La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Europa”

22.05.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “Europa” (Lars Von Trier, 1991) fue durante mi segundo año de universidad: el periodista y escritor Pedro Sorela, por entonces profesor de Redacción Periodística en Ciencias de la Información, propuso a los alumnos una curiosa actividad lectiva consistente en realizar un visionado crítico de “Europa”, segundo largometraje de cierto cineasta danés por entonces relativamente desconocido (el Lars Von Trier subterráneo de principios de los noventa, aquel que todavía no había alumbrado su célebre manifiesto “Dogma”, no era aún el Lars Von Trier epatante de ahora).

“El ejercicio consiste -indicó Sorela- en escribir no una, sino dos críticas acerca de esta película. Cada alumno, de hecho, me entregará dos hojas mecanografiadas: quiero que parezca como si cada una de esas dos críticas hubiera sido redactada por una persona diferente”.

Se trataba de incitar a los alumnos a bifurcar sus estilos: uno de los textos debía ser económico en su sintaxis, telegráfico, y muy pudoroso en el uso de adjetivos; el otro texto, yuxtapuesto del primero, tenía que ser justo lo contrario: abundante en epítetos y repleto de oraciones subordinadas.

La propuesta me pareció estimulante.

Vimos “Europa”, y lo que vimos no se asemejó a ninguna otra película que hubiéramos visto antes. Por lo menos, que yo hubiera visto.


Y sin embargo “Europa” plantea una interesante paradoja: en “Europa” todo tiene atmósfera de pesadilla ciertamente familiar, de sueño delirante que uno hubiera experimentado tiempo antes, quién sabe cuándo. Se ve “Europa” por primera vez y se tiene la sensación de que lo que allí aparece, por extraño que sea, resulta a un mismo tiempo tan lejano como próximo, en plan “déjà vu” onírico contradictorio, zoom in zoom out, como si todo atañera bastante a nuestro propio pasado, quién sabe si no tanto. ¿Esta desorientación no es, acaso, uno de los atributos de la hipnosis?

Porque “Europa” no sólo comienza con una sesión de hipnosis; en sí misma es una sesión de hipnosis:

 
“Europa” no es una película rodada exclusivamente en blanco y negro pero tampoco es una película rodada en color. “Europa” contiene una puesta en escena desdibujada deliberadamente, y alberga una paleta cromática imposible de describir, visceral, abrupta, plena de claroscuros, obra en todo caso de un visionario o de un enajenado. Tal vez de ambos. Sólo muchos años después, 5.000 películas después, entendería yo que Tarkovski, el mayor genio que haya ofrecido el arte ruso contemporáneo, muy bien podría haber firmado la escenografía –que no el guión- de esta “Europa” de Lars Von Trier. Pero, claro, en el año 91, es decir, 5.000 películas antes, yo no era aún consciente de que Von Trier ha sido, probablemente, el más devoto admirador de Tarkovski. Puede que mucho más devoto que su compatriota Sokurov.


Yo lo único que sé es que aquella tarde en el cine Alexandra de la calle San Bernardo, viendo “Europa”, fue como si me abriese una puerta a un universo paralelo, y como si una ráfaga de viento, acaso un huracán, me golpease el espíritu.

Al día siguiente, como el resto de los alumnos, entregué a Pedro Sorela el ejercicio con mis dos críticas de “Europa” cosidas por una grapa. Y Sorela, al azar, extrajo del montón de hojas uno de los ejercicios para que fuera leído en voz alta por el autor. Cuando le escuché pronunciar mi apellido, tragué saliva y me puse rojo como un tomate. Explicaré por qué: yo había escrito, en efecto, tal y como Sorela había pedido, sendas críticas sobre “Europa” con sus respectivos estilos de redacción bien diferenciados entre sí, solo que yo, con el fin de echarle un pelín más de sal al asunto, había elaborado aquellas críticas no sólo contraponiéndolas en su forma externa sino también en su contenido: en una denostaba con saña la película “Europa” como si fuera el peor de los bodrios, y en la otra ensalzaba el film como si fuera la mejor película que hubiera visto en toda mi vida. Sólo para rizar el rizo.

Después de haber concluido dicho divertimento me arrepentí, solo que ya era tarde.

Salí al encerado a leer aquellas mis dos críticas de “Europa”, tan irreconciliables como furibundas en sus embestidas y en sus respectivas defensas. Y pasó lo que tenía que pasar: hubo carcajadas, estupor y murmullos por parte del auditorio. Pedro Sorela no abrió la boca durante mi lectura de los textos.

Cuando terminé, Sorela hizo un único comentario esbozando una media sonrisa como quien ya ha visto toda suerte de números circenses dentro de un aulario: “Respecto a “Europa”, ¿la amas o la odias?”.

Muy azorado, aclaré que en realidad la película me había gustado mucho; tanto, que pensaba volver a verla en cuanto tuviese la menor oportunidad.

Sorela, tan conciso como categórico, añadió: “yo trato de no ver la misma película dos veces. Prefiero conservarla en el recuerdo para que no me defraude. Por otra parte, la vida es demasiado corta y hay demasiado buen cine que espera a ser visto”.

Entonces, con mis 20 años recién cumplidos y la vida por delante, no entendí aquello. Ahora, 5.000 películas después, sí que lo entiendo, aunque no lo comparta.
Habré visto “Europa”, al menos, seis o siete veces.

Amo, pues, “Europa”. Como amo “Rompiendo las olas”, “Bailar en la oscuridad”, “Dogville” y “Melancholía”, las obras que más me han impresionado de Lars Von Trier, un cineasta dicotómico y convulsivo que entra en contradicción consigo mismo y con su concepción de la existencia a la menor oportunidad.

Twitter: José Manuel Albelda


 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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