La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”El fantasma de la Libertad”

10.09.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “El fantasma de la Libertad” (Le fantôme de la Liberté, Luis Buñuel, 1974) fue hace 3 años: he de reconocer con gran bochorno que, un día antes de verla, yo ni siquiera sabía de su existencia. Esa ignorancia acerca de determinadas obras maestras, películas enormes de las que, por el motivo que sea, uno no ha tenido la menor noticia hasta un determinado momento de su vida es lo que yo denomino agujero negro cinéfilo.

Yo padezco en mi memoria cinematográfica muchos de esos agujeros, y hubo un tiempo en que me avergonzaba profundamente de ellos. Ahora he aprendido a disculpármelos, a captarlos.

Una mañana de primavera en que a la hora del café charlaba yo sobre surrealismo y cine con mi buen amigo y compañero de trabajo Rafael Sánchez, comenzamos los dos a debatir sobre cuál era la película de Buñuel más importante de su filmografía: ¿”El ángel exterminador”? ¿”Tristana”? ¿”Un perro andaluz”? ¿”Las Hurdes”?  ¿”Viridiana”? ¿”Belle de Jour”?. Al margen de todas estas películas, Rafa me habló acerca de un título que en aquel momento me sonó absolutamente desconocido: “El Fantasma de la Libertad”.

Rafa estaba asombrado: ¡Cómo! ¿Qué no has visto aún “El Fantasma de la Libertad”? Es magnífica. Verás lo que es surrealismo en la famosa escena donde se grita aquel terrible ¡vivan las “¡caenas!”.

Cuando alguien a quien aprecio me recomienda con tanto énfasis una determinada película de la que yo lo ignoro todo, mi curiosidad crece exponencialmente. Lo cierto es que apenas ocho horas después de aquella conversación yo ya tenía en mi poder una copia de “El fantasma de la Libertad”. El resto se lo pueden imaginar…




Miren: yo creo que sólo tres cineastas han sabido reproducir con exactitud la lógica de los sueños, captarla en tres filmes excepcionales: lo consiguió Orson Welles en El Proceso; lo consiguió Roman Polanski en La semilla del diablo; y, claro está, lo consiguió nuestro Luis Buñuel en la que sería su penúltima película, “El fantasma de la Libertad”. Sé que ha habido otros muchos surrealistas que han escenificado los sueños en celuloide, pero aquí y ahora he de hacer una criba que haga justicia a los mejores, destacarles sobre todos los demás que lo han intentado. Porque ni Cocteau, ni Hitchcock, ni Lynch, ni Guy Maddin, ni siquiera, más recientemente, Nolan en “Origen”, a pesar de ser todos ellos creadores impecables que se sumergieron con eficaz elegancia en los diferentes distritos de lo onírico, lograron, desde mi punto de vista, captar con fidelidad la esencia primordial de que están compuestos los sueños, esos objetos desconcertantes a los que el mismísimo escritor Edgar Allan Poe llamó "pequeños pedacitos de muerte". 




Estoy convencido de que Poe tenía razón: los sueños y la muerte en el fondo son muy parecidos. Con frecuencia se olvida que los sueños y su reverso tenebroso, las pesadillas, son, esencialmente, verosímiles, plausibles. ¿Y es que acaso hay algo más verosímil que la propia muerte? La muerte nos circunda como una segunda piel, piel de ofidio venenoso, desde que nacemos hasta que dejamos de existir; igualito igualito que en los sueños, que nos acompañan cada noche y aún durante la vigilia sin que podamos eludir su magnetismo.




Antes que extraños o que infaustos, los sueños son inevitables y muestran una parafernalia y un flujo narrativo que se nos presenta con una naturalidad terrible, con la simplicidad de un tranquilo amanecer en el campo o de un postre servido después de comer. Cuando soñamos, cuando dormimos, no desconfiamos de los decorados que dispersa nuestra mente desinhibida, artefactos visuales tan queridos por los artistas surrealistas que conforman lo que aquel célebre fabulador llamado Sigmund Freud -fabulador he dicho, y ello no es nada malo- denominó con gran desparpajo e intuición “contenido manifiesto".

En “El fantasma de la libertad”, como antes hicieran Polanski o Welles, Luis Buñuel retrató en lo que hoy los modernos llaman ultra alta definición un sueño; o, para ser más precisos: catorce sueños, catorce contenidos manifiestos, catorce segmentos de vida y de muerte que se van engarzando entre sí como la hiedra en la pared, es decir, con toda normalidad. Buñuel, al final de su vida, se sentía cómodo con el resultado de la que sería su penúltima cinta. Natural. Porque lo cierto es que “Un perro andaluz” y “Belle de Jour”, siendo obras maestras que hay que analizar también en clave onírica, juzgadas hoy bajo el criterio de la verosimilitud narrativa, de la fluidez onírica, resultan un poco más más retóricas que “El fantasma de la libertad”. 




Los protagonistas de “El fantasma de la libertad” se conducen como si tal cosa a través de situaciones bastante menos absurdas de lo que pudiera parecer a ojo de pájaro. Paradójicamente. El espectador, de hecho, se siente un tanto desnortado -aunque no del todo perdido- durante la proyección: porque, al final, todos los contextos de las sub-tramas del film son sospechosamente familiares. Aunque la razón genera sus sueños, no es menos verdad que los sueños también obedecen a razones concretas, aunque desconocidas. A excepción de algunas claves ocultas de la película como son la aparición reiterada del avestruz y la doble referencia al "¡Vivan las cadenas!", en esta obra no veo una intención real de envolvernos en el absurdo más absoluto: lo que sí hay es una inversión deliberada de las convenciones sociales, que son discutidas continuamente por nuestro irreverente autor. Esa fue la obsesión, en definitiva, de toda la filmografía de Luis Buñuel. Antes de ver “El fantasma de la libertad”, debemos tener en cuenta que la película se parece a unos guantes vueltos del revés cuyas costuras nos hacen sentir incómodos al enfundar en ellos nuestras manos. De todas sus escenas, absolutamente memorables son las historias noctámbulas que se entrelazan en la secuencia del hotelito rural: monjes desordenados que se entregan con extraña devoción al póquer, y asimétricas parejas de amantes que en realidad viajan a ninguna parte en medio de su pasión; extraordinaria, por otra parte, es la historia de aquellos progenitores que acuden al inspector para que les ayuda a encontrar a su hijita (la cual, en realidad, ha estado todo el tiempo delante de ellos, ignorada); e inolvidables, por ser ya parte de la iconografía más reconocible de Luis Buñuel, es la escena de aquellos comensales que estando sentados sobre inodoros conversan apaciblemente en el living-room acerca de los residuos orgánicos de origen humano que genera al cabo de un año natural la totalidad de la raza. Extraña secuencia, sin duda…



Se lo advierto a ustedes: deja un poquito de mal cuerpo ver “El fantasma de la Libertad”. Yo creo que es ésta una sensación extrapolable a toda la obra de Buñuel, que es magnífica y genial pero es mórbida, incluso tóxica por momentos.

El surrealismo es lo que tiene…
 

José Manuel Albelda

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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