La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Lawrence de Arabia”

30.10.2013 | 0 Comentarios
lawrencearabia

La primera vez que vi “Lawrence de Arabia” (Lawrence of Arabia, 1962, David Lean) fue en el Palafox, en un afortunado reestreno a mediados de los ochenta. Tendría yo unos doce o trece años. Recuerdo que me impresionó su grandiosidad –de no haberme impresionado significaría que yo habría tenido horchata en las venas- pero reconozco que ni por asomo pensé, al menos en aquel momento, que aquella película se fuera a convertir después en una de las piedras angulares (cinéfilamente hablando) de mi vida.

Yo creo que el Lawrence que dibujó David Lean es un héroe –o un antihéroe debiéramos más bien decir- del que es poco probable que un niño, siquiera un adolescente, se quede prendado, al menos a primera vista: sus tonalidades irisadas son demasiado complejas para aquellos que, como yo entonces, por falta de edad o de expectativas, buscábamos encontrarnos únicamente con el blanco o el negro.

Siempre he pensado que “Lawrence de Arabia” es una película incómoda. Todo el cine de David Lean, si se le mira desde cierto ángulo, es más incómodo de lo que parece, desde “Breve encuentro” a “Pasaje a la India”.

Esto no quiere decir nada malo; solo significa que el cine de Lean tiene muchas lecturas posibles, y eso a pesar de ser un director de grandes superproducciones.

“Lawrence de Arabia”, como todas las grandes películas bélicas, aquellas que de verdad son grandes, no es una película bélica en realidad. A “Lawrence de Arabia” le sucede lo mismo que a “Los duelistas” de Scott, al “Barry Lyndon” de Kubrick o a “La condición humana” de Kobayashi. El contexto de todas estas maravillas del Séptimo Arte es sólo una excusa que emplea cada uno de estos cineastas para ubicar a personajes y arquetipos cuya mera existencia trasciende los siglos o los hechos históricos concretos en que están situados: así, los húsares Feraud y d'Hubert, el joven aventurero Barry, el pacifista Kaji, nuestro Lawrence, todos los tipos humanos que se describen en estas obras inmortales, lo mismo podrían brotado en sus respectivos ámbitos que en mitad de las Guerras Médicas o dentro de la Guerra de las Naranjas.

  Lo que quiero decir es que “Lawrence de Arabia” desborda cualquier intento de encasillamiento dentro de un género concreto: aventuras, bélico, histórico e, incluso, biográfico.
El Lawrence de Lean cabalga sobre una inquietante ambigüedad de medios y fines realmente desconcertante: desconcertante para los árabes, desde luego, y, por descontado, desconcertante para los mandos del ejército británico, pero también -y esto es lo más interesante- desconcertante para el propio Lawrence. El Lawrence de Lean, ese personaje que tan seguro de todo y de todos se nos aparece en el primer tercio de la película, en realidad no se conoce a sí mismo: trata, más bien, de encontrarse, o de revelarse, o incluso de explorarse, dando un fenomenal rodeo vital mediante el abrazo de los límites del sufrimiento físico y espiritual, propio y ajeno, y a través de la inmersión en ese misterioso océano donde nunca se hunde el remo. 

 

Sí. El Lawrence de Lean necesita del desierto, como otros héroes de la Historia precisaron de su caballo o de su espada para alcanzar la gloria; lo más trágico es que Lawrence necesita del desierto tanto para afirmase como para negarse. Es como si entre las dunas quisiera hallar esa verdad desnuda que todo ser humano teme descubrir dentro de sí.
Uno diría mirando de cerca la epopeya filmada por Lean –mirando con una lente macro por ejemplo-, que Lawrence habría sido capaz de ganar aquella guerra por sí mismo, con tal de que le hubieran puesto tres o cuatro de batallones de beduinos a sus órdenes (ganar aquella guerra, la Gran Guerra quiero decir, en todos y cada uno de sus frentes incluido el europeo y sus trincheras malditas).


Yo podría hablarles ahora de lo mucho que me fascina, por más veces que la vea, la homérica aparición de Omar Sharif en el skyline del desierto, comparable en impacto              psicológico colectivo –afirman algunos críticos- a la aparición del monstruo de Frankenstein en la homónima película de James Whale o al surgimiento de Darth Vader en la primera secuencia de “La Guerra de las Galaxias” de Lucas.

 

Podría hablarles de lo mucho que ha influido en la Historia del Cine este plano del diminuto jinete negro que poco a poco va agrandándose hasta desbordarnos; pero si empezásemos a desmenuzar esta genialidad no acabaríamos nunca, al menos no en este post, porque tendríamos que continuar, por pura justicia, con todas y cada una de las secuencias de la película, que se encadenan con milimétrica perfección de principio a fin: porque David Lean filmó de la mejor manera que un realizador pueda concebir en su cabeza cada detalle. Cinematográficamente hablando es “Lawrence de Arabia” una lección magistral en todos los ámbitos que una película pueda abarcar: guión, dirección artística, reparto, planificación, música, fotografía, sintaxis, sonido y pulso narrativo.


Hace veintitantos años, mi buen amigo Antonio López –que en aquel momento frecuentaba “Los siete pilares de la Sabiduría” con devoción contagiosa- consiguió trasmitirme en las muchas conversaciones que mantuvimos sobre el tema su fascinación por el personaje de Lawrence. Así, el “Lawrence de Arabia” de Lean pasó de ser un simple recuerdo de adolescencia en el Palafox a convertirse en una prioridad cinéfila, en una referencia obligada, en un mantra cuyos diálogos memorables me acompañarían para siempre: “yo llegaré a Áqaba; eso sí está escrito: ¡aquí!”.


Pero para llegar a Áqaba y disfrutar de sus jardines y de sus fuentes, además de cañones, hace falta disciplina, mucha disciplina, porque cruzar el desierto de Nefud no es cosa de broma: hay que montar sobre camellos impávidos durante las largas noches de hielo, y protegerse del sol y de su yunque inmisericorde durante el día interminable, y sobrevivir a arenas que son más letales que la traición de los hermanos, y alimentarse de comida bedú, buena comida, pero comida bedú al fin y al cabo…
Quiero ver, necesito ver “Lawrence de Arabia” una vez más. De cara al fin de semana, qué quieren que les diga, no se me ocurre un plan mejor.

Jose Manuel Albelda


 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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