La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”La Palabra”

31.01.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “La Palabra” (Ordet, 1955, C.T. Dreyer) fue gracias a José Luis Garci, en aquel bendito “¡Qué grande es el cine!” de Televisión Española. Aunque sólo sea por esto, siempre le estaré a Garci profundamente agradecido.

Aunque Garci me regaló, a principios de los 90, otras muchas cosas además de su propio cine: me reveló a Ozu y a Mizoguchi. ¿Quién podría ya arrebatarme el recuerdo de haber visto en sendas noches memorables aquel “Cuento de Tokio” o aquel “Intendente Sansho”. Esos tesoros son ya míos para siempre.

Es una obviedad mil veces reivindicada, pero yo creo que los cinéfilos de este país le debemos mucho al creador de “El crack”, “Las verdes praderas” y “Volver a empezar”. Como le debemos mucho al Carlos Pumares que asesoraba aquella Clave de Balbín, la del principio.

Y como le debemos, no ya mucho, sino todo, y no exagero, al mítico Alfonso Sánchez, maestro de críticos, del que estamos huérfanos desde hace 33 años. No se extrañen ante tanta precisión: uno cuenta los años, los meses y hasta los minutos y los segundos que le separan de aquellas personas admirables que un día dejaron huella.


Como siempre, me he desviado deliberadamente de lo que quería decirles, pero no me importa, porque Alfonso Sánchez es una carretera secundaria que a todo cinéfilo veterano le es grato recorrer alguna vez.

Les decía que a Garci le debo el haberme presentado al mejor Dreyer, (por otra parte, el más importante cineasta que haya alumbrado Dinamarca con el permiso del señor Lars Von Trier), aquel Dreyer que trasciende su propia obra maestra de juventud, “La pasión de Juan de Arco”: hablo del Dreyer último, el de la madurez, el Dreyer de “Gertrud” y de “Dies Irae”. El Dreyer de “La Palabra”, la película que nos ocupa.

¿Cómo podría explicarles lo que es “La Palabra” a quienes no la han visto aún?

Ignoro si disfrutan ustedes tanto como yo adentrándose en los cuadros de pintores nórdicos como el noruego Munch o el finlandés Gallen-Kallela: imágenes duras, enigmáticas, trazos afilados como cuchillas de patines para el hielo, sugestivos paisajes desolados exteriores e interiores, que a los espectadores del Sur de Europa, por ajenos, se nos aparecen mesméricos, casi marcianos. Si les resulta grato recorrer estos universos gélidos permitan que les acerque hasta la obra de un danés al que tal vez ustedes ya conozcan, Vilhelm Hammershøi: porque ver un cuadro de Vilhelm Hammershøi es penetrar visualmente en “La Palabra” de Dreyer. Y al revés.

Dreyer se inspiró en la obra de este compatriota suyo que transitó discretamente entre los siglos XIX y XX para ambientar artísticamente la que sería su penúltima película: las sombras, las esperas, los ángulos, el silencio y los espacios de “La Palabra” son exactamente los de los cuadros de Hammershøi. Salvando las distancias, salvando los diferentes periodos pictóricos y salvando las aguas de sus respectivos mares y océanos, yo diría que los personajes de Hammetrsøi bien podrían ser los mismos de un Edward Hopper.

Pero como podrán ustedes imaginar, el valor de “La Palabra” de Dreyer no reside únicamente en su fuerza visual, por poderosísima e inimitable que ésta sea. No. “La Palabra” de Dreyer es la mejor película sobre la Fe que se haya filmado. Ahí queda eso.

¿Por encima de “El Evangelio según San Mateo” de Pasolini?

Sí.

¿Y por encima de “El árbol de la Vida” de Malick?


Desde luego.

Hay en “La Palabra” tipos humanos tan reales, tan ciertos, tan universales, que por muy ambientada que esté la película en una insignificante granja de la Jutlandia danesa de principios del siglo XX donde reside una asfixiante comunidad protestante de familias espiritualmente enfrentadas, es imposible no sentirse identificado con alguno de estos personajes atravesados por el prodigio. Personajes que creen, o que no creen, y que sufren, y niegan, y buscan, y que se inflaman en las llamas de la duda, personajes que nacen y mueren.

 ¿Acaso puede filmarse un milagro sin que un cineasta –Dreyer en este caso- tome partido por la opción de la Fe o de la Razón? ¿Se puede salir airoso de semejante reto sin despeinarse?

En efecto, se puede.

Porque “La Palabra” es la historia de una resurrección, no ya de la carne, que también, sino de del regreso milagroso a la vida, a la ternura, a la reconciliación imposible y al amor por parte de un pequeño grupo de seres que se hallaban cercanos en el espacio pero que permanecían a años luz los unos de los otros a causa de un rencor, de una obstinación, de una teología diferente… o quién sabe de qué cosa después de tantos años, que diría Ricardo Franco.

Si consigo convencerles de que se adentran en “La Palabra” de Dreyer recuerden esto: las miradas de sus personajes les resultarán tan insólitas que ya nunca podrán olvidarlas: en un primer momento, si no están ustedes acostumbrados a la personalísima técnica narrativa de este cineasta danés, quizá les parezcan miradas perplejas, miradas absortas, miradas perdidas. Nada más lejos de las intenciones de realizador genial que no conoció la gloria universal en vida. En realidad, la mirada de los personajes de Dreyer, “la mirada Dreyer”, desciende en ángulo desde lo alto hacia un espacio que bien podría ser la cuarta pared nuestra, pero que tampoco lo es.


Porque los personajes de Dreyer no nos miran a nosotros, ni tampoco buscan el eje de la cámara como lo harían los actores de Yasuhiro Ozu. Sonará ostentoso, pero no hay otra forma de expresarlo: los personajes de Dreyer traspasan la carne con su mirada, y trascienden la materia, las mesas, los suelos y las estancias cerradas, y nos sobrepasan y nos rebasan dos o tres pueblos incluso a nosotros, el público.

Esto es así porque Dreyer supo filmar como nadie la fuerza que se desprende al dirigir los ojos al infinito.

José Manuel Albelda


 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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