La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”El último hombre vivo”

30.04.2014 | 0 Comentarios
hombrevivo_121

La primera vez que vi “El último hombre vivo” (The Omega man, Boris Sagal, 1971) fue durante el amanecer de un domingo triste. Acababa yo de regresar a casa un poquito mustio, y muy cansado, después de una larguísima madrugada en el aeropuerto de Barajas en que había  ido a despedir a una persona muy querida que acababa de coger un vuelo hacia Polonia para un largo viaje de trabajo. Recuerdo que la noche anterior La 2 de Televisión Española había emitido “El último hombre vivo”, y recuerdo también que yo había programado el vídeo con el fin de grabar esta película para verla en cuanto llegase a casa; tenía curiosidad, porque se trataba de la segunda adaptación cinematográfica de “Soy leyenda”, magnífica novela de Richard Matheson que yo había leído tiempo atrás, y en la que se narraba la infortunada existencia de Neville, único superviviente humano en un mundo post nuclear poblado exclusivamente por vampiros, o, para ser más precisos, por no muertos (si no la conocen, no se confundan: “Soy leyenda” es literatura fantástica pata negra; nada que ver son las actuales sagas crepusculares).

Lo cierto es que aquella mañana, al regresar de Barajas, yo me sentía igual que Neville: como el último hombre sobre la Tierra.

Había conducido desde el aeropuerto sin el menor contratiempo. A las seis de la mañana de un día festivo no se veía ni un alma en aquella Nacional II sobre la que fulguraban los primeros rayos de sol: no exagero si digo que mi coche era el único vehículo que circulaba por la Avenida de América, la entrada a Madrid más cinematográfica que ha existido nunca, aquella que mi admiradísimo Antonio López inmortalizara desde la atalaya de Torres Blancas.



Nada más iniciarse aquel prólogo que precede a los títulos de crédito de “El último hombre vivo” me sentí plenamente identificado con su protagonista: Neville (Charlton Heston) conduce su descapotable rojo por una desolada ciudad de Los Ángeles en la que aparentemente no sucede nada. Silencio. Soledad. Vacío por todas partes. Calles y más calles desiertas. ¿Dónde están todos? Rememorando esta secuencia impresionante, el espectador se pregunta cómo demonios se las arregló el equipo de rodaje de “El último hombre vivo” para esconder en aquel año 1971, fecha muy anterior a la era de los retoques digitales, a todos y cada uno de los habitantes naturales de la gran ciudad de Los Angeles. Pero, a lo que iba: el descapotable rojo de Neville se ha detenido en seco y vemos a Heston apuntar con su ametralladora contra una ventana; una vertiginosa ráfaga desvela al espectador que un peligro sin nombre acecha. Emerge el logo de la Warner Bros. Surgen entonces unos créditos en tipografía setentera arrullados por una de las sintonías fílmicas de apertura más evocadoras que yo haya escuchado: la melodía compuesta por Ron Grainer nos recuerda aquella extraña grandeza de ciertos westerns crepusculares.


Esos primeros cuatro minutos de “El último hombre vivo” hacen que esta película merezca la pena, aunque el resto del metraje, según va desarrollándose la trama, naufrague.
Yo creo que existen películas malas, incluso muy malas, que debieran ser salvadas de la quema aunque sólo fuese por contener una secuencia, una sola, que las dignifica: “El último hombre vivo” es una de esas películas, como también lo es la fallida “Millenium”, de 1989, dirigida por Michael Anderson (no confundir con la trilogía de filmes inspirada en los libros de Stieg Larsson), que incluía uno de los inicios más prometedores que se han rodado alrededor de una catástrofe aérea.


Volviendo a “El último hombre vivo” no resulta fácil defender con argumentos racionales, convincentes, su espíritu decididamente kitsch: muy pronto, el misterio y la sorpresa de los primeros minutos se disuelven como un azucarillo en un café de recuelo. El resto de la banda sonora es vulgar, insípida, exenta del rapto de inspiración de su prólogo. Tampoco el guion, sinceramente, está a la altura de la densa amargura que envuelve la prosa de la novela original; los personajes, según van surgiendo de las sombras, incurren en el ridículo más espantoso por causa de un maquillaje inverosímil, o por demasiadas líneas de diálogo ramplonas. El casting, a excepción de Heston y su infortunado antagonista, el vampiro Matthias (Anthony Zerbe), es un disparate.


El montaje, la realización, el vestuario, la fotografía de interiores, son tan torpes como los de ciertos “giallos” de cuyos nombres no quiero acordarme. Decididamente, es “El último hombre vivo” una adaptación de la novela muy inferior a su anterior versión, el film titulado “El último hombre sobre la tierra” (The last man on Earth,  Ubaldo Ragona y Sidney Salkow, 1964),  protagonizada por Vincent Price, mucho más profundo, más sobrio, y más coherente en su conjunto.

Respecto a la reciente “Soy leyenda” (I am legend, Francis Lawrence, 2007), protagonizada por Will Smith, considero que es preferible mantener silencio.
Con todo, como el corazón tiene razones que la razón no entiende, he de confesarles que “El último hombre vivo”, la película que vi por primera vez durante cierto amanecer lánguido de domingo, es mi opción preferida. Pienso en Heston: le recuerdo conduciendo su auto imponente, le veo jugar al ajedrez frente a un busto de Julio César como único contrincante, tan solitario, tan desesperado, le observo adentrarse en aquella sala de cine abandonada para realizar un inverosímil visionado del documental de Woodstock, veo todo eso, lo recuerdo como si fuera hoy, y siento cómo se me echan los años encima. No puedo por menos que sentir ternura, y mucha, mucha nostalgia.

José Manuel Albelda

 

(If you're a human, don't change the following field)
Your first name.
3 + 16 =
Para prevenir spam automático, por favor, resuelve esta pregunta de matemáticas.
JMALBELDA_CINE

Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

Artículos anteriores

La Encuesta

¿Podemos permitirnos mas tiempo sin Gobierno?
¿Podemos permitirnos mas tiempo sin Gobierno?
Si
63.3%
No
36.7%