La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Origen”

12.06.2014 | 0 Comentarios
'Origen', con Leonardo Di Caprio

Este domingo en el Megahit a las 22:00... ORIGEN

La primera vez que vi “Origen” (Inception, Christopher Nolan, 2010) no sería la última: hasta cuatro veces, en el periodo de los dos meses posteriores a su estreno, acudí a ver esta película a una sala de cine. Llegó a convertirse en una adicción, lo reconozco. Se lo he explicado a ustedes en post precedentes: la cinefilia es una grave dolencia que presenta esta clase de efectos secundarios en determinados pacientes.

Por otra parte, la infección de “Origen” me pilló desprevenido.

Y eso que en 2010 yo ya era un absoluto incondicional del cine del señor Christopher Nolan, sobre todo de sus películas “Memento”, “El truco final” y “El caballero oscuro”; pero lo que yo no podía prever es que este genio, que me había dejado absolutamente deslumbrado dos años antes con el guión de la segunda entrega de su Batman (“The dark Knight, en mi opinión, es la mejor película que haya rodado nadie sobre un superhéroe), fuera a ofrecer otra vuelta de tuerca al género fantástico, tan pronto y de una manera tan irreprochable.

Vaya por delante que los deslumbrantes efectos especiales de “Origen”, tan alabados por la crítica, no son, ni de lejos, su mejor virtud. Lo que ya es decir. 

De “Origen” me interesa sobre todo su propuesta argumental: sueños que residen dentro de sueños que se encuentran alojados en el interior de otros sueños. Sueños hospedados como muñecas rusas: sueños inducidos por la química, sueños lúcidos, sueños teledirigidos, sueños que se convierten en refugios peligrosos, sueños que no son sino fugas insospechadas de la realidad.

El asunto no es nuevo: cada uno a su manera, Platón, Calderón de la Barca, Freud o Huxley, como saben, escribieron largo y tendido sobre el problema, solo que Nolan actualizó al siglo XXI, postmoderno y precipitado, el quid de cuestión. Y lo hizo sin ponerse pedante, hilvanando con sabiduría de artesano el tejido con el que están fabricados los              sueños: el tiempo. El tiempo, y la relatividad psicológica con que experimentamos su fluir desde nuestra propia subjetividad.  No es casual, pues, que uno de los temas principales de la banda sonora de “Origen” compuesta por Hans Zimmer se titule precisamente así, “Time”, tiempo. Cada vez que escucho este crescendo en forma de canon vuelve a erizárseme el vello del brazo como la primera vez que lo oí:

 

Desde las dudas existenciales que plateara aquel replicante del “Blade Runner” de Ridley Scott -fíjense si ha llovido desde entonces- yo no me había pellizcado a mí mismo en una butaca de una sala de cine: ¿podemos fiarnos de nuestros sentidos? ¿Qué es real y qué no lo es? ¿Cómo sabemos que lo que vivimos no es una fantasía?
Deconstruyendo a Descartes podríamos expresarlo así: “Pienso, sí, ¿pero existo?”.

Les decía antes que el aspecto visual de “Origen”, impecable, revolucionario, no es lo que más me seduce de ella: yo creo que la carga filosófica y emocional de esta película es tan poderosa que lo mismo daría que hubiera sido rodada con una décima parte de su presupuesto. Por mí, como si le hubiera dado a Nolan por filmarla con su teléfono móvil. Su poder seguiría siendo el mismo. Aún así, es imposible no detenerse, siquiera por un momento, para recrearse en la secuencia en la que Cobb (Leonardo DiCaprio) le explica a Ariadne (Ellen Page) cómo se construye la arquitectura de los sueños. Es ya parte de la historia visual del Séptimo Arte:


Reconozcamos que esta escena de “Origen” es tan memorable al menos como aquel momento en que Morfeo le explicaba a Neo en el “Matrix” de los hermanos Wachowski el dilema de la pastilla azul y la pastilla roja:

Pero no es sólo lo que se ve, aquellas calles de la ciudad de París desdoblándose sobre sí mismas, elevándose hacia el imposible como si fueran grabados de Escher; lo que importa de “Origen” es el trasfondo. Las implicaciones que supone aceptar, siquiera como ficción, la revelación de Cobb, maestro de ceremonias.

Lo cual es una paradoja, porque el propio Cobb es un hombre atrapado en su respectiva telaraña de sueños. Atrapado queda también el espectador en cuanto se introduce mínimamente en la trama de “Origen”. Una trama un pelín complicada, arquitectónicamente muy precisa, de la que no puedo revelarles detalles para no incurrir en lo que ahora hemos convenido en llamar “spoiler”; vamos, lo que antes era estropearles el final de la peli.

Para que vean que no estoy ciego, les confesaré que hay un aspecto que no me agrada de “Origen”: su secuencia de acción ubicada en la nieve. Absolutamente prescindible. Nolan se ha defendido  –cuando se le ha preguntado por esta cuestión- argumentando que quiso rendir un homenaje a las secuencias de acción de ciertas películas de James Bond. Esta excusa es débil: importan los resultados, no las motivaciones. Alguien de su talento debería ser implacable en la sala de montaje a la hora de amputar lo accesorio.


Minucias al margen, Nolan, como Malick o como Paul Thomas Anderson, cada uno a su manera, es uno de esos directores que ha conseguido que cada nuevo trabajo suyo sea esperado como el acontecimiento cinematográfico del año. De su nueva película, “Interstellar”, protagonizada por un renacido Matthew McConaughey y por Jessica Chastain sólo sabemos que se estrenará en noviembre y que es una historia que trata sobre viajes en el tiempo. Su tráiler no explica gran cosa, pero promete:


Es lo que les decía antes sobre “Origen”. No es tanto lo que se muestra, sino lo que se sugiere.

Twitter: José Manuel Albelda
 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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