La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”My Fair Lady”

21.11.2013 | 12 Comentarios
myfairlady

La primera vez que vi “My Fair Lady” (George Cukor, 1964) fue en “Sábado Cine”, aquel mítico espacio de Televisión Española que durante varias décadas difundió tantos y tantos grandes títulos de la historia del Cine: “Psicosis” y “Doctor Zhivago”, “Los Diez Mandamientos” y “A pleno sol”, “El puente sobre el Río Kwai”, “West Side Story”, “55 días en Pekín” y “Blade Runner”. Todas estas películas y muchísimas otras se difundieron en “Sábado Cine”. Cuando le tocó el turno a “My Fair Lady” debía de ser el año 82, aunque he de confesarles que por entonces mi devoción hacia el género musical era bastante escasa.


Es cierto que siendo muy niño había visto en el cine Mary Poppins y Chitty Chitty Bang Bang, con cierto gusto, y que a finales de los setenta había disfrutado con la reposición en televisión de clásicos de Fred Astaire y Ginger Rogers, pero, no nos engañemos, el musical, lo que se dice el musical puro y duro del que disfrutan los aficionados a las tablas de Broadway y Londres, me venía todavía muy grande: sencillamente, con once años recién cumplidos yo no comprendía aún los guiños de un género en que los diálogos se interrumpían abruptamente para dar paso a las canciones y al baile –pensaba yo entonces- sin ningún tipo de explicación.


Pero cuando vi “My Fair Lady” todo cambió: ya no existió nunca más aquel preguntarme “¿y por qué ahora se ponen a cantar?”. Fue como si de pronto todo encajase.


Ya durante la mañana y el mediodía de aquel sábado memorable del 82 en que descubriría “My Fair Lady”, mi madre, sabiendo de antemano que aquella misma noche podrían por la tele aquella película de Cukor que ella tanto adoraba, me había preparado el terreno: la escuché tararear, como si tal cosa y mientras preparaba la comida, varias de las canciones de la película, temas como “Podría yo bailar” o “En tu calle estoy”; eran versiones castellanizadas, un tanto artificiales al transitar hasta la lengua de Cervantes, de las originales “I could have danced all night” y “On the street where you live” respectivamente. Recuerdo a mi madre cantándolas como si fuera hoy. Imposible olvidar melodías como aquellas, compuestas por Frederick Loewe, letras como aquellas, escritas por Alan Jay Lerner, tan poderosas –incluso traducidas-, tan evocadoras, tan emocionantes.

Les anticipaba antes que “My Fair Lady” transformó por completo mi perspectiva sobre el musical, porque viéndola en Sábado Cine yo sí que hubiera podido cantar y bailar toda la noche. Recuerdo que pensé que ojalá no se acabara nunca aquella película de 170 minutos de duración en que me enamoré del rostro más angelical que jamás hayan filmado Cukor, Wilder, Donen o Blake Edwards: mi añorada Audrey Hepburn. Audrey, por encima de todas las demás, de la Bacall, de Marilyn, de la otra Hepburn y hasta de la mismísima Garbo.

Cómo olvidar a aquella Hepburn, Eliza Doolittle desgarbada, con su vestido de pana marrón, arremangada como un descargador de muelle, embadurnada de barro en Convent Garden; Eliza Doolittle exquisita, y extravagante también, impertinente, pero impecable bajo su sombrero blanco y negro en las carreras de Ascot; Eliza Doolittle, perfecta, más resplandeciente que los brillantes de su diadema, henchida de luz como una primavera en aquel vestido inmaculado en el baile anual de la embajada. Audrey.

Audrey en “My Fair Lady”, claro, y todo lo demás que acompaña esta historia inolvidable que recrea el mito de Pigmalión. Porque hasta entonces yo no conocía a Rex Harrison, ni a Stanley Holloway, ni sabía qué era la literatura de George Bernard Shaw, la música de Loewe o el cine de George Cukor. Lo supe entonces y ya nunca se me olvidaría: yo pienso que las películas son como puertas magníficas que comunican con otras puertas tan fabulosas o más que las anteriores: así, “My Fair Lady” me conduciría hacia “West Side Story”, y ésta a “Melodías de Broadway 1955”, no me pregunten cómo ni por qué fue así, en este orden, y aquella última hacia “Cantando bajo la lluvia” y hacia “Yentl”, y así, así, hasta llegar a “Godspell” y a “Jesucristo Superstar”, y más tarde a “Bailar en la oscuridad” e incluso a “Holy Motors”. Las  vueltas que puede dar la vida. Porque cuando uno se deja arrastrar así por un descubrimiento como “My Fair Lady” ya no hay marcha atrás. Aquella película sería responsable no sólo del comienzo de mi romance con el género musical o con Audrey Hepburn, sino de mi devoción permanente por el Teatro en sí mismo.


Y ahí sí que hablamos de palabras mayores.

José Manuel Albelda
 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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