La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”La torre de los siete jorobados”

24.07.2014 | 0 Comentarios
torrejorobados

La primera vez que vi “La torre de los siete jorobados” (Edgar Neville, 1944) fue en el año 2000, durante un viaje de trabajo a Valladolid. Había anochecido cuando regresé a la habitación del hotel tras una larguísima jornada de rodaje en que habíamos estado grabando a niños con parálisis cerebral en un centro de rehabilitación de la capital. Sin duda fue aquel un reportaje muy aleccionador, pero también muy duro psicológicamente hablando. Estaba tan cansado que sólo quería desconectar, y como ni siquiera me apetecía cenar, nada más entrar en el cuarto del hotel me dejé caer sobre la cama y encendí el televisor con el fin de adormecerme con su runrún. Procedente de algún canal vía satélite emergió entre las sombras un crepitar, y una viejísima película en blanco y negro que en un primer momento no fui capaz de identificar: estaba ya empezada, y aparecía un salón de juego decimonónico profusamente decorado, mesas de ruleta con damas atribuladas, muy concentradas en los secretos del azar, espesos cortinajes, miradas cruzadas, casticismo a discreción, cartoné, bordados y tafetán, algún que otro personaje chepudo y diálogos chisposos; pero, sobre todo, al fondo aparecía Don Robinson de Mantua, imponente individuo ataviado con una capa muy lóbrega, sombrero de copa y monóculo tan negro como opaco, ser majestuoso que desde la distancia le lanzaba gestos de complicidad al joven protagonista, Basilio, un jugador empedernido, pobre infeliz. ¡Hagan juego señores! “Al rojo e impar no; hágame caso, joven, mejor al negro”. A lo tonto a lo tonto me desvelé admirando aquella técnica insólita por la cual nuestro pobre Basilio conseguía ganar a la ruleta, una vez y otra, gracias a las indicaciones del caballero de la triste figura. 

Seguí mirando con curiosidad.

Y me quedé de una pieza cuando, de madrugada, el fantasma de Don Robinsón de Mantua se le apareció a Basilio en su propio dormitorio para explicarle lo siguiente: “yo no me suicidé: ¡a mí me asesinaron! Sin embargo, al venir a verte no me guía ningún rencor; no hay daño humano que se recuerde con odio cuando se traspasa el límite de las dos vidas”.


Sé que sonará pedante, pero pensé en el padre de Hamlet.

Y es que don Robinsón de Mantua requería al bueno de Basilio para que, como ser de carne y hueso que aún transitaba por el mundo de los vivos, le ayudase en una empresa tan arriesgada como sugestiva: proteger a su sobrina Inés de una calamidad que estaba a punto de abatirse sobre ella.

Qué gótica aquella historia de almas en pena y qué expresionista toda aquella puesta en escena. ¡Cuánta audacia y qué raudal de fantasía para tratarse de una viejísima película española de los cuarenta! ¿Cómo era posible que aquel entrañable casticismo de los diálogos, los decorados, la atmósfera, reverberaban tanto a los Mabuses de Lang y al Caligari de Wiene, al Golem de Meyrink, a Poe, a Lewis, a Whalpole, incluso al Quijote?


¿Quién era aquel realizador que había osado de urdir una trama así en celuloide, nada menos que una adaptación, recién terminada la incivil guerra nuestra, de la homónima y fantástica novela fantástica de Emilio Carrere “La torre de los siete jorobados”?

La respuesta la conozco ahora: Edgar Neville.

Edgar Neville fue muchas cosas a lo largo de su vida: la más importante de todas, además de ser amigo de Charles Chaplin, ser uno de los más grandes cineastas españoles, a la altura de Berlanga, Nieves Conde, Armiñán, Rafael Gil, Saura o Bardem.

Puede que ustedes no estén de acuerdo conmigo, pero yo a Neville le veo así: enorme.

La ciudad de Madrid ya no sería la misma desde que Neville la rodara en “La torre de los siete jorobados”. Madrid podía seguir teniendo y sus cocidos de legumbres con tocino y bola de pan con huevo, sus torrijas, sus guitarras a la vuelta de la esquina, sus chatos de tasca y sus callos de Lardhy, cómo no, pero Madrid, a partir de Neville y su torre de los jorobados también tendría misterio, duende, embozo, trama que trama. Madrid, Arco de Cuchilleros, Cava Baja, Plaza de la Villa, Madrid de túneles y pasadizos y catacumbas, Madrid de chocolate con churros, de coches de caballos, de Retiro y Museo del Prado, cómo no, pero Madrid también de ensueños, surreal, sima de abismos arquitectónicos imposibles. Como París. Como Londres. Como Viena. ¿Por qué no?


Aquella noche en aquella habitación de hotel en Valladolid “La torre de los siete jorobados”, aún no siendo la mejor de sus películas, me abrió la puerta al resto de la obra de Edgar Neville. Tardaría aún varios años más en poder disfrutar de otras joyas de su filmografía, como “El baile”, “El último caballo”, “El crimen de la calle Bordadores”, “La ironía del dinero”, “Nada”, “El malvado Carabel”, “Domingo de carnaval”, “La vida en un hilo”... Pero merecería la pena la espera.

No es el cine de Neville un cine difícil, pero tampoco es un cine simple. Su visión del Séptimo Arte es quizá tan teatral (en el buen sentido del término) como tragicómica; visión inteligente, pero no ácida; calculada, pero fría. Su cine es cine castizo, y qué, qué de qué, como también es un cine universal, un cine abierto al mundo. Una simple frase de un diálogo de Neville puede llegarte al alma; admirable era la forma que tenía Neville de componer un plano y de iluminar, y admirable era su delicadeza a la hora de dirigir a los actores, su astucia a la hora de elegir las historias para adaptar, su capacidad para parecer moderno en la puesta en escena, aún sin pretenderlo.

A quienes no estén familiarizados con su cine (no es fácil, salvo en las filmotecas, visionar retrospectivas de su obra) les diré que no es imprescindible iniciarse, como yo, con “La torre de los siete jorobados”. Es más, si me lo permiten, les propongo empezar preferiblemente por “La vida en un hilo” o “El baile”.

Cuando vean estas películas maravillosas querrán continuar con otras, y luego otras, y otras más, y no podrán detenerse del asunto de Neville hasta acceder a la totalidad de su cine. Tarea no del todo fácil, por cierto, porque muchas de estas películas no están comercializadas en soporte alguno.


Incomprensible descuido.

Twitter: José Manuel Albelda

 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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