La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”La delgada línea roja”

19.07.2013 | 0 Comentarios
La delgada linea roja

La primera vez que vi “La delgada línea roja” (Terrence Malick, 1998) lo hice musicalmente inducido por un compañero de trabajo, Rafa Valcarcel, -veterano realizador con el que tantas cosas sabias aprendí sobre mi profesión estando en su compañía-, que me había aconsejado encarecidamente que antes de ver esta película escuchara su banda sonora, compuesta por Hans Zimmer. Es bien sabido que existen bandas sonoras que pueden ensalzar una película y expandir sus cualidades, del mismo modo que, al revés, hay bandas sonoras que enfangan un film, lo estorban, hasta el extremo de impedir que éste alce el vuelo. Aunque Zimmer es, probablemente, el compositor de Hollywood que más se inspira en su propia obra a la hora de componer cada nueva partitura, y aunque no son pocos quienes critican que las melodías zimmerianas se parecen tanto entre sí como para ser prácticamente indistinguibles entre una película y otra (“Origen”, “Gladiator”, El caballero oscuro”, “Pearl Harbour”…), lo cierto es que este “rey Midas” de los ‘soundtrack’ de encargo es eficaz -como pocos músicos- en el arte de subrayar lo que de bueno tienen aquellas historias que los cineastas ponen en sus manos. En el caso de “La delgada línea roja”, cualquier futuro espectador que no haya visto la película, al igual que me sucedió a mí, podrá, con sólo escuchar un tema como “Journey to the line”, piedra angular de la partitura, intuir a través de ésta música luminosa que maneja algo muy serio entre las manos.

 

 

 

A principios de 1999 yo aún no había visto nada de Terrence Malick. Sabía, sí, que era el más insólito eremita cinematográfico después de Stanley Kubrick (que aún no había fallecido) y que “Días del cielo” y “Malas tierras” eran dos de tantas obras maestras con las que yo aún tenía una cuenta pendiente.

Vuelvo a Zimmer. Recuerdo una noche en la que, a eso de las once o las doce, después de una larguísima tarde de trabajo en la que había escuchado repetidamente el score de “La delgada línea roja” en la cabina de montaje mientras sonorizaba un documental, recalé en uno de esos pequeños centros comerciales noctámbulos, esquinero para más señas, donde se expenden hasta las tantas de la madrugada desde emparedados de jamón y queso hasta teléfonos móviles. En un cesto, revuelta entre otras baratijas, destacaba una preciosa caja blanca de cartulina encelofanada -versión edición especial- de “La delgada línea roja”. En VHS, claro. 950 pesetas -creo recordar- costaba. Llamen a este fortuito encuentro sincronicidad o, simplemente, atención selectiva. Lo cierto es que me dije “ven con papá”, y compré mi cinta.

 

 

 

“La delgada línea roja”, ambientada en la Batalla de Guadalcanal, no es una película de guerra aunque sea una de las películas de contexto bélico más bellamente filmadas; ni siquiera, estrictamente, es una película antibelicista en el sentido del “Remordimiento” de Lubitsch o de “El cazador” de Cimino. No. “La delgada línea roja” es otra cosa. Es, como buena parte del Malick actual, el Malick de la colosal “El árbol de la Vida” y el Malick de la fallida “To the wonder”, poesía filmada, filosofía en movimiento, espiritualidad impresa en celuloide, más o menos certera, más o menos heterodoxa, cine odiado u amado con furia de guerrero espartano en función de las expectativas y de las capacidades de cada espectador, pero, en todo caso, cine único.

Lo confieso. Amo esta película con todas mis fuerzas aún siendo consciente de sus defectos.

 

 

Amo una de las secuencias iniciales en que contemplamos el hacinamiento de los soldados en las lanchas, sus rostros compungidos durante el desembarco, la angustiosa espera, el miedo que a todos iguala. Y me sobrecoge cómo emerge la voz en off de Jim Cavieziel, el soldado Witt, que no entiende de dónde brota ese odio que tan profundas raíces ha engarzado en el corazón humano y que empuja al uno contra el otro, al Otro contra el Uno. Los travellings que sobrevuelan al ras las praderas de la isla, la naturaleza omnipresente que trasluce más de lo que parece como una especie cortina de lo trascendente, los flashback paralelos que evocan recuerdos del hogar, tan dulces y tan crueles según se va desplegando cada una de las historias personales de los soldados: todas esas cosas grandes y pequeñas convierten a “La delgada línea roja” de simple objeto fílmico en una indispensable obra arte. Adoro las notas de Zimmer, sus cuerdas, sus sintetizadores, sus crescendos inacabables, incluso su retroalimentación melódica a la que algunos denominarían puro y duro reciclaje. Sean Penn, Nolte, Travolta, Elias Koteas, John Cussack, Woody Harrelson, Ben Chaplin… todos, con más o menos participación a lo largo del metraje de la película (el cineasta tejano es un juez implacable cuando mete su tijera en el montaje), sacan lo mejor de sí en manos de Malick. De hecho, dejan de ser ellos en manos de Malick.

Porque en “La delgada línea roja” todo se transforma en otra cosa. Incluso nosotros mismos, los espectadores. Es lo que tiene ponerse en manos de Malick.

 

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JMALBELDA_CINE

Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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