Craven y la película que nos ocupa, “Pink Floyd, The Wall (El Muro)”, de Alan Parker. Como podrán ustedes comprender, a ese coste y con semejante cartel temático, rock y terror a partes iguales, un peculiar ecosistema de ciudadanos de la procedencia más indómita se adentraban en aquella sala lúgubre cuyas penumbras insondables bien pudieran recordar a ciertas cuevas exploradas únicamente por los espeleólogos más avezados. La cola para sacar entradas, peligrosa como una serpiente de cascabel, discurría desde la plazuela hacia el minúsculo ventanuco de la taquilla exterior, y  estaba conformada por un público muy agitado que, mayoritariamente, fumaba vete tú a saber qué mientras compartía con el de al lado cualquier bebedizo con tal de que aquel contuviera alcohol. Como lloviznaba y nadie llevaba paraguas, allí se maldecía con furia de corsario, se pendenciaba con los vecinos y se mascullaba el lento avance en la fila en una atmósfera tan densa como canalla que intimidaría al más pintado. Fue acceder al vestíbulo del Ideal y el clima espesaba aún más: procedentes del patio de butacas, se intuían detrás de un cortinaje granate que tenía más agujeros que tela ruidos indeterminados, parloteos, acaso bramidos, colisiones metálicas como los de un ensayo de música dodecafónica. Después supimos que se trataba de un duelo de muletas. Había que echarle valor para entrar, se lo aseguro. A pesar de todo, mi buen amigo José Luis Auger y yo, que incautamente habíamos acudido por primera a aquella sala de cine decididos a disfrutar de la música de Pink Floyd, no nos arredramos, y mirándonos mutuamente como diciendo “¡qué sea lo que Dios quiera!”, nos introdujimos en el abismo.

No existe miedo terrenal que pueda achantarle a uno cuando se tiene por talismán la mejor de las artes, el Cine. Así, fue empezar a ver “Pink Floyd, The Wall (El Muro)” y nos olvidamos del mundo, esto es, de las calamidades del exterior y de las miserias interiores que circundaban  aquella proyección.

Ver “Pink Floyd, The Wall (El Muro)” supone una descarga de voltaje considerable ya que es ópera rock que escenifica con un borbotón de imágenes tan violentas como espeluznantes la fantasía surrealista de un músico de rock que se rompe por dentro y por fuera, y que podría ser la historia de cualquier músico de rock de treinta y tantos años que se encuentra desbordado por el éxito, las drogas y la vida.

Al igual que ocurre en el eterno debate entre los libros y sus respectivas adaptaciones cinematográficas, es difícil hablar de la película “Pink Floyd, the Wall (El Muro)” sin pisar algún que otro callo: los más acérrimos devotos de la música del grupo Pink Floyd que alumbró The Wall, el trabajo más ambicioso y egocéntrico de toda su carrera, afirman que la película no le llega al doble LP original ni a la suela del zapato; por otra parte, quienes, como yo en mi adolescencia, descubrimos al mismo tiempo aquel fascinante disco y su relativamente inmediato ascenso a la gran pantalla, no somos capaces ya de imaginar aquella música maravillosa sin evocar la poderosa puesta en escena fílmica de Alan Parker, amplificada hasta la estratosfera con las sobrecogedoras animaciones del dibujante Gerald Scarfe:

Con “Pink Floyd, The Wall (El Muro)” la crítica musical de los 80 quedó dividida en trincheras: a unos, la película les pareció excesivamente autocomplaciente, brillante visualmente, sí, pero en el fondo sólo una música devenida en un largísimo videoclip de hora y media de extensión; a otros críticos, en cambio, les subyugó este delirio de imágenes relampagueantes que golpea la conciencia y el ánimo, y calificaron la experiencia “como una inmersión psicodélica sin precedentes en la historia del musical”. La reinvención del género, vamos.

Yo le he dado muchas vueltas y ya no sé qué pensar. Siendo honestos, creo que la película le debe más de lo que debiera al “Tommy” de Ken Russell, adaptación de otra ópera rock, en este caso de los Who:

Después de haber realizado más de 30 visionados de “The Wall”, buena parte de ellos en salas cinematográficas, reconozco que aquella fascinación monomaníaca que sobre mi adolescencia ejerció la película “Pink Floyd, The Wall (El Muro)”, a fecha de hoy, con todo el dolor de mi corazón, se ha ido desvaneciendo. Esto es así porque desde entonces he tenido la ocasión de ver la propia ópera rock “The Wall” en directo interpretada por el mismísimo Roger Waters. O porque la he visto demasiadas veces. O porque desde el 86 me he intoxicado con demasiado cine bastante mejor que el de Alan Parker.

No obstante, de todos los números musicales de la película, al margen de las mencionadas secuencias de animación, todas ellas magistrales, dos momentos son especialmente memorables.

El tema instrumental “Is there anybody out there?:

Y la gloriosa “Confortably Numb”, probablemente, de toda la carrera de Pink Floyd, la composición más intensa y reivindicada por los fans, y una de las canciones más perfectas de toda la Historia del Rock:

No sé cuando volveré a ver la película “Pink Floyd, The Wall (El Muro)”. Quiero dejarla macerar y que, por un tiempo, descanse donde habite el olvido.

De hecho, llevo una década aproximadamente sin acercarme a ella, a modo de cuarentena, esperando a que el paso del tiempo me haga desearla como antaño, porque lo cierto es que la última vez que la revisité, en 2004, ya en formato dvd, resultó una experiencia dolora comprobar que no se me aceleraba el pulso al aparecer aquel lento travelling por el pasillo del hotel en que está alojado el protagonista, Pink, es decir, Bob Geldof, mientras, lejana, suena de fondo la vieja canción de Vera Lynn “The little boy that Santa Claus forgot”.

 Aunque estoy seguro de que algún día, la película “Pink Floyd, The Wall (El Muro) y yo volveremos a encontrarnos; quizá, en un brillante día de sol:


Twitter: José Manuel Albelda





 

(If you're a human, don't change the following field)
Your first name.
8 + 5 =
Para prevenir spam automático, por favor, resuelve esta pregunta de matemáticas.
JMALBELDA_CINE

Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

Artículos anteriores

La Encuesta

¿Podemos permitirnos mas tiempo sin Gobierno?
¿Podemos permitirnos mas tiempo sin Gobierno?
Si
63.7%
No
36.3%