La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”El padrino”

11.10.2013 | 0 Comentarios
elpadrino470

La primera vez que vi El Padrino (“The Godfather”, Francis Ford Coppola, 1972) tenía 16 años. La vi gracias a una cinta de vídeo alquilada en un videoclub de barrio de cuyo nombre no quiero acordarme. No puedo decir que disfrutara mucho con la experiencia. Me aburrí e incluso -creo recordar- que hubo alguna que otra pulsación al avance rápido del mando.

Lo he dicho ya en otros post: nunca, nunca, ¡nunca! es buena cosa visionar los grandes clásicos por compromiso, por aquello de cumplir con el trámite de dejar vista una determinada película, ya saben ustedes, ver cine en plan “una cosa más que queda hecha”.

Las películas deben llegar hasta nosotros en el momento justo, ni antes ni después. Algo parecido decía Gandalf de sí mismo en “El Señor de los Anillos”, y creo que tenía razón, porque digo yo que una verdad que sirve para un buen mago bien puede valer también para el buen Cine.


 

Es fácil que el cinéfilo -sobre todo cuando éste es aún adolescente- tenga el apremio de ver aquellas películas que la mayor parte de los críticos considera imprescindibles; pero esta costumbre es un poco como la prisa que lleva el carterista, comprensible aunque perniciosa, y creo, de hecho, que es una especie de urgencia cultural que en los últimos años se ha convertido en un mantra insoportable: “¡100, 500, 1000, 10000 películas que deberías ver antes de morir!”.

Quien dice películas dice libros, discos, cuadros, hoteles con encanto o recetas de cocina oriental.

Y si no lo hago, ¿qué pasa?

Pues no pasa nada, porque para morirse con prisa, con el tiempo justo, por haber estado uno demasiado ocupado trajinando con imperativos categóricos culturales, mejor dejarlo y no morirse. En todo caso, y si esto último no fuera posible, mejor morirse un poco menos culto pero morirse más calmado.

Yo pienso que nada ni nadie debiera hacernos sentir culpables por el hecho de que no hayamos visto una determinada película, ya sea El sueño eterno, Lo que el viento se llevó o Centauros del desierto. 

Entiéndaseme bien: yo amo todas estas películas que acabo de citar, y considero, desde luego, que existen películas prioritarias respecto a otras, y creo firmemente que es preferible, por ejemplo, alimentarse bien con todas y cada una de las obras de Dreyer o Bergman que engullir cada nueva entrega apocalíptica de Roland Emmerich; pero esa preferencia mía es un criterio que rige sólo para mí: todo lo más puede convertirse en una propuesta, en una invitación al otro, al espectador de al lado, y no en una ley universal de kantiana imposición a quienes, quizá, no comparten mis mismos intereses, mis gustos o mis expectativas. Lo que quiero decir es que el buen cine nos esperará siempre.

Pero creo que me he desviado de la cuestión. ¿De qué les hablaba yo antes? ¡Ah, sí, de El Padrino!

Lo que son las cosas. El Padrino, a fecha de hoy, se ha convertido una de mis películas de cabecera. Vaya cambio, ¿no?

No recuerdo cuando empecé a adorar El Padrino, pero sí sé que después de aquel visionado infausto en VHS de 1987 la seducción definitiva no llegaría al verla restaurada, años después, en los cines Alphaville de Martín de los Heros, ni tampoco cuando escuché por primera vez las voces de Marlon Brando, Al Pacino o Robert Duvall en su versión original. No. El cambio de mi perspectiva respecto a El Padrino no consistió tanto en redescubrir su forma externa, su dirección artística retro o su fotografía impecable, como en apreciar de verdad su magnetismo literario, esto es, su guión.

Poco a poco noté, con 20, con 21, con 22 años -no puedo precisar el momento exacto- que, a fuerza de revisitarlos en inesperados pases de televisión, los diálogos de El Padrino se habían incorporado a mi vida como si aquella familia italoamericana memorable, los Corleone, fuera ya un poco como mi propia familia, como si Sonny, Fredo, Connie y Michael fueran algo así como parientes lejanos. O no tan lejanos. Vaya monstruosidad, dirán ustedes: menuda peligrosa filiación sentimental ha ido a buscarse el caballero. La mafia, nada menos…


¡Que hablo de cine, demontre, de ficción, y de la familia Corleone, no de la familia Manson!

 

Tratándose de El Padrino es inevitable no acabar subyugado por la influencia de esta prole inolvidable de sicilianos. Coppola –y Puzo, el guonista- hicieron pero que muy bien su trabajo de adaptación: consiguieron que sustancias tan execrables el crimen organizado, los negocios ilícitos y la venganza implacable en nombre del honor de la famiglia fueran contemplados desde una óptica hasta ese momento inédita en la historia del cine. No con simpatía, pero sí con cierta conmiseración. Cuidado, porque esta perspectiva es muy delicada. No es que el mal no sea el mal y el bien no sea el bien en El Padrino –frontera que se sí difumina deliberadamente en películas contemporáneas como las ultraviolentas y ambiguas “Grupo salvaje” de Peckimpah o “Bonnie and Clyde” de Penn- sino que, más bien, en el caso de la película de Coppola, nosotros, los espectadores, aún siendo gente de bien, sufrimos algo así como un arrastre inevitable hacia el lado oscuro de la condición humana: al comienzo de la película, en la secuencia de la boda de Connie, la hija de los Corleone, nos sentimos plenamente identificados con la inocencia de ese Michael Corleone héroe-de-guerra-enamorado-de-su-novia-Kay que no quiere saber nada de los negocios turbios de sus parientes; hasta que, ¡ay!, avanzan la trama y la vida, y todo cambia: el padre, don Vito, sufre a las puertas de aquella maldita frutería los disparos a quemarropa  que le dejarán postrado en una cama, golpe inesperado que sumirá al resto de la familia en el desconcierto y situará al clan, en la práctica, a merced de sus enemigos. ¡Ah, entonces el destino, ah, la forza del destino! “Sonny, Fredo, consigliere, -clamamos nosotros, el público- ¿es que no vais a mover un dedo por ayudar a vuestro padre?”. A esas alturas de la película, cuando Michael Corleone junto a Enzo, el pastelero, salva al anciano patriarca del acecho del segundo asesino a sueldo en la memorable secuencia del hospital, en ese momento exacto en que Michael empieza a tomar conciencia de que o toma él las riendas o ha llegado el final para la familia… los espectadores estamos para entonces tan atrapados en el abismo de fatalidad como el propio hijo menor de los Corleone. Ya no hay vuelta atrás.

 

Y es que, o se está con la famiglia o se está contra ella.


Conseguir que el espectador realice esa pirueta moral y salga de la sala de cine sin sentirse culpable es un prodigio: Coppola y Puzo lo consiguieron en El Padrino.


Aunque no es menos cierto que la tarantela, los spaghetti con albóndigas y salchichas de Clemenza, el mentón de Brando y el arte de Nino Rota ayudaron también lo suyo.
 
  José María Albelda

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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