La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”El diablo sobre ruedas”

13.02.2014 | 0 Comentarios
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La primera vez que vi “El diablo sobre ruedas” (“Duel”, Steven Spielberg, 1971) fue a principios de los 80, en aquel Sábado Cine nocturno de Televisión Española.

Los sábados y la televisión de entonces tenían esta clase de encuentros fortuitos: te tropezabas como si tal cosa con la opera prima de Spielberg o Scorsese y aquel tropiezo te cambiaba la vida.

¿Saben? Yo creo que las operas primas, vistas en retrospectiva, nos dicen mucho más de lo que parece a simple vista del cine del futuro cineasta. Hay excepciones, claro, pero por regla general uno visiona los primeros trabajos de un George Lucas (“THX-1138”), un Billy Wilder (“Curvas peligrosas”) o un Tarkovski (“La infancia de Ivan), por poner tres ejemplos inconexos y heterogéneos, y lo cierto es que ya se encuentran las algunas de cualidades primordiales de lo que será su cine posterior.

 ¿Contenía “El diablo sobre ruedas” la semilla, esto es, la esencia, del cine del Spielberg de “El color púrpura”, “La guerra de los mundos” o “Tintín”?

Desde mi punto de vista, sí. Y eso que aquella ópera prima de “El diablo sobre ruedas” era una simple “tv movie” que posteriormente, por razones comerciales, acabó siendo alargada en metraje para ser estrenada por fin con cierta dignidad en salas de cine convencionales.

“El diablo sobre ruedas” es la historia de un simple viajante, un tipo cualquiera como ustedes o como yo, cuya realidad cotidiana se transforma de un momento a otro en una pesadilla por un suceso inesperado: el simple adelantamiento de un camión cisterna en una solitaria carretera secundaria.

Es la historia de una persecución a vida o muerte entre dos desconocidos en mitad de la nada, como pocas se han filmado.



Si lo pensamos bien, este planteamiento de gentes corrientes que de repente se vuelven protagonistas de odiseas inesperadas será una constante a lo largo de buena parte del cine de Spielberg: un escolar acomplejado (“ET, el extraterrestre”), un policía de playa descreído (“Tiburón”), un electricista adocenado (“Encuentros en la Tercera fase”), o un arqueólogo insolente (“En busca del Arca Perdida”). Lo que les decía: a priori, tipos de vidas anodinas que se transforman y que sacan lo mejor de sí mismos cuando el prodigio les pisa los talones.

Paralelamente, observamos en “El diablo sobre ruedas” una propensión de Spielberg al misterio, a lo mágico, a sugerir mediante imágenes y emociones aquello inexplicado que no se puede comunicar con palabras: no sabemos quién está dentro de la cabina de aquel camión oxidado que persigue al coche rojo, cuáles son las razones del camionero para actuar como lo hace: ¿acaso es un ser humano aquel conductor que se obstina en echar de la carretera a nuestro protagonista? Pues bien: yo creo que esta tendencia de Spielberg a dejar a medio descorrer el velo de Isis se puede observar igualmente a lo largo de toda su filmografía.

Luego está la cuestión del estilo: “El diablo sobre ruedas”, aún con todas las limitaciones inherentes a una película menor que tuvo un presupuesto ciertamente limitado, es no obstante un ejercicio de virtuosismo técnico, de montaje vertiginoso y de técnica narrativa impoluta que demuestra que el futuro padre de “Salvar al soldado Ryan” y “Minority Report” ya tenía a principios de los 70 las cosas muy claras: al espectador hay que atraparle desde el minuto 1 con una historia (argumento) y un empaque visual (efectos visuales) que le dejen sin aliento.

Si tuviera que poner por escrito cuáles son mis diez roadmovies preferidas, con toda seguridad dos de estas road movies estarían firmadas por Steven Spielberg: una es la película que nos ocupa, “El diablo sobre ruedas”; la otra no es otra que la segunda película de nuestro querido Spielberg, “Sugarland Express”, conocida en castellano como “Loca Evasión”. Ambas me parecen excelentes trabajos que han resistido muy bien el paso del tiempo.

Respecto a aquella noche de sábado de comienzos de los 80 en que descubrí “El diablo sobre ruedas”, he de confesar que la trama me atrapó sin ser yo consciente de que era Spielberg el padre de la criatura, porque lo cierto es que cogí la película ya empezada. Sería tiempo después, años después, cuando fui consciente de que aquella historia tan sugestiva de un camión tan inmenso como herrumbroso que atenaza incansablemente al coche rojo era la primogénita del creador de “ET” y “El color púrpura”.

Al final, de una forma u otra, todas las piezas encajan.

José Manuel Albelda

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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