La primera vez que te vi

La primera vez que te vi…”Dersu Uzala”

04.10.2013 | 0 Comentarios
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Si quieren que les diga la verdad, no recuerdo cuál fue la primera vez que vi Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975). ¿Pudo ser durante a mediados de los ochenta, en la segunda cadena de Televisión Española, en un pase con nocturnidad y sin premeditación?  ¿O más bien fue a finales de esa misma década pero en el cine Doré de la Filmoteca, en un pase sin nocturnidad y con premeditación? Convendrán conmigo, queridos lectores, que se trata de una grave inexactitud por mi parte refugiarme en semejante margen de error, pero es que por más que me esfuerzo no logro recordar el contexto… Axones, dendritas: ¿por qué me hacéis esto?


Es como si tuviera un agujero negro en mi cabeza.


¡No le importará tanto esa película –me reprocharán ustedes con ironía- cuando ni siquiera recuerda cuándo y cómo la vio!


Se equivocan: sí que me importa no recordar el momento exacto en que vi uno de los más bellos alegatos sobre la amistad jamás filmados; sí que me importa no tener la certeza de si llovía o hacía sol el día en que me enamoré de esta película que cambiaría mi forma de entender el Cine; me importa –y mucho- porque “Dersu Uzala”, antes que “Los siete samuráis”, antes que “Ran”, antes que “Rashomon”, sería la obra que me iniciaría en Kurosawa, el más internacional de los directores japoneses, el maestro Kurosawa, venerado con devoción maníaca por Lucas o Spielberg, el gran Akira Kurosawa, quien, junto a Yasujiro Ozu y Kenji Mizoguchi, conforma el más perfecto triunvirato fílmico que haya alumbrado hasta la fecha el país del sol naciente. 


Dersu Uzala es una película sencilla y enternecedora: explica un encuentro real, la amistad que se originó entre Vladimir Arseniev, un explorador militar ruso que recorrió durante los años veinte las zonas más indómitas de la taiga siberiana, y Dersu Uzala, un entrañable cazador de la etnia oriental hethen que le acompañaría en algunas de sus expediciones. Dersu Uzala es, por tanto, una película de viajes y de inmersión en la naturaleza salvaje, aunque no es una cinta de aventuras en el sentido estricto como lo pudieran ser “Las aventuras de Jeremiah Johnson” de Pollack o “Paso al noroeste” de Vidor. Es mucho más, pero yo no sé bien cómo transmitírselo, porque ver esta película es algo que para mi va más allá de las palabras:


Por eso, sería yo muy feliz si a través de este humilde post consiguiera despertar en ustedes la suficiente curiosidad como para acercarse a Dersu Uzala. Si así fuera, recuerden lo que les digo: sentirán un frío estremecedor en la secuencia en que Dersu apremie al capitán para que construyan un improvisado refugio de arbustos con el que guarecerse del mortal crepúsculo de la estepa siberiana; experimentarán un calor reconfortante, de esos que calientan el alma por dentro, cuando se sienten junto a Dersu y los soldados para compartir su hoguera y su comida y escuchen los crujidos y los aullidos nocturnos de los bosques de la taiga; y cuando Dersu les cuente su triste historia, de donde viene y adónde va, y cuando Dersu les hable de las aguas de los ríos y del viento y del sol, recuerden, queridos lectores, llorarán; llorarán como se llora de congoja cuando se lee la célebre carta del Gran Jefe Seattle al Presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce.

O como cuando escucharon el allegretto de la 7ª de Beethoven:

O como cuando leyeron aquella tarde el poema “Si” de Kipling.

Si a ustedes les conmovieron estos milagros sepan que también se conmoverán con Dersu Uzala.

Verla es una experiencia muy, muy especial, que yo, por alguna inexplicable laguna de mi memoria, no recuerdo con precisión.

¿Entienden ahora por qué me da rabia desconocer cuándo vi ésta película por primera vez?

 

José Manuel Albelda

 

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Un blog de cine desde el que rememoro dónde y cuándo vi por vez primera las películas que han marcado mi vida. Mezcla de cinefilia y de recuerdos autobiográficos, pero también retrato de épocas y lugares determinados de nuestra Historia: salas de cine que desaparecieron hace tiempo o que fueron reconvertidas, pases extravagantes en la Filmoteca del Doré, furtivos cineclubs en la madrugada, inverosímiles sesiones continuas en cines de barrio, videoclubs de hoja caduca a la vuelta de esquina y avistamientos fortuitos en viejas televisiones en blanco y negro y con antena de cuernos que difundían por el UHF las más preciadas joyas del Séptimo Arte.

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