La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”El hombre elefante”

12.09.2013 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi El hombre elefante (“The elephant man”, David Lynch, 1980) fue en 1987 y he de decir -no me avergüenza reconocerlo- que lloré. Lloré de emoción, y de tristeza, por la historia verídica en que está inspirado su guión, pero, sobre todo, lloré de impotencia, porque durante varios años yo había estado muy desinformado acerca de la maravillosa obra de arte que se ocultaba bajo el extraño título de esta película.


Para comprender por qué digo esto último tenemos que retroceder hasta el año de su estreno, 1980, el año en que también se estrenó “El resplandor”; si se acercan conmigo hasta entonces podrán verme en un rinconcito del patio de mi colegio, y me encontrarán metido en un corrillo junto a otros críos que escuchan con estupor y ojos de plato cómo un compañero de clase les relata lo que él cree el argumento de El hombre elefante:


-¡Mi hermano mayor la ha visto el otro día –explica el infeliz, muy exaltado, agitando las manos- y me ha dicho que es un película de terror que va sobre un monstruo deforme que está lleno de venas que se le salen por los ojos, un monstruo que mata a la gente aplastándola y reventándola por dentro!


Ya ven lo que pasa. Tengan compasión de aquel mico, de aquel fabulador infantil que, como yo, como el resto de los que allí escuchamos, tiene una imaginación tan calenturienta como lo que dan de sí sus ocho añitos recién cumplidos. ¡A saber lo que le habrá explicado en realidad su hermano sobre El hombre elefante, a saber si de verdad éste la ha visto, y a saber qué habrá añadido el niño de su propia cosecha antes de filtrarnos su contenido!

Lo cierto es que desde el año 1980 yo fui por la vida creyendo que El hombre elefante era una película de terror repleta de los más inimaginables espantos, lo que hoy día llamaríamos una cinta “gore”, hasta que cierta noche, allá por el 86, el impagable Carlos Pumares citó de pasada la susodicha película dentro de su programa radiofónico “Polvo de estrellas” de Antena 3, y (me) esclareció el malentendido: El hombre elefante no era una cinta de terror, sino un drama biográfico ambientado en la época victoriana, y estaba basado en una historia real, la trágica historia de Joseph Merrick (John Merrick en la película de Lynch), un joven británico que vivió en Londres durante la segunda mitad del siglo XIX aquejado de una rara enfermedad que deformó su cuerpo hasta límites inimaginables, un mal incurable que acabaría prematuramente con su vida a la edad de 27 años. Al parecer –explicó Pumares- el caso de Merrick fue profusamente documentado en la literatura médica de inglesa y dio lugar a varias obras artísticas inspiradas en su triste vida, entre otras, una pieza teatral interpretada por el mismísimo David Bowie, así como la película que ahora nos ocupa, El hombre elefante, probablemente, la más asequible cinta de toda la carrera cinematográfica de David Lynch (no debemos olvida que El hombre elefante fue nominada nada menos que a ocho Oscars, si bien, al final, no obtuvo ninguna estatuilla).


Aclarado el disparate argumental que yo tenía instalado en mi cabeza, aún tardaría un año más en poder ver El hombre elefante.


Véanme ahora en el 87: ¡albricias! Por fin un vídeo VHS ha cruzado el umbral de nuestra casa. ¡Ya somos tan modernos como los que más! Dicho esto, una de las primeras películas que alquilaré en el vídeoclub de la calle Clara del Rey ubicado enfrente de la puerta de mi colegio será El hombre elefante.


Y El hombre elefante me descubrirá muchas cosas: la primera de ellas, la bondad y la inocencia del protagonista, Merrick, al igual que la infinita maldad de sus semejantes, seres verdaderamente retorcidos, de alma y de pensamiento.


En segundo lugar, me descubrirá el cine de Lynch, lo cual ya es mucho. El mundo, si no lo saben se lo digo yo, se divide entre los que aman y los que odian a David Lynch. Yo, qué le voy a hacer (surrealista que es uno), estoy incondicionalmente dentro del primer grupo: porque El hombre Elefante sería sólo un aperitivo de lo que me esperaría después; poquito a poco, en televisión o en pantalla grande, irían llegando los  platos fuertes, Terciopelo Azul, Corazón Salvaje, Carretera Perdida, Una historia verdadera, Mullholand Drive...
Más allá de Lynch, con El hombre elefante descubrí al gran Anthony Hopkins. Al verdadero Anthony Hopkins, al Hopkins en los años ochenta y los setenta, al Hopkins que era por aquella época un contenido actor de perfecta dicción y milimétrico gesto que aún no había sido desbordado por los excesos de los Hannibal Lecter y demás devoradores cinéfagos…


Y descubrí, debajo de una tonelada de látex y maquillaje, al inmenso John Hurt, uno de mis actores preferidos de todos los tiempos: un actor que puede salvarte la vida o congelarte la respiración, lo que son las cosas, con una sola mirada.


Me maravilló aquella fotografía en blanco y negro, austera, penetrante, de Freddie Francis, genio al que tiempo después redescubriría no sólo como director de fotografía sino como reputado cineasta del género de horror, un territorio que él frecuentaría con éxito durante los años 70 dentro de los inconfundibles sellos británicos Hammer y Amicus.
Por último, reservándose para el final de la cinta como si fuera un diamante en bruto pero inadvertido hasta entonces para mí, descubrí a Barber, a Samuel Barber y a su “adagio para cuerdas”, una de las más bellas obras musicales que haya compuesto ningún ser humano (Oliver Stone, como Lynch antes que él, también sucumbiría a la tentación de emplear esta misma partitura para enfatizar las disquisiciones filosóficas del protagonista de su “Platoon”).


Si no la han visto, no tengan, como yo, por desorientación o por prejuicio, miedo a la película El hombre elefante, y entréguense a ella con confianza: porque El hombre elefante pertenece a esa rara categoría de obras del Séptimo Arte que, como “El pequeño salvaje”, como “Juegos Prohibidos” o como “Dersú Uzalá” (¿por qué será que precisamente me han venido estos tres ejemplos a la cabeza?), hacen de Cinelandia, el hábitat natural los enamorados del celuloide, un mundo mejor.
 

José Manuel Albelda

 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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