La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”El crack”

28.11.2013 | 0 Comentarios
elcrack

La primera vez que vi “El crack” (José Luis Garci, 1981) fue como si algunos de los principales años de mi infancia, los de la segunda mitad de los setenta, pasasen ante mis ojos.

Cuenta la leyenda que la cantante norteamericana Roberta Flack tuvo una experiencia similar cuando escuchó interpretar a Don McLean por vez primera su famosa “American Pie”, como si aquella canción que describía el devenir de los últimos años de la historia americana la matase suavemente. De ahí surgió, precisamente, la subsiguiente canción “Killing me softly”.

Algo así sentí yo cuando por fin vi en vídeo, allá por el año 97, “El crack”.


Más allá del prólogo imprescindible de esta película durante el cual es imposible pestañear, la magistral secuencia del atraco abortado por Germán Areta en aquel lánguido bar de carretera (sólo he sido testigo de una tensión dramática comparable a ésta en escenas delincuenciales creadas por un Siegel o un Tarantino), uno empieza a ver los títulos de crédito incrustados sobre travellings nocturnos que recorren un Madrid que aún parece invernar en la incertidumbre de los 70, uno escucha aquel “Merci, Cheri” de Jürgens adaptado deliciosamente por Jesús Gluck, e, inevitablemente, se tiene la certeza de que no es sólo un simple homenaje al cine negro inspirado en la literatura de Hammet lo que viene a continuación, sino mucho más: todo tiene tono de confesión íntima, de canción triste que mata  suavemente al estilo del “Hill Street Blues”: algo se parte –nunca mejor dicho- dentro del espectador cuando ve “El crack” de Garci, lo mismo que cuando uno ve “El desencanto” de Chávarri o “El espíritu de la colmena” de Erice.


Todos los escenarios madrileños donde fue filmado “El crack” me remiten a recuerdos del pasado: los microbuses amarillos en que atravesábamos lentamente los bulevares de la Castellana cada vez que íbamos al centro, las bandejas de plástico naranja de aquel autoservicio de Francisco Silvela en que comíamos algún que otro domingo, el edificio tubular de Torres Blancas que yo veía cada día al caminar desde casa al colegio, las oficinas y los cines de la Gran Vía, indistinguibles los unos de los otros por su grisura, el túnel de María de Molina y su iluminación macilenta, la inmensidad de la calle López e Hoyos, los misterios insondables de Azca…

Contemplo a María Casanova, sus ojos repletos de verdad, explicándole a Alfredo Landa cómo le entristecía mirar una cortinilla televisiva que tenía un sol pintado poniéndose sobre el horizonte, aquella carátula que daba paso a la programación de noche en la Primera Cadena a finales de los 70, y me siento muy identificado con ella, porque recuerdo que a mí también me ponía el ánimo por los suelos ver aquella estampa crepuscular. Veo la barbería que aparece en “El crack”, los botes de loción, la barra tricolor de azules, rojos y blancos que giraban y giraban sobre sí, infinitos, el viejo sillón con minúsculo reposacabezas, la brocha con espuma siempre a punto, el calendario picantón en la pared, y recuerdo que hubo un tiempo en que casi todas las  peluquerías de caballeros fueron así, sin que le podamos quitar una coma a esta descripción. Veo el apartamento de Areta, los sillones de skai con tapetes bordados cubriendo los brazos, la inmensa cómoda de madera oscura a un lado, los flexos grises de metal, el frigorífico de una puerta, y es como si yo estuviera regresando ahora mismito por el umbral de la puerta de algunas casas, ahora tan añoradas, que frecuenté en mi infancia.

Escucho al gran Manuel Tejada, segurísimo de sí en su papel de villano, le veo, impecable como un pincel, devorando ostras en el restaurante de Torres Blancas reprochándole al “Piojo”, a nuestro Landa, que no hubiese comprendido aún lo que es la vida, que no hubiese entendido nada de nada, y miro a Landa, a nuestro Areta, sosteniéndole la mirada a su antiguo compañero con dignidad de estoico, y me emociono, les aseguro que no exagero, porque cada diálogo de “El crack” es para mí como un cuchillo manufacturado por Chandler, Woolrich, o, ya puestos, Hammet.

Y don José Bódalo, claro. ¿Puede un actor otorgar más autenticidad a un personaje que la que confería a sus papeles este hombre único, que repetiría milagros a las órdenes de Garci en “El Crack II” y, cómo olvidarlo, en “Volver a empezar”?

“El crack” tiene muchas lecturas. Puede entenderse como simple cine negro, lo que no es poco, pero también puede interpretarse como una metáfora perfecta que resume el fin de una época; también puede verse como un retrato íntimo y colectivo de un puñado de seres, miserables en su grandeza, grandísimos en su miseria, que afrontan como pueden por las calles de una gran ciudad sus pequeñas vidas en busca de un fragmento de felicidad.

 

Twitter: José Manuel Albelda



 

(If you're a human, don't change the following field)
Your first name.
3 + 6 =
Para prevenir spam automático, por favor, resuelve esta pregunta de matemáticas.
JMALBELDA_CINE

Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

Artículos anteriores

La Encuesta

¿Podemos permitirnos mas tiempo sin Gobierno?
¿Podemos permitirnos mas tiempo sin Gobierno?