La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Matrix”

30.08.2013 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Matrix” (“The Matrix”, 1999, hermanos Wachowski) me impresionó un poquito menos de lo que esperaba. ¿Saben? Yo creo que me condicionó el contexto. Porque lo cierto es que a finales de los 90 floreció una buena cosecha cinematográfica de ciencia ficción “distópica” alrededor de la eterna cuestión de los mundos artificiales. Ya en el 97, con “Abre los ojos”, Alejandro Amenábar había anticipado con éxito algunos de los inconvenientes éticos y psicológicos de actualizar a la era cibernética el viejo mito de la caverna, y dos años después, en el 99, la llegada simultánea a las carteleras de la terna conformada por “Nivel 13”, de Rusnak, “Existenz”, de Cronenberg, y “Matrix”, de los Wachowski, consiguió que la sugestiva temática de los entornos virtuales alcanzara su cénit.


Sin embargo, admitámoslo: de todas aquellas ensoñaciones digitales de evocaciones calderonianas (“¿qué es la vida? una ilusión, una sombra, una ficción…”) el título que realmente ha trascendido, aquel que será recordado como un hito en la historia del género fantástico durante el cambio de milenio, es y será “Matrix”, la obra más comercial (pero también más revolucionaria estéticamente hablando) de las cuatro películas de anticipación científica antes citadas.


Vi “Matrix” durante una abrasadora tarde de julio, en los antiguamente llamados UGC Ciné Cité de Méndez Álvaro. Recuerdo que la sala se encontraba hasta los topes. Aún antes de empezar la proyección, con sólo echarle un vistazo a las caras de los espectadores, muy jóvenes en su mayoría, uno era consciente de que estaba a punto de proyectarse algo realmente novedoso. Se respiraba una sensación de excitación creciente, como cuando el estreno  de “La guerra de las Galaxias”, una atmósfera como la que experimentaría después con “El Señor de los Anillos” y más tarde con “Avatar”… De hecho, recuerdo muy pocas ocasiones en que las palomitas crepitaran con tanta intensidad dentro de sus envases de cartón como en aquella sesión viendo “Matrix”.


Reconozco que el despliegue sensorial del universo “Matrix” me pareció fascinante: su estilo visual, aquella pátina lechosa, verduzca, epítome de la existencia digital, que impregnaba toda la cinta, cautivaba desde el primer fotograma. Y aquel “efecto bala” (bullet time) que diseccionaba en rebanadas el movimiento de los personajes en las secuencias de acción, aquellas rotaciones imposibles a cámara lenta, efectivamente, eran algo que sólo habíamos podido intuir tímidamente en algún que otro spot de televisión. Cautivadora era también la dualidad entre los dos mundos irreconciliables de “Matrix”: el real, sucio, subterráneo, viscoso, orgánico; y el virtual, pulcrísimo, exacto, liso, y tan perfecto como inhumano.


Sin embargo, toda la seducción, toda la magia que poseían aquellos primeros tres cuartos de hora de la cinta que me dejaron sin aliento, fue, al menos a mis ojos, perdiendo intensidad según me adentraba en el metraje, según conocía más y mejor los secretos del entorno Matrix. En conclusión, que el asunto de la virtualidad fue perdiendo fuelle conforme Neo, el protagonista, un todavía barbilampiño Keanu Reeves, rasgaba el velo de Isis; y es que me pareció que el interior de la celebérrima pastilla roja de los Wachowski tenía cierto sabor a ensalada liofilizada de retrogusto acuariano, aliñada, eso sí, con los sugerentes jugos teóricos del filósofo de guardia del momento, Jean Baudrillard.


El casting, todo hay que decirlo, me pareció irreprochable; la basa sonora, apabullante; los decorados, admirables; y la sensación de inmersión en los sumideros de lo digital, grandiosa.


Aunque para ser honesto, confieso que yo de “Matrix” esperaba algo más, como el niño que tras desenvolver el ampuloso envoltorio que esconde lo que no es es sino un regalo diminuto se queda con carita de póker. Justo lo contrario que me había ocurrido con “Existenz” y con “Nivel 13”, ambas más modestas formalmente, pero, al mismo tiempo, más ambiciosas desde un punto de vista conceptual. Como digo, vi aquellas tres cintas en un breve lapso de tiempo, y lo que en “Matrix” supuso un pelín de desencanto, en las otras películas significó asombro y sorpresa gratificante.


Conviene recordar que “Matrix” le debe mucho a obras pretéritas del género, no menos recomendables, como son “El mundo en el alambre” de Fassbinder”, “Tron” de Steven Lisberger y “Días Extraños” de la señora Bigelow; y no debemos olvidar que los Wachowski se inspiraron en otros artefactos virtuales, aunque de menor empaque, como fueron el “Nirvana” de Gabriele Salvatores y “El cortador de césped” de Brett Leonard. No le doy demasiada importancia a estas menudencias, porque creo que el Séptimo Arte es una fuente rebosante y sin fondo en la que a todos, cineastas, críticos y público, les es lícito beber a placer para saciar la sed.


No obstante, con la saga “Matrix” siempre he tenido una duda. Después de ver la trilogía completa en cine y después de frecuentar no pocas veces cada uno de sus capítulos en dvd me pregunto qué sería de la leyenda Matrix si la apuesta formal hubiera sido menos pomposa, si la historia se hubiera sustentado más en la robustez de su guión que en el despliegue de vuelos acrobáticos. ¿Cuánto perviviría de aquella leyenda?


Quizá encontremos respuesta a esta pregunta con el paso del tiempo, algún día, cuando los efectos especiales de “Matrix” palidezcan por comparación con lo que está por venir, y cuando su diseño de producción sea sobrepasado con creces por los blockbuster del futuro. Dicho de otro modo: ¿cuánto de fondo y cuánto de forma hay en “Matrix”?. ¿Qué permanecerá de su legado? Espero que no ocurra con “Matrix”  como con otras películas de la Historia del Cine, que empequeñecieron con los años, películas que confirman la verdad de cierta máxima nominalista que reza: “de la rosa, sólo queda el nombre”.

José Manuel Albelda



 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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