La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”El crepúsculo de los dioses”

12.07.2013 | 0 Comentarios
crepuculodioses


La primera vez que vi “El crepúsculo de los dioses” de Billy Wilder (Sunset Boulevard, 1950) la pillé empezada. Pues sí que arrancamos bien el post, dirán ustedes, porque coger iniciada esta película es prescindir de la célebre escena de la piscina que justifica el flashback que conforma el 95 por ciento del metraje sobre el que se construye toda la trama. Algo así como quitarle al Quijote sus dos primeras páginas. Pero así fue. En cualquier caso y para hacerle honor al título, diré que vi “El crepúsculo…” en un crepúsculo de primavera no recuerdo de qué año, si bien es cierto que habiendo cogido al vuelo la película en un prehistórico televisor en blanco y negro que por aquel entonces aún funcionaba en casa de mis abuelos paternos, que más que televisor parecía un nefando artilugio industrial extraído de un Hellboy de Guillermo del Toro, calculo que podríamos estar hablando de principios de los ochenta.


Como aquel atardecer -memorable para mi- las personas mayores de la casa hablaban y hablaban y hablaban de asuntos de adultos que a mí me aburrían soberanamente, conversaciones en las que a un niño le resultaba imposible meter baza, mírenme escabulléndome desde aquella mesa camilla con brasero eléctrico hacia el fondo del comedor de la casa de mis abuelos y observen como, a la chita callando, enciendo aquella vieja tele de la que les hablaba: al instante me quedo prendido de lo que veo, aquella historia extraña narrada con voz en off en la que un apuesto tipo de mediana edad (William Holden) cuenta que no le queda más remedio que escabullir su coche, su única posesión, de los acreedores que le acechan. Joe Gillis –que así se llama el protagonista y narrador-  acaba recalando en su huida en una decrépita mansión en la que una vieja gloria del cine mudo espera a que el embalsamador se lleve al chimpancé que yace muerto en un ataúd.


Contada así, esta escena inicial de “El crepúsculo de los dioses” bien pudiera recordarnos la atmósfera de una vieja cinta de terror. No digo que no, porque, ¿saben?, yo me niego a aceptar la categoría que incluye “El crepúsculo…” como genuino cine negro y como sólo eso. Es cine negro, sí, pero también es muchas otras cosas: es melodrama, del bueno, y thriller psicológico, del que desasosiega, y también es una terrorífica metáfora acerca de la decrepitud artística, física y moral del ser humano. Decrepitud de todos los seres humanos, de ustedes y de mi también. Y eso, créanme, da mucho pero que mucho miedo. “El crepúsculo…”, como todo el cine de Wilder, trasciende los géneros y las primeras lecturas apresuradas: recuerden, si no, “El gran carnaval”, o “Días sin huellas”, o “Fedora”, o “En bandeja de plata”…


Les apunto un brevísimo ejemplo, quizá el que es unos de los dos o tres mejores diálogos de la historia del cine, que resume a la perfección lo qué es “El crepúsculo de los dioses”:

             JOE GILLIS: Usted es Norma Desmond. Salía en las películas mudas. Era usted grande.
             NORMA DESMOND: ¡Soy grande! Son las películas las que se han hecho pequeñas.



“El crepúsculo de los dioses” es insana. Pero insana en el buen sentido de la palabra, porque tiene algo de la misma insania benéfica que incluyen los antígenos de las vacunas médicas, vacunas destiladas a partir de la misma naturaleza del mal que pretenden combatir: uno se siente físicamente débil y psicológicamente exhausto cuando termina de ver “El crepúsculo…”. Su final, sus finales –porque en realidad la película acaba dos veces (ya me entenderán si alguno de ustedes no la ha visto aún y se anima a hacerlo)- te dejan el alma maltrecha, pero, al mismo tiempo, fortalecida.


No sé cómo explicar esta paradoja misteriosa. Pero así es el cine de Wilder.

José Manuel Albelda
 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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